Destacados Del 2006
Por Mikel M. Sanz
Publicado a finales del pasado año por el label Make it Happen (con base en Estocolmo), la presente edición vía Static Caravan del debut de Blood Music nos está dando a muchos la oportunidad de descubrir un enorme disco. Pero antes de entrar en materia, los precedentes alrededor de 'Sing a song fighter!' (que son muchos).
Blood Music es el proyecto en solitario del Sueco Karl-Jonas Winqvist (miembro de la banda First Floor Power, sin material nuevo desde 2003 y con sus miembros enfrascados en proyectos paralelos). Los primeros pasos por libre los dio en el ya lejano 2002 en el sello Promenade, con un 7" homónimo de seis cortes. La gestación y grabación de este cd viene envuelta en una entrañable historia. En sus estancias y constantes visitas al hospital en el que fue tratada su enfermedad (no entraremos en detalles), nuestro protagonista hizo "amistad" con un caballero de avanzada edad, con el que departía de lo cambiante, efímero y caprichoso que es el mundo actual del pop y lo desconectado que se encontraba. El día de la despedida y ante la negativa de Karl sobre si era un 'Singer Songwritter', el viejo le espetó: 'You are a sing a song fighter!'.
Cuento esta larga historia porque de ese extraño ambiente se alimenta todo el álbum. Una mezcla de melancolía y tristeza superada con altas dosis de ganas de seguir adelante. Sus 35 minutos escasos son puro pop vitalista, pero con un poso de aflicción (el mejor, todo sea dicho). Bajo estas coordenadas, es fácil vislumbrar por donde nos moveremos.
Una exquisita (y personal) mezcla que tan pronto acude a un David Byrne recuperado para el home recording ('Wintercold') como a un cruce imposible entre la melodiosidad y los vientos de Madness y la producción de Brian Wilsson ('Runs in the family'). Con uno de los cortes del año ('It's a Party' une la narratividad del 'O Superman' de Laurie Anderson con al heroísmo folk-pop de los Belle and Sebastian de 'If you're feeling sinister'), temazos de pop pluscuamperfecto como 'The Hair' y 'Words (don't fail me now)', homenajes a los Mercury Rev de 'Deserter's Songs' en formato reducido ('And she is the future'), futuribles para lo nuevo de The Dust Dive ('There is a war in almost every corner') y una literatura de lo cotidiano (The Kinks), sencilla y directa al corazón, resistirse a Blood Music no tiene perdón. Memorable.
Blood Music es el proyecto en solitario del Sueco Karl-Jonas Winqvist (miembro de la banda First Floor Power, sin material nuevo desde 2003 y con sus miembros enfrascados en proyectos paralelos). Los primeros pasos por libre los dio en el ya lejano 2002 en el sello Promenade, con un 7" homónimo de seis cortes. La gestación y grabación de este cd viene envuelta en una entrañable historia. En sus estancias y constantes visitas al hospital en el que fue tratada su enfermedad (no entraremos en detalles), nuestro protagonista hizo "amistad" con un caballero de avanzada edad, con el que departía de lo cambiante, efímero y caprichoso que es el mundo actual del pop y lo desconectado que se encontraba. El día de la despedida y ante la negativa de Karl sobre si era un 'Singer Songwritter', el viejo le espetó: 'You are a sing a song fighter!'.
Cuento esta larga historia porque de ese extraño ambiente se alimenta todo el álbum. Una mezcla de melancolía y tristeza superada con altas dosis de ganas de seguir adelante. Sus 35 minutos escasos son puro pop vitalista, pero con un poso de aflicción (el mejor, todo sea dicho). Bajo estas coordenadas, es fácil vislumbrar por donde nos moveremos.
Una exquisita (y personal) mezcla que tan pronto acude a un David Byrne recuperado para el home recording ('Wintercold') como a un cruce imposible entre la melodiosidad y los vientos de Madness y la producción de Brian Wilsson ('Runs in the family'). Con uno de los cortes del año ('It's a Party' une la narratividad del 'O Superman' de Laurie Anderson con al heroísmo folk-pop de los Belle and Sebastian de 'If you're feeling sinister'), temazos de pop pluscuamperfecto como 'The Hair' y 'Words (don't fail me now)', homenajes a los Mercury Rev de 'Deserter's Songs' en formato reducido ('And she is the future'), futuribles para lo nuevo de The Dust Dive ('There is a war in almost every corner') y una literatura de lo cotidiano (The Kinks), sencilla y directa al corazón, resistirse a Blood Music no tiene perdón. Memorable.
Paso a paso, disco a disco y casi siempre a más, el quinteto mallorquín Antònia Font se ha ganado ya un puesto entre lo mejor del pop estatal de la presente década. Y es que su última entrega es una nueva demostración (¿la mejor hasta la fecha?) de talento melódico, ingenio lírico y 'tangencialismo' sonoro.
Nada podía hacernos pensar que aquel conjunto mediocre con el que se dieron a conocer ('Antònia Font', 1999) iba a dar paso a algo como 'A Rússia' (2001, Slurp!), imparable vendaval de dianas pop. Sólo la ignorancia nos hizo recibir 'Alegria' (2002, Virgin) como su gran obra (poseedora, eso sí, de un primer tramo pletórico y de la lógica emoción del descubrimiento). La confirmación definitiva llegaría dos años después con 'Taxi'. Allí su personal batidora de estilos (rumba, electrónica, folk, hip-hop, bossanova, jazz...) rozaba el cielo en forma de hermosa parábola espacial, presentada en formato historia y acabado homogéneo.
Para su quinto trabajo han decidido apostar por la clásica colección de canciones, sin un hilo temático evidente. Da igual, el interés no desaparece. Imposible cuando se mezclan a Devo, The Smiths, Pascal Comelade y The Flaming Lips en apenas cuarenta minutos. 'Batiscafo Katiuscas' es su obra más ambiental, relajada y meditativa, pero tiene un indiscutible encanto y magnetismo que la hace inolvidable. Pau Debon acaricia las palabras, se recrea en ellas, Joan Miquel Oliver construye y adornas preciosas historias de amor, soledad e introspección (el corazón en un puño en el cuarteto 'Batiscafo Katisukas', Tokio m'és igual', 'Amazones a sa lluna' y 'Darrera una revista')... sí, hay algo dentro de este disco que te obliga a volver a él una y otra vez. Algún jodido mecanismo.
Nada podía hacernos pensar que aquel conjunto mediocre con el que se dieron a conocer ('Antònia Font', 1999) iba a dar paso a algo como 'A Rússia' (2001, Slurp!), imparable vendaval de dianas pop. Sólo la ignorancia nos hizo recibir 'Alegria' (2002, Virgin) como su gran obra (poseedora, eso sí, de un primer tramo pletórico y de la lógica emoción del descubrimiento). La confirmación definitiva llegaría dos años después con 'Taxi'. Allí su personal batidora de estilos (rumba, electrónica, folk, hip-hop, bossanova, jazz...) rozaba el cielo en forma de hermosa parábola espacial, presentada en formato historia y acabado homogéneo.
Para su quinto trabajo han decidido apostar por la clásica colección de canciones, sin un hilo temático evidente. Da igual, el interés no desaparece. Imposible cuando se mezclan a Devo, The Smiths, Pascal Comelade y The Flaming Lips en apenas cuarenta minutos. 'Batiscafo Katiuscas' es su obra más ambiental, relajada y meditativa, pero tiene un indiscutible encanto y magnetismo que la hace inolvidable. Pau Debon acaricia las palabras, se recrea en ellas, Joan Miquel Oliver construye y adornas preciosas historias de amor, soledad e introspección (el corazón en un puño en el cuarteto 'Batiscafo Katisukas', Tokio m'és igual', 'Amazones a sa lluna' y 'Darrera una revista')... sí, hay algo dentro de este disco que te obliga a volver a él una y otra vez. Algún jodido mecanismo.
rf son las siglas tras las que se esconde Ryan Francesconi, natural de San Francisco y directo casi por naturaleza a Plop, tras dos discos largos para su propio sello Odd Shaped Case ('Interno' del 2002 y 'Falls', dos años después). Involucrado también en el arte visual, el estudio de la música de los Balcanes y Europa del este (varios trabajos y proyectos como The Toids o Trio Mopmu) y la programación (responsable del software Spongefork), no es de extrañar los derroteros por los que se mueve su música: instrumentos acústicos tradicionales tratados digitalmente, sensibilidad pop y un acabado ambiental.
'Views of distant towns' es vaporoso, lento y casi sensual en su discurrir. Lo más fácil (y desafortunado) sería caer en un tedio amable, sin embargo, Ryan atrapa nuestra atención, nos envuelve en su nebulosa y no nos deja escapar. Puntilloso, exacto y sin embargo natural, el eje central son una guitarras (casi desnudas en 'Of detachment') sobre las que los cortes van creciendo en capas y texturas, detalles melódicos, arreglos y adornos.
Sea su inspiración la literatura del cada vez más internacional Haruki Murakami o su viaje a Japón para una gira con Plop (las muestras sonoras vienen de ahí), lo cierto es que cortes como el inaugural 'Ladder in place' son de los que te dejan con cara de tonto: preciso y precioso en su calidez y en una producción que no deja ni un detalle al azar. Música bonita con mayúsculas. 'Offering' combina el tempo calmado del trip-hop de Alpha con guitarras folkies, ruiditos y melancólicos tonos jazzies. Sí, quizás debería haber sido editado en Otoño, pero no importa; como dice Ryan, éste es un disco para escuchar cuando estás lejos de casa. Para sentir el discurrir de los emotivos arreglos de viento ('Messenger with keepsakes', 'The well and stars') y cuerda (el hermoso crescendo de 'The flow of this place', la solemnidad a lo Samuel Barber de 'On the bus that i had chosen' y 'End of the line') o de todo a la vez en la barroca canción titular. Ya tenemos uno de los discos del año.
'Views of distant towns' es vaporoso, lento y casi sensual en su discurrir. Lo más fácil (y desafortunado) sería caer en un tedio amable, sin embargo, Ryan atrapa nuestra atención, nos envuelve en su nebulosa y no nos deja escapar. Puntilloso, exacto y sin embargo natural, el eje central son una guitarras (casi desnudas en 'Of detachment') sobre las que los cortes van creciendo en capas y texturas, detalles melódicos, arreglos y adornos.
Sea su inspiración la literatura del cada vez más internacional Haruki Murakami o su viaje a Japón para una gira con Plop (las muestras sonoras vienen de ahí), lo cierto es que cortes como el inaugural 'Ladder in place' son de los que te dejan con cara de tonto: preciso y precioso en su calidez y en una producción que no deja ni un detalle al azar. Música bonita con mayúsculas. 'Offering' combina el tempo calmado del trip-hop de Alpha con guitarras folkies, ruiditos y melancólicos tonos jazzies. Sí, quizás debería haber sido editado en Otoño, pero no importa; como dice Ryan, éste es un disco para escuchar cuando estás lejos de casa. Para sentir el discurrir de los emotivos arreglos de viento ('Messenger with keepsakes', 'The well and stars') y cuerda (el hermoso crescendo de 'The flow of this place', la solemnidad a lo Samuel Barber de 'On the bus that i had chosen' y 'End of the line') o de todo a la vez en la barroca canción titular. Ya tenemos uno de los discos del año.
Aunque debería bastar con decir que 'The air force' (quinto álbum de Xiu Xiu, van a uno por año desde el lejano 'Knife Play') es tan bueno como 'Fabulous Muscles' (2004), vamos a ser elegantes y volveremos a enumerarles las delicias sonoras de uno de nuestros grupos favoritos de la presente década.
Anclados por derecho propio en un estilo ya inimitable, los once nuevos temas de la pareja californiana suenan una vez más sinceros, crudos y directos ('Watermelon vs. the pineapple' eriza la piel). Además de entregar un conjunto intachable, han agilizado sus ataques de accesibilidad en un porcentaje nunca visto, haciendo de este trabajo la puerta de entrada ideal a su singular universo.
En su último 'tour de force' lírico por las bajas pasiones, sigue ganando en el aspecto musical el cambio de décadas 70's/80's, de Joy Division a los primeros The Cure. Su música puede pasar de la estridencia de la escudería Industrial Records a la belleza melódica de The Smiths.
Conscientes de sus dos caras, Jamie y Caralee (quien por primera vez toma las riendas vocales en la juguetona balada 'Hello from eau claire') alternan abstracciones de óxido y caos ('PJ in the streets of London', 'Bishop CA', 'Wig master') con hits que atacan por igual a corazón, cerebro y tripas (las tremendas 'Boy soprano', 'Vulture piano', 'Save me' y 'The Fox and the rabbit'). Grandes, una vez más.
Anclados por derecho propio en un estilo ya inimitable, los once nuevos temas de la pareja californiana suenan una vez más sinceros, crudos y directos ('Watermelon vs. the pineapple' eriza la piel). Además de entregar un conjunto intachable, han agilizado sus ataques de accesibilidad en un porcentaje nunca visto, haciendo de este trabajo la puerta de entrada ideal a su singular universo.
En su último 'tour de force' lírico por las bajas pasiones, sigue ganando en el aspecto musical el cambio de décadas 70's/80's, de Joy Division a los primeros The Cure. Su música puede pasar de la estridencia de la escudería Industrial Records a la belleza melódica de The Smiths.
Conscientes de sus dos caras, Jamie y Caralee (quien por primera vez toma las riendas vocales en la juguetona balada 'Hello from eau claire') alternan abstracciones de óxido y caos ('PJ in the streets of London', 'Bishop CA', 'Wig master') con hits que atacan por igual a corazón, cerebro y tripas (las tremendas 'Boy soprano', 'Vulture piano', 'Save me' y 'The Fox and the rabbit'). Grandes, una vez más.
Muchos se llevarán las manos a la cabeza si comparo este disco con dos obras del calibre de 'I see a darkness' o 'Ease down the road' (Bonnie 'Prince' Billy), pero la realidad es que sus poco más de cincuenta minutos son de lo mejorcito que le ha pasado al 'género' en lo que llevamos de año. Sólido, reposado, coherente, melódico, irresistible... el segundo trabajo de Andy Cabic le ha hecho un gran favor a él, y de paso, nos lo está haciendo a nosotros.
Y digo esto último porque su estrecha relación con el 'nuevo folk' (amistad y colaboraciones en su debut homónimo del 2004 de Devendra Banhart y Joanna Newsom) estaba haciéndonos olvidar lo primordial, que Andy es un grandísimo compositor de canciones. Y arreglista. Si hay que elegir, entre el minimalismo del pasado y lo barroco y orgánico del presente, me quedo con lo segundo.
En 'To find me gone' hay once razones para creer más allá del fingerpicking y el freak-folk. De nuevo muy bien acompañado (su amigo Devendra, Otto Hauser de Espers, Kevin Barker de Currituck Co.) y aconsejado (Dave Scher de Beachwood Sparks y Thom Monahan, como en la puesta de largo a la producción, tendrán algo que ver con el toque roots costa oeste de cortes como 'Won't be me'), éste es un trabajo homogéneo, que funciona como un todo y convence con grandes individualidades: el ambient-drone folkie de 'Been so long', el blues hipnótico de 'You may be blue', el encanto propio del primer Nick Drake ('No one world'), deliciosos medios tiempos entre el citado Oldham y el Neil Young campestre ('I know no pardon', 'Maureen'), nubes de folk psicodélico (la preciosa 'Double') y country aletargado con descargas de electricidad ('Red lantern girls').
Y digo esto último porque su estrecha relación con el 'nuevo folk' (amistad y colaboraciones en su debut homónimo del 2004 de Devendra Banhart y Joanna Newsom) estaba haciéndonos olvidar lo primordial, que Andy es un grandísimo compositor de canciones. Y arreglista. Si hay que elegir, entre el minimalismo del pasado y lo barroco y orgánico del presente, me quedo con lo segundo.
En 'To find me gone' hay once razones para creer más allá del fingerpicking y el freak-folk. De nuevo muy bien acompañado (su amigo Devendra, Otto Hauser de Espers, Kevin Barker de Currituck Co.) y aconsejado (Dave Scher de Beachwood Sparks y Thom Monahan, como en la puesta de largo a la producción, tendrán algo que ver con el toque roots costa oeste de cortes como 'Won't be me'), éste es un trabajo homogéneo, que funciona como un todo y convence con grandes individualidades: el ambient-drone folkie de 'Been so long', el blues hipnótico de 'You may be blue', el encanto propio del primer Nick Drake ('No one world'), deliciosos medios tiempos entre el citado Oldham y el Neil Young campestre ('I know no pardon', 'Maureen'), nubes de folk psicodélico (la preciosa 'Double') y country aletargado con descargas de electricidad ('Red lantern girls').
Keith Kenniff debutó bajo el alias de Helios en el 2004 con 'Unomia'. Sin ser ni mucho menos un mal trabajo, no se quitaba de encima el estigma 'Merck'. Es decir, sonaba a disco de la casa por los cuatro costados: post-IDM melódica con insertos orgánicos. Al año siguiente se sacó de la manga otro alias (Goldmund) para entregar con el label inglés Type un correcto cd de ambient pianístico a lo Satie ('Corduroy Road'). Es de nuevo Type el encargado de editar el segundo disco de Helios, y ya desde la preciosa portada parece claro que Keith está dispuesto a derribar la barrera de la normalidad.
Descriptivo, melancólico, sensitivo, paisajista, preciosista... estos y muchos otros adjetivos se pueden citar a la hora de hablar de 'Eingya', el hermano gemelo del 'Views of distant towns' de RF.
Todo encaja corte tras corte en un todo homogéneo de ambient otoñal. De la abstracción a lo Fennesz ('Vargtimme') al clasicismo made in Eno ('First dream called ocean' y 'Emancipation' son puro 'Music for Films'). Keith además parece un tipo inteligente, y dentro de un marcado acento intimista y recogido, repleto de guitarras folkies, crujidos, teclados planeadores, pausas y escenas a cámara lenta, sabe atraer varios afluentes a su Nilo particular. 'Bless this morning year', 'Halving the compass' y 'Paper tiger' rozan el post-rock de guitarras pero sin estallidos primarios y de la mano del susurro y el detalle y 'Coast Off' no le hace ascos a la solemnidad sobre breaks de DJ Shadow. Estamos de enhorabuena.
Descriptivo, melancólico, sensitivo, paisajista, preciosista... estos y muchos otros adjetivos se pueden citar a la hora de hablar de 'Eingya', el hermano gemelo del 'Views of distant towns' de RF.
Todo encaja corte tras corte en un todo homogéneo de ambient otoñal. De la abstracción a lo Fennesz ('Vargtimme') al clasicismo made in Eno ('First dream called ocean' y 'Emancipation' son puro 'Music for Films'). Keith además parece un tipo inteligente, y dentro de un marcado acento intimista y recogido, repleto de guitarras folkies, crujidos, teclados planeadores, pausas y escenas a cámara lenta, sabe atraer varios afluentes a su Nilo particular. 'Bless this morning year', 'Halving the compass' y 'Paper tiger' rozan el post-rock de guitarras pero sin estallidos primarios y de la mano del susurro y el detalle y 'Coast Off' no le hace ascos a la solemnidad sobre breaks de DJ Shadow. Estamos de enhorabuena.
Comenzar un disco con buen pie, más si es un debut, es bastante importante (no tenemos en cuenta aquel mini-lp homónimo autoeditado en 2003). 'Sound Inside', primer trabajo del cuarteto Francés Immune, lo hace de largo ('You landscape' es casi tan hermosa como el 'They removed all trace that anything had ever happened here' con el que Hood ponían el listón de disco de la década por la nubes).
Aunque la deuda con el citado cuarteto inglés es más que evidente (instrumentación, combinación de rock emotivo y electrónica, el "mood" general, esa manera de superponer capas y bucles melódicos...), sería un error quedarse en la fachada y olvidar un conjunto que consigue volar muy alto. Porque si bien es cierto que Hood ocupan el centro gravitatorio del cuarteto de Lyon, no menos cierto es que rastros del pasado (Joy Division, Talk Talk, The Cure...) y no tanto (Bark Psychosis, Matt Elliott, Arab Strap...) asoman en nuestro "background" musical durante los 40 minutos largos de cd.
Resaltaremos en primer lugar, y por encima de las individualidades, la capacidad aislante de 'Sound Inside'. Una obra homogénea que mira hacia el interior y encuentra su razón de ser en la tristeza, la soledad y la calma tensa propia de esos momentos. Así es también como canta (personal voz) Gary: hacia dentro. Entre los malabarismos de Antony y la gravedad de Stuart Staples (Tindersticks).
Desde ese corazón en un puño que es la citada 'You landscape' (ni un componente de su engranaje fuera de sitio) al paisajismo de guitarras limpias escuela Bark Psychosis de la final 'Father's falling', pasando por los lamentos comatosos de 'Acoustic memories', el haz de luz blanca que irrumpe al final de la acuosa 'Through tides', el glitch-folk de 'Lighthouse', la marcha mortuoria de 'Streams go blind' o una futurible 'Drinking Song' ('Thousand leaves'), no hay duda de que, como ellos mismos apuntan, este disco recopila lo mejor del grupo desde su formación en 2001.
Aunque la deuda con el citado cuarteto inglés es más que evidente (instrumentación, combinación de rock emotivo y electrónica, el "mood" general, esa manera de superponer capas y bucles melódicos...), sería un error quedarse en la fachada y olvidar un conjunto que consigue volar muy alto. Porque si bien es cierto que Hood ocupan el centro gravitatorio del cuarteto de Lyon, no menos cierto es que rastros del pasado (Joy Division, Talk Talk, The Cure...) y no tanto (Bark Psychosis, Matt Elliott, Arab Strap...) asoman en nuestro "background" musical durante los 40 minutos largos de cd.
Resaltaremos en primer lugar, y por encima de las individualidades, la capacidad aislante de 'Sound Inside'. Una obra homogénea que mira hacia el interior y encuentra su razón de ser en la tristeza, la soledad y la calma tensa propia de esos momentos. Así es también como canta (personal voz) Gary: hacia dentro. Entre los malabarismos de Antony y la gravedad de Stuart Staples (Tindersticks).
Desde ese corazón en un puño que es la citada 'You landscape' (ni un componente de su engranaje fuera de sitio) al paisajismo de guitarras limpias escuela Bark Psychosis de la final 'Father's falling', pasando por los lamentos comatosos de 'Acoustic memories', el haz de luz blanca que irrumpe al final de la acuosa 'Through tides', el glitch-folk de 'Lighthouse', la marcha mortuoria de 'Streams go blind' o una futurible 'Drinking Song' ('Thousand leaves'), no hay duda de que, como ellos mismos apuntan, este disco recopila lo mejor del grupo desde su formación en 2001.
Progresión lógica (y brillante). 12twelve van añadiendo contenido a su cuerpo sonoro sin perder coherencia, manteniendo detalles de sus anteriores movimientos y mejorando su futuro en un suma y sigue con (eso creemos) lo mejor de la música popular del siglo pasado.
Conscientes de que sería un error entregar siempre el mismo disco, el cuarteto catalán ha dejado a un lado la agresión explícita de su anterior obra (por momentos pre-punk-free en la onda Stooges-MC5) y sigue retrocediendo en el tiempo para buscar inspiración. De GY!BE a Glenn Branca y de ahí a Sun Ra, podríamos decir, estableciendo un paralelismo con sus tres largos.
'L'univers' mezcla free-jazz (el evidente uso del saxo, sí, pero sobre todo su estructura libre), rock experimental de ahora y siempre (de Fifty Foot Hose y los United States of America al krautrock y el art-rock inglés), latin-groove 'bandasonorista', electroacústica primigenia y funk-soul de corazón psicodélico (Sly and The Family Stone, Funkadelic, Curtis Mayfield...).
Pese a que, ante semejante rompecabezas, lo fácil hubiese sido entregar un mejunje inaudible y de difícil digestión (no voy a citar ciertas bandas de jazz contemporáneo con pedigrí), 12twelve se muestran firmes y seguros, y saben llevar la fusión (miedo mamá) de estilos a buen puerto. Una gran experiencia sónica que iguala el impacto de su anterior 'Speritismo' (algo nada sencillo).
Conscientes de que sería un error entregar siempre el mismo disco, el cuarteto catalán ha dejado a un lado la agresión explícita de su anterior obra (por momentos pre-punk-free en la onda Stooges-MC5) y sigue retrocediendo en el tiempo para buscar inspiración. De GY!BE a Glenn Branca y de ahí a Sun Ra, podríamos decir, estableciendo un paralelismo con sus tres largos.
'L'univers' mezcla free-jazz (el evidente uso del saxo, sí, pero sobre todo su estructura libre), rock experimental de ahora y siempre (de Fifty Foot Hose y los United States of America al krautrock y el art-rock inglés), latin-groove 'bandasonorista', electroacústica primigenia y funk-soul de corazón psicodélico (Sly and The Family Stone, Funkadelic, Curtis Mayfield...).
Pese a que, ante semejante rompecabezas, lo fácil hubiese sido entregar un mejunje inaudible y de difícil digestión (no voy a citar ciertas bandas de jazz contemporáneo con pedigrí), 12twelve se muestran firmes y seguros, y saben llevar la fusión (miedo mamá) de estilos a buen puerto. Una gran experiencia sónica que iguala el impacto de su anterior 'Speritismo' (algo nada sencillo).
'Al-djaber' es el segundo larga duración de Strand. Así deberíamos considerarlo. Porque entre colaboraciones (su dubitativo split junto a Polaroïde, ese experimento colectivo llamado 'Guitars and noises'), proyectos paralelos (el avant-hop junto a Tres para el sello Pulpa) y 'promesas incumplidas' (el ep para City Centre Offices que se quedó sin largo) se pueden perder o desdibujar dos obras tan redondas, pulidas y precisas como 'Paz' (2003, Foehn) y el presente álbum para Pueblo Records, su continuación natural.
El factor diferencial de este lp respecto a su debut (emotivo folk digital de dormitorio) es que concentra en cuarenta minutos escasos (casi) todas sus facetas sonoras, y no sólo eso, dirige el foco hacia su vertiente más pop, lo que convierte su escucha en un placentero viaje.
Con la profundidad, el brillo y la contundencia del mastering de Twerk (el cd suena a las mil maravillas), el resto del trabajo queda en manos de unas canciones que funcionan a la perfección dentro de un formato de disco pop: variedad, accesibilidad, arranques de abstracción, subidas, bajadas...
Entre cortes de laptop-folk (la intro 'Christanoï'), complejos mosaicos de hip hop digital de orgánicos arreglos (cuerdas, beats y glitches en '2r', 'Anem al Wonka' y 'Still Running'), poptrónica para habitaciones solitarias ('Echar de menos Madrid es fácil, basta con marcharse', 'Miki'), electrónica 'mundialista' ('D_Hypocrites) e idm ('Hikokomori', 'Selamat Datang'), el único pero puede ser una diversificación no presente en 'Paz'.
El factor diferencial de este lp respecto a su debut (emotivo folk digital de dormitorio) es que concentra en cuarenta minutos escasos (casi) todas sus facetas sonoras, y no sólo eso, dirige el foco hacia su vertiente más pop, lo que convierte su escucha en un placentero viaje.
Con la profundidad, el brillo y la contundencia del mastering de Twerk (el cd suena a las mil maravillas), el resto del trabajo queda en manos de unas canciones que funcionan a la perfección dentro de un formato de disco pop: variedad, accesibilidad, arranques de abstracción, subidas, bajadas...
Entre cortes de laptop-folk (la intro 'Christanoï'), complejos mosaicos de hip hop digital de orgánicos arreglos (cuerdas, beats y glitches en '2r', 'Anem al Wonka' y 'Still Running'), poptrónica para habitaciones solitarias ('Echar de menos Madrid es fácil, basta con marcharse', 'Miki'), electrónica 'mundialista' ('D_Hypocrites) e idm ('Hikokomori', 'Selamat Datang'), el único pero puede ser una diversificación no presente en 'Paz'.
Dos largos en Warp y cinco años después ('Clarence Park' en 2001 y 'Empty The Bones Of You' en 2003, cuando aún era Chris Clark), Christopher Stephen Clark parece haber dado en el clavo. Si bien es cierto que hasta ahora su idm de acabado quirúrgico mantenía a buen recaudo el espíritu primigenio del sello de Sheffield, con este 'Body Riddle' da un importante salto cualitativo.
El éxito de su tercer trabajo reside en un cuerpo orgánico y de gran pegada (ejemplar mezcla y producción); una pared sónica apabullante que, sin embargo, deja espacios abiertos para la emoción.
Además de entregar dos temazos de avant-hop muy de hoy en día ('Herr bar' y 'Matthew unburdened'), el británico vuelve a las raíces del género y nos las devuelve envueltas en un baño de presente. Lo sencillo (y no por ello menos justo) sería inundar esta reseña con citas a Autechre, Aphex Twin ('Night Knuckles' es 'Nannou' toma dos) y Boards of Canada (indudable su influencia en las dos miniaturas de un minuto escaso), pero cualquiera con dos dedos de frente vería a Model500 (si me apuran Kraftwerk) en 'Herzog', los clásicos mantras espaciales de Derrick May en 'Ted' y la locura de los suizos Yello en 'Roulette thrift rum'.
El éxito de su tercer trabajo reside en un cuerpo orgánico y de gran pegada (ejemplar mezcla y producción); una pared sónica apabullante que, sin embargo, deja espacios abiertos para la emoción.
Además de entregar dos temazos de avant-hop muy de hoy en día ('Herr bar' y 'Matthew unburdened'), el británico vuelve a las raíces del género y nos las devuelve envueltas en un baño de presente. Lo sencillo (y no por ello menos justo) sería inundar esta reseña con citas a Autechre, Aphex Twin ('Night Knuckles' es 'Nannou' toma dos) y Boards of Canada (indudable su influencia en las dos miniaturas de un minuto escaso), pero cualquiera con dos dedos de frente vería a Model500 (si me apuran Kraftwerk) en 'Herzog', los clásicos mantras espaciales de Derrick May en 'Ted' y la locura de los suizos Yello en 'Roulette thrift rum'.
Grabado en Islandia por Valgeir Sigurdsson (ha trabajado entre otros con Björk y múm) y con el añadido de arreglos de cuerda en varios temas, la nueva obra de Bonnie 'Prince' Billy es lo mejor que nos ha entregado nuestro 'Lonesome Cowboy' favorito desde el memorable 'Ease down the road' (Domino, 2001). Me temo que, tratándose de un artista tan hecho y personal como Will Oldham, lo habría sido igualmente de ser grabado en Albacete y con una sección de bandurrias pero, como él mismo apunta en términos un tanto espirituales, la influencia del entorno está ahí (y en canciones como 'God's Small Song' o la titular).
Con un equipo en el que destaca la aguda y delicada voz de Dawn McCarthy (Faun Fables), 'The letting go' no es un trabajo de mood homogéneo como lo eran 'Ease down the road' o el anterior 'Superwolf', más bien una colección de canciones en la senda de 'Joya'. Lo que hace pues especial a este disco es una media notable y dos o tres momentos realmente emocionantes. De ésos para añadir a la cinta (bueno, ahora sería cd-r) de esenciales (ya saben, 'Riding', 'You will miss when i burn', 'I send my love to you', 'New partner', 'I see a darkness', 'At the break of day'... vértigo).
Casi siempre apoyadas por la sección de cuerda (dirigida por Ryder McNair y Nico Muhly) y la voz de Dawn dando la réplica, doblando y reforzando las líneas vocales de Will, en el paquete de buenas canciones entran cortes de calmado country-folk ('Loves come to me', 'Wai', 'No bad news'), medios tiempos de blues-rock (ahora clásico en 'Cursed Sleep', más rudo en 'The Seedling'), folk rural ('Cold & wet' encajaría mejor en una antología de Harry Smith que en un marco tan sobreproducido) y hasta folk psicodélico ('The letting go').
Directas a mi altar sin más remedio, tres tesoros: el rock épico de 'Strange form of life' (tremendas guitarras), los giros melódicos de 'Lay and love' (y la manera de acoplar la base rítmica en el conjunto) y ese baladón desgarrador que es 'I called you back' ('...and the older that we get, we know than nothing else for us is possible').
Con un equipo en el que destaca la aguda y delicada voz de Dawn McCarthy (Faun Fables), 'The letting go' no es un trabajo de mood homogéneo como lo eran 'Ease down the road' o el anterior 'Superwolf', más bien una colección de canciones en la senda de 'Joya'. Lo que hace pues especial a este disco es una media notable y dos o tres momentos realmente emocionantes. De ésos para añadir a la cinta (bueno, ahora sería cd-r) de esenciales (ya saben, 'Riding', 'You will miss when i burn', 'I send my love to you', 'New partner', 'I see a darkness', 'At the break of day'... vértigo).
Casi siempre apoyadas por la sección de cuerda (dirigida por Ryder McNair y Nico Muhly) y la voz de Dawn dando la réplica, doblando y reforzando las líneas vocales de Will, en el paquete de buenas canciones entran cortes de calmado country-folk ('Loves come to me', 'Wai', 'No bad news'), medios tiempos de blues-rock (ahora clásico en 'Cursed Sleep', más rudo en 'The Seedling'), folk rural ('Cold & wet' encajaría mejor en una antología de Harry Smith que en un marco tan sobreproducido) y hasta folk psicodélico ('The letting go').
Directas a mi altar sin más remedio, tres tesoros: el rock épico de 'Strange form of life' (tremendas guitarras), los giros melódicos de 'Lay and love' (y la manera de acoplar la base rítmica en el conjunto) y ese baladón desgarrador que es 'I called you back' ('...and the older that we get, we know than nothing else for us is possible').
Con la misma velocidad que se mueve su música, así llega a nuestras manos (por fin, el disco lleva un año y medio grabado) el primer larga duración de Gregor Samsa. Tras un ep de enigmáticos títulos (esos circulitos para Iodine en el 2002) y un mini-lp que despertó definitivamente nuestro cariño e interés ('27:36', de nuevo sin títulos y editado por Iodine en el 2003 y Own en Europa, en el 2004), ya tenemos aquí lo que ha de ser la consagración definitiva del cuarteto de Richmond, Virginia.
'55:12', que realmente tiene una duración de 50 minutos escasos, se mueve por las mismas coordenadas que sus predecesores. Post-rock, dream-pop, out-rock, shoegazing, slowcore... La direferencia está en una producción y mezcla más que acertadas (Brian Paulson ha trabajado con Slint, Wilco o Beck), un desarrollo lleno de talento y unas grandes canciones.
'Makeshift Shelters' hace las veces de presentación planeadora, una base con drones de guitarra y un sencillo bucle melódico sirve de sustento para la preciosa combinación de voces chico / chica, adornada con un leve goteo de notas. 'Even Numbers' es síntesis del disco en 10 minutos: intro ambiental, estallido y desarrollo en crescendo. Y aunque es grande la tentación de citar aquí a GY!BE, o hablar de Low unos minutos después (deuda evidente en 'These points balance' y 'Young and old', si no fuese por ese gran final que multiplica su valor) o Hood en el corte final ('Lessening' entraría sin problemas en 'The cycle of days and seasons'), e incluso dejar caer el nombre de Sigúr Ros y su sonido duermevela, onírico y algunas veces emocionante, sería injusto: nocturnas, hipnóticas, íntimas, siempre a cámara lenta y definitivamente personales, estas canciones están hechas para cerrar los ojos e imaginar los extensos planos de maestros como Béla Tarr o Philippe Garrel.
'55:12', que realmente tiene una duración de 50 minutos escasos, se mueve por las mismas coordenadas que sus predecesores. Post-rock, dream-pop, out-rock, shoegazing, slowcore... La direferencia está en una producción y mezcla más que acertadas (Brian Paulson ha trabajado con Slint, Wilco o Beck), un desarrollo lleno de talento y unas grandes canciones.
'Makeshift Shelters' hace las veces de presentación planeadora, una base con drones de guitarra y un sencillo bucle melódico sirve de sustento para la preciosa combinación de voces chico / chica, adornada con un leve goteo de notas. 'Even Numbers' es síntesis del disco en 10 minutos: intro ambiental, estallido y desarrollo en crescendo. Y aunque es grande la tentación de citar aquí a GY!BE, o hablar de Low unos minutos después (deuda evidente en 'These points balance' y 'Young and old', si no fuese por ese gran final que multiplica su valor) o Hood en el corte final ('Lessening' entraría sin problemas en 'The cycle of days and seasons'), e incluso dejar caer el nombre de Sigúr Ros y su sonido duermevela, onírico y algunas veces emocionante, sería injusto: nocturnas, hipnóticas, íntimas, siempre a cámara lenta y definitivamente personales, estas canciones están hechas para cerrar los ojos e imaginar los extensos planos de maestros como Béla Tarr o Philippe Garrel.
'Roots and crowns' es, además de una nueva demostración de talento (¿mejor álbum de Califone hasta la fecha?), el tercer discazo consecutivo que se marca el ex-Red Red Meat Tim Rutili. Y es que, si bien es cierto que los primerizos 'Roomsound' (Perishable, 2001) y la recopilación de sus dos ep's iniciales 'Sometimes good weather follows bad people' (Perishable, 2002) albergaban grandes canciones de un estilo aún en formación, el trío que ahora se completa, junto a 'Quicksand/Cradlesnakes' (Thrill jockey, 2003) y 'Heron king blues' (Thrill jockey, 2004), da la panorámica de un combo único y personal mezclando roots-rock, experimentación y una 'realness' (huele a tierra, raízes y verdad al escuchar estos trece temas) de las que no echan para atrás.
En un disco como éste, que cunde como colección de canciones y como obra total, nadie ha de dejar escapar el space-blues-rock pantanoso de 'Pink & Sour' y 'A chinese actor', el sesentero traqueteo melódico de 'Spider's house' y 'The Orchids', las ejemplares muestras de folk rural puesto al día (dulce en 'Sunday noises', expansivo en 'The eye you lost in the crusades', electrónico en 'Our kitten sees ghosts', clásico y reposado en 'Burned by the christians'), el avant-funk-blues sexual de 'Black metal valentine' y 'Rose pedal ear', el folk-pop pletórico de '3 legged animals'... Vamos, que como decíamos, no se libra ni una del elogio.
En un disco como éste, que cunde como colección de canciones y como obra total, nadie ha de dejar escapar el space-blues-rock pantanoso de 'Pink & Sour' y 'A chinese actor', el sesentero traqueteo melódico de 'Spider's house' y 'The Orchids', las ejemplares muestras de folk rural puesto al día (dulce en 'Sunday noises', expansivo en 'The eye you lost in the crusades', electrónico en 'Our kitten sees ghosts', clásico y reposado en 'Burned by the christians'), el avant-funk-blues sexual de 'Black metal valentine' y 'Rose pedal ear', el folk-pop pletórico de '3 legged animals'... Vamos, que como decíamos, no se libra ni una del elogio.
Publicado el año pasado en Japón por Compare Notes y distribuido ahora en Europa gracias al label francés Active Suspension, 'L.S.T.' es la confirmación definitiva (tras 'Night Piece', editado en 2004 por Music Related) de Shugo Tokumaru como brillante tejedor de pop Brian Wilsoniano regado con especias orientales.
El de Tokio no ha variado su registro (bueno, ahora es un poco más barroco) y nos presenta una obra redonda y al grano (cuarenta minutos escasos y diez canciones, así da gusto) que se mantiene fiel al encuentro entre el post-pop, el sonido orgánico propio del folk y los apuntes electrónicos, siempre muy muy lejos del (a veces justificado) estereotipo de la música nipona como fotocopia hueca del estándar occidental (ya quisieran muchos).
Este segundo álbum, especie de versión folkie del 'Pet Sounds', abunda en enormes temas repletos de melodías gloriosas, arreglos precisos, constantes cambios de tempo y mucho talento (esa sensación de escuchar varias canciones dentro de una se tiene en las deliciosas 'Mist', 'Mushina', 'Kiiro', 'Vista' y 'Amayadori'). También hay lugar para puzzles de guitarras poliédricas ('Mizukagami' parece un 'St. Elmo's Fire' de ojos rasgados), placenteras pausas meditativas ('Metrion'), psicodelia-folk sixtie (enorme 'Yukinohaka') y para cerrar, un extenso corte entre el Aphex Twin más tierno, el ambient etéreo de Boards of Canada y el toque folkie de la casa ('5 A.M.').
El de Tokio no ha variado su registro (bueno, ahora es un poco más barroco) y nos presenta una obra redonda y al grano (cuarenta minutos escasos y diez canciones, así da gusto) que se mantiene fiel al encuentro entre el post-pop, el sonido orgánico propio del folk y los apuntes electrónicos, siempre muy muy lejos del (a veces justificado) estereotipo de la música nipona como fotocopia hueca del estándar occidental (ya quisieran muchos).
Este segundo álbum, especie de versión folkie del 'Pet Sounds', abunda en enormes temas repletos de melodías gloriosas, arreglos precisos, constantes cambios de tempo y mucho talento (esa sensación de escuchar varias canciones dentro de una se tiene en las deliciosas 'Mist', 'Mushina', 'Kiiro', 'Vista' y 'Amayadori'). También hay lugar para puzzles de guitarras poliédricas ('Mizukagami' parece un 'St. Elmo's Fire' de ojos rasgados), placenteras pausas meditativas ('Metrion'), psicodelia-folk sixtie (enorme 'Yukinohaka') y para cerrar, un extenso corte entre el Aphex Twin más tierno, el ambient etéreo de Boards of Canada y el toque folkie de la casa ('5 A.M.').
Dos años después de su debut en intr.version ('A hundred dry trees', 2004) y con el nacimiento de un sello de por medio (el magnífico Stilll... Immune, Arden, Off the sky), el belga Jérôme Deuson edita, con el background de varias giras y rodeado de colaboradores, su segundo trabajo (al entramado de guitarras, texturas y glitches añade el cuerpo que da una batería real, bellos fraseos de cello y voces invitadas).
A grandes rasgos, 'The sea horse limbo' es un encuentro de post-rock y electrónica que, lejos de estancarse en ese registro, abre sus brazos a diversos subgéneros del avant-rock contemporáneo, enriqueciendo y dando personalidad al conjunto.
Aunque con tres nombres-referencia se puede apuntalar el sonido de aMute y a su vez dar una idea bastante cercana a la realidad (la épica cinematográfica de Godspeed You Black Emperor! en las extensas 'Hit my country' y 'Oh! le zeppelin', los procesos electrónicos de Fennesz en 'The floating boat', 'Disco flags are all around you' y '(H)and in the sand' y el hermoso caos de los Sonic Youth de mediados de los '80 en general), Jérôme acude al lo-fi folk de dormitorio ('Why do i run seasons so fast', 'Sea horse limbo'), el ambient oscuro y minimalista que va de Main a Pan American pasando por Labradford ('When cyclic brussels gave up, it turned me on') y lo que haga falta para redondear un gran disco de rock que huye de los convencionalismos.
A grandes rasgos, 'The sea horse limbo' es un encuentro de post-rock y electrónica que, lejos de estancarse en ese registro, abre sus brazos a diversos subgéneros del avant-rock contemporáneo, enriqueciendo y dando personalidad al conjunto.
Aunque con tres nombres-referencia se puede apuntalar el sonido de aMute y a su vez dar una idea bastante cercana a la realidad (la épica cinematográfica de Godspeed You Black Emperor! en las extensas 'Hit my country' y 'Oh! le zeppelin', los procesos electrónicos de Fennesz en 'The floating boat', 'Disco flags are all around you' y '(H)and in the sand' y el hermoso caos de los Sonic Youth de mediados de los '80 en general), Jérôme acude al lo-fi folk de dormitorio ('Why do i run seasons so fast', 'Sea horse limbo'), el ambient oscuro y minimalista que va de Main a Pan American pasando por Labradford ('When cyclic brussels gave up, it turned me on') y lo que haga falta para redondear un gran disco de rock que huye de los convencionalismos.
Elevado a los altares del minimalismo digital desde hace ya varios años gracias a una extensa discografía repartida por los hogares más selectos (Caipirinha, Fällt, Mille Plateaux, Sub Rosa, Plop o su propio label 12K), a un ímpetu productivo que le lleva a unir fuerzas (y suponemos que aprender de la experiencia) con gente como Kenneth Kirschner, Christopher Willits o Kim Cascone (entre otros), y sobre todo, a una libertad creativa incuestionable, el último cd de Taylor Deupree en su plataforma base (ésa que ha alimentado nuestros oídos de Sogar, Minamo, Goem o Sébastien Roux) es una nueva demostración de talento, minuciosidad y concrección a la altura de trabajos precedentes como 'Stil.' (2002, 12k) o su reconstrucción del disco de debut de Eisi para el sello Noble ('Every Still Day', 2005).
Y la referencia a esas dos obras no es caprichosa. Este naturalista 'Northern', consecuencia del traslado de Taylor desde Brooklyn a la tranquilidad del bosque, conjuga el carácter repetitivo, dilatado y mántrico de 'Stil.' con el poso orgánico y vivo de su colaboración con los japoneses Eisi. No es ni mucho menos un trabajo de fácil asimilación, sobre todo para una audiencia pop, pero de vez en cuando (véase 'November') asoman resquicios de accesibilidad sobre el consistente armazón (vaivenes planeadores, crujidos, micro-ritmos apenas intuidos, capas de texturas...) que sirve de lienzo a Deupree. Un lienzo de ambient reposado sobre el que dibujar, procesando guitarras, melódicas o notas de piano, hermosos y solitarios paisajes imaginarios.
Y la referencia a esas dos obras no es caprichosa. Este naturalista 'Northern', consecuencia del traslado de Taylor desde Brooklyn a la tranquilidad del bosque, conjuga el carácter repetitivo, dilatado y mántrico de 'Stil.' con el poso orgánico y vivo de su colaboración con los japoneses Eisi. No es ni mucho menos un trabajo de fácil asimilación, sobre todo para una audiencia pop, pero de vez en cuando (véase 'November') asoman resquicios de accesibilidad sobre el consistente armazón (vaivenes planeadores, crujidos, micro-ritmos apenas intuidos, capas de texturas...) que sirve de lienzo a Deupree. Un lienzo de ambient reposado sobre el que dibujar, procesando guitarras, melódicas o notas de piano, hermosos y solitarios paisajes imaginarios.
En su tercer disco para Audio Dregs tras dos grandes pequeñas miniaturas como 'Computer recital' (2003) y 'Little songs about raindrops' (2004), Shawn James Seymour y Yoshimi Tomida han optado definitivamente por el folk-pop, un giro que ya se dejaba intuir en ese punto intermedio perfecto entre minimalismo, ensoñación, electrónica, melodías, calma y folk que fue su obra del 2004. Porque si bien es cierto que sus principales señas de identidad se mantienen inalterables (delicadeza y dulzura, sencillez y pop digital, ambient y nanas), en esta ocasión se integran en un formato estándar de canción en la que, claro está, la voz (los susurros de Yoshimi, siendo exactos) aparece en primer plano, la producción es menos arisca y el ritmo (tímidamente) está más marcado.
El cd se abre con 'Good morning melody', onírica intro tejida con su característico manto de 'sines', xilófonos y ruiditos (ése que domina 'Magical...' y 'Building castles in the sky') y con crescendo para cuerdas y coro infantil. El temazo del álbum (más tarde remodelado como 'Thoughts and clouds' en una bella versión espacial) es 'Bedroom bossa band', puro caramelo a mayor gloria de un Pascal Comelade de vacaciones en Brasil. No dudan en pasar de un electro-pop 4x4 ('Pajama Party Pop') a un mantra folktrónico ('Sleepytime Samba') para acabar cerrando con un extenso corte de título bastante descriptivo ('Floating away'). Aunque a los menos flexibles no les haya hecho mucha gracia, 'Plays pajama pop pour vous' es, sino el mejor capítulo, un notable colofón a su trilogía desde la abstracción al pop.
El cd se abre con 'Good morning melody', onírica intro tejida con su característico manto de 'sines', xilófonos y ruiditos (ése que domina 'Magical...' y 'Building castles in the sky') y con crescendo para cuerdas y coro infantil. El temazo del álbum (más tarde remodelado como 'Thoughts and clouds' en una bella versión espacial) es 'Bedroom bossa band', puro caramelo a mayor gloria de un Pascal Comelade de vacaciones en Brasil. No dudan en pasar de un electro-pop 4x4 ('Pajama Party Pop') a un mantra folktrónico ('Sleepytime Samba') para acabar cerrando con un extenso corte de título bastante descriptivo ('Floating away'). Aunque a los menos flexibles no les haya hecho mucha gracia, 'Plays pajama pop pour vous' es, sino el mejor capítulo, un notable colofón a su trilogía desde la abstracción al pop.
Además de alimentar un catálogo de ediciones exclusivas y limitadas, Moonpalace no cesa en su labor de traer a España lo más destacable de algunos de los mejores sellos independientes de todo el globo. Ahora cierra nuestro top five particular (Gregor Samsa y The Dust Dive para Own, Pokett en Intercontinental / Scientific Laboratories y Raymondo en Matamore) con el segundo cd de Barzin, editado en el label inglés Monotreme.
Barzin comenzó hace ya más de una década en Toronto como el proyecto personal de Mike Findlay. Tras debutar en el 2003 con un álbum homónimo algo más austero que éste, regresa ahora con un trabajo repleto de colaboraciones (Tony Dekker de Great Lake Swimmers y Suzanne Hancock parecen fijos) que adornan y engalanan una música que sin embargo, mantiene esa sensación de vacío en suspensión. Porque la especialidad de Barzin es la música arrastrada y triste. Encontrar la belleza en la soledad de una habitación.
Las canciones suelen avanzar con lentitud hacia un clímax en forma de estribillo roto (la hermosa 'Leaving time' es la cima de este método). La atmósfera y la voz susurrada te recordará el folk-pop reverberado de The Clientele, pero dentro de un acabado homogéneo, las sensaciones que desprende el canadiense pueden ir del alt-country de 'Let's go driving' (Lambchop) al slow-rock de 'So much time to call my own' (Migala haciendo un cover de Mazzy Star) pasando por el pop elegante de 'Leaving time' (los Tindersticks del 95, pero menos barrocos).
Entrelazar tres temazos como 'Take this blue', 'Acoustic guitar phase' y 'Won't you come' (plegaria a lo Nick Cave), mecidos por preciosos arreglos de viento, vibráfono y steel-guitar y colocarlos entre una balada a lo Suicide en día soleado ('Just more drugs') y un instrumental de electrónica paisajista ('Sometimes the night...') sin perder el 'mood' merece nuestro más sincero reconocimiento.
Barzin comenzó hace ya más de una década en Toronto como el proyecto personal de Mike Findlay. Tras debutar en el 2003 con un álbum homónimo algo más austero que éste, regresa ahora con un trabajo repleto de colaboraciones (Tony Dekker de Great Lake Swimmers y Suzanne Hancock parecen fijos) que adornan y engalanan una música que sin embargo, mantiene esa sensación de vacío en suspensión. Porque la especialidad de Barzin es la música arrastrada y triste. Encontrar la belleza en la soledad de una habitación.
Las canciones suelen avanzar con lentitud hacia un clímax en forma de estribillo roto (la hermosa 'Leaving time' es la cima de este método). La atmósfera y la voz susurrada te recordará el folk-pop reverberado de The Clientele, pero dentro de un acabado homogéneo, las sensaciones que desprende el canadiense pueden ir del alt-country de 'Let's go driving' (Lambchop) al slow-rock de 'So much time to call my own' (Migala haciendo un cover de Mazzy Star) pasando por el pop elegante de 'Leaving time' (los Tindersticks del 95, pero menos barrocos).
Entrelazar tres temazos como 'Take this blue', 'Acoustic guitar phase' y 'Won't you come' (plegaria a lo Nick Cave), mecidos por preciosos arreglos de viento, vibráfono y steel-guitar y colocarlos entre una balada a lo Suicide en día soleado ('Just more drugs') y un instrumental de electrónica paisajista ('Sometimes the night...') sin perder el 'mood' merece nuestro más sincero reconocimiento.
Acostumbrados a un Owen Ashworth hogareño y solitario, componiendo minúsculas gemas de pop de baja fidelidad con una pila de sintes en su home studio, lo que presenta este 'Etiquette' (cuarto disco en su cuenta, todos en Tomlab) es una novedad demoledora. Varios vocalistas invitados, un par de productores y colaboraciones a las guitarras, batería, bajo, cello, flauta... vamos, un arsenal sinfónico para nuestro chico californiano.
Para mitigar la posible duda de que, hablando claro, el tema se le haya ido de las manos, no hay nada mejor que darle un par de escuchas al disco. Tal y como yo lo veo, todo un acierto.
Si bien es cierto que no estamos ante una superproducción, esta mejora en la calidad y diversidad sonora y la ampliación del campo de registros, le han hecho un buen favor a una metodología que tocó cima en su anterior 'Twinkle echo' y que ya rozaba el agotamiento.
Resumiendo, un gran disco de pop, cortito (media hora escasa, ahí no hay cambios) y repleto de buenas canciones. Favoritas: la melancolía infinita de 'New year's kiss' y 'Cold White Christmas', el tecno-pop magnético de 'I love Creedance', el cutre-disco de 'Scattered Pearls' (con voz femenina invitada), el pop hipermelódico sesentero de 'Holly Hobby' (de nuevo con chica), el glorioso piano de 'Bobby Malone Moves Home' y esa balada jazz a mayor gloria de Tom Waitts que es 'Don't They Have Payphones Wherever You Were Last Night'.
Para mitigar la posible duda de que, hablando claro, el tema se le haya ido de las manos, no hay nada mejor que darle un par de escuchas al disco. Tal y como yo lo veo, todo un acierto.
Si bien es cierto que no estamos ante una superproducción, esta mejora en la calidad y diversidad sonora y la ampliación del campo de registros, le han hecho un buen favor a una metodología que tocó cima en su anterior 'Twinkle echo' y que ya rozaba el agotamiento.
Resumiendo, un gran disco de pop, cortito (media hora escasa, ahí no hay cambios) y repleto de buenas canciones. Favoritas: la melancolía infinita de 'New year's kiss' y 'Cold White Christmas', el tecno-pop magnético de 'I love Creedance', el cutre-disco de 'Scattered Pearls' (con voz femenina invitada), el pop hipermelódico sesentero de 'Holly Hobby' (de nuevo con chica), el glorioso piano de 'Bobby Malone Moves Home' y esa balada jazz a mayor gloria de Tom Waitts que es 'Don't They Have Payphones Wherever You Were Last Night'.
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