Destacados Del 2007
Por Mikel M. Sanz
Por increíble que parezca, la edición del segundo disco en solitario de Noah Lennox (dejamos a un lado su debut homónimo de 1998), ha logrado eclipsar la posterior aparición de la notable séptima entrega del colectivo animal (‘Strawberry Jam’, ya en Domino), su álbum más radiable de los publicados hasta la fecha, lejos de las bacanales de ácido, noise, krautrock, electrónica y psicodelia de ‘Spirit They're Gone, Spirit They've Vanished’ (Animal, 2000) y ‘Here Comes The Indian’ (Paw Tracks, 2003), el ambient cacofónico de ‘Danse Manatee’ (Catsup Plate, 2001), el folk para exploradores de fin de semana de ‘Campfire Songs’ (Catsup Plate, 2003), o sus dos cimas creativas, los compactos ‘Sung Tongs’ y ‘Feels’ (Fat Cat, en 2004 y 2005 respectivamente).
Y es que, el nuevo trabajo de Panda Bear, junto a Avey Tare núcleo duro de esa célula de interminables conexiones conocida como Animal Collective (seguir su ristra de colaboraciones, escapadas en solitario o grupo y tiradas limitadas resulta, cuanto menos, agotador), supera los límites de cualquier tipo de expectativa previa, posicionándose claramente como el mejor lp del presente curso, y uno de los más destacados de la década.
El secreto está en perfilar un diamante poco pulido, natural y orgánico, que suena clásico (la materia prima) y moderno (el método de composición) a la vez, sencillo en sus componentes pero barroco en su suma y que da gusto escuchar de principio a fin. A un acabado homogéneo que convierte ‘Person Pitch’ en una hermosa canción de 45 minutos (pese a que cinco de sus siete cortes han sido editados en diferentes formatos y versiones desde 2005), hay que añadir el punto exacto entre experimentación y accesibilidad que ha conseguido alcanzar Noah, algo realmente complicado en un cd con temas que pasan holgadamente los diez minutos de duración.
Abrimos boca con la minimalista ‘Comfy in Nautica’. Una esquelética base de coros, palmas y pirotecnia psicodélica reverberizada sirven a Noah para dibujar esas melodías vocales tan Beach Boys que inundan todo el disco. La hipnótica ‘Take Pills’ desnuda el proceso: su primer tramo emerge de un bucle del ‘Allways Coming Back to You’ del debut de Scott Walter y explosiona en una segunda parte con el marchamo de Joe Meek (The Tornados y su space lo-fi folk); caramelo antidepresivo. La joya del disco es sin duda ‘Bro's’. Sobre una fanfarria imparable prestada de nuevo por The Tornados, nuestro hombre se las ingenia para levantar un dilatado mecanismo pop (irresistibles armonías) del que es imposible bajarse. ‘I'm not’ (Syd Barrett on acid) hace de puente al otro gran tema del álbum (‘Good Girl/Carrots’). En él se concreta de manera ejemplar la metodología que sigue un dj a la hora de construir las sesiones, pero dentro de una sola canción. Con tres fases bien diferenciadas, Lennox ensambla los primeros minutos de poliritmia tribal tan Animal Collective con el drone-folk Brian Wilsoniano envuelto en efectos propios del dub (Lee Perry) del cuerpo central, rematando después la pieza con una coda que se lleva a los Kraftwerk primerizos a la costa californiana. Cierran esta auténtica obra de arte la ambiental ‘Search for Delicious’ (Brian Eno meets Boards of Canada) y la balada pop para playas desiertas ‘Ponytail’. A must.
Y es que, el nuevo trabajo de Panda Bear, junto a Avey Tare núcleo duro de esa célula de interminables conexiones conocida como Animal Collective (seguir su ristra de colaboraciones, escapadas en solitario o grupo y tiradas limitadas resulta, cuanto menos, agotador), supera los límites de cualquier tipo de expectativa previa, posicionándose claramente como el mejor lp del presente curso, y uno de los más destacados de la década.
El secreto está en perfilar un diamante poco pulido, natural y orgánico, que suena clásico (la materia prima) y moderno (el método de composición) a la vez, sencillo en sus componentes pero barroco en su suma y que da gusto escuchar de principio a fin. A un acabado homogéneo que convierte ‘Person Pitch’ en una hermosa canción de 45 minutos (pese a que cinco de sus siete cortes han sido editados en diferentes formatos y versiones desde 2005), hay que añadir el punto exacto entre experimentación y accesibilidad que ha conseguido alcanzar Noah, algo realmente complicado en un cd con temas que pasan holgadamente los diez minutos de duración.
Abrimos boca con la minimalista ‘Comfy in Nautica’. Una esquelética base de coros, palmas y pirotecnia psicodélica reverberizada sirven a Noah para dibujar esas melodías vocales tan Beach Boys que inundan todo el disco. La hipnótica ‘Take Pills’ desnuda el proceso: su primer tramo emerge de un bucle del ‘Allways Coming Back to You’ del debut de Scott Walter y explosiona en una segunda parte con el marchamo de Joe Meek (The Tornados y su space lo-fi folk); caramelo antidepresivo. La joya del disco es sin duda ‘Bro's’. Sobre una fanfarria imparable prestada de nuevo por The Tornados, nuestro hombre se las ingenia para levantar un dilatado mecanismo pop (irresistibles armonías) del que es imposible bajarse. ‘I'm not’ (Syd Barrett on acid) hace de puente al otro gran tema del álbum (‘Good Girl/Carrots’). En él se concreta de manera ejemplar la metodología que sigue un dj a la hora de construir las sesiones, pero dentro de una sola canción. Con tres fases bien diferenciadas, Lennox ensambla los primeros minutos de poliritmia tribal tan Animal Collective con el drone-folk Brian Wilsoniano envuelto en efectos propios del dub (Lee Perry) del cuerpo central, rematando después la pieza con una coda que se lleva a los Kraftwerk primerizos a la costa californiana. Cierran esta auténtica obra de arte la ambiental ‘Search for Delicious’ (Brian Eno meets Boards of Canada) y la balada pop para playas desiertas ‘Ponytail’. A must.
Podríamos recibir este disco como un 'To find me gone' para el 2007. Y no sólo porque la nueva obra de Jason Quever sea editada por Gnomonsong, el sello que manejan Devendra Banhart y Andy Cabic. Más bien porque todo lo apuntado en su momento sobre el segundo trabajo de Vetiver sirve (con un formato más pop, eso sí) para hablar de este 'Can't go back'. Atmósfera, acabado, cuerpo, pegada... Papercuts se aplican en la construcción de un muro de sonido a lo The Band (analógico, puro y sin artificios) y lo vuelcan sobre diez composiciones ejemplares. Dicho así parece sencillo, pero créanme, no lo es.
Con la arrastrada, susurrante y aniñada voz de Jason como guía, y ya desde la inaugural 'Dear Employed' (la Velvet Underground producida por Phil Spector), el de San Francisco nos empuja con su reverberado ciclón emotivo. En la cima, 'Summer Long', 'Sandy' y 'The World i Love' brillan con sus acústicas cristalinas, sus coros costa oeste, las imponentes líneas de Hammond y el caramelo melódico. Un 'Odessey and Oracle' para el siglo 21 con paradas en el Dylan de mediados de los '60 (folk-rock en 'Take the 227th Exit') y los Spiritualized más soul-piscodélicos ('Outside Looking In' y 'Just another thing to Dust').
Con la arrastrada, susurrante y aniñada voz de Jason como guía, y ya desde la inaugural 'Dear Employed' (la Velvet Underground producida por Phil Spector), el de San Francisco nos empuja con su reverberado ciclón emotivo. En la cima, 'Summer Long', 'Sandy' y 'The World i Love' brillan con sus acústicas cristalinas, sus coros costa oeste, las imponentes líneas de Hammond y el caramelo melódico. Un 'Odessey and Oracle' para el siglo 21 con paradas en el Dylan de mediados de los '60 (folk-rock en 'Take the 227th Exit') y los Spiritualized más soul-piscodélicos ('Outside Looking In' y 'Just another thing to Dust').
‘Parades’ es un puñetazo sobre la mesa, un aquí estamos y así somos con todas sus consecuencias (positivas y negativas, dirán algunos). Tras un cd como ‘Tripper’ (Leaf, 2004), con una encomiable pero aún tímida mezcla de electrónica, folk y leves orquestaciones, el quinteto de Copenhague se reafirma con este segundo disco en su manera de ver el arte y consigue de paso elevarlo (prácticamente con la misma materia prima de su debut) a unas cotas de belleza asombrosas.
Efterklang han optado por una grandilocuencia sonora que, lejos de resultar ornamental o caprichosa (la pompa hueca de ciertas ediciones del sello Noble, por ejemplo), da cuerpo y empaque a un post-rock tirando a lo épico (sí, Godspeed You! Black Emperor, Sigur Rós o Mogwai sin guitarras) pero nada gratuito. Y es que, tomando la morfología de canción emotiva alejada del canon establecido (el post-rock que antes citábamos), unido a los acertadísimos arreglos de las secciones de cuerda y viento que protagonizan todo el disco, unos coros enormes (entre Matt Elliott y, en primer plano, el ‘Illinoise’ de Sufjan Stevens) y un evidente rastro folkie digital, ésta podría parecer a priori una obra pedante y presuntuosa. Nada más lejos de la realidad: humana, cálida y muy dinámica, la música de los daneses salta la piedra con la que los islandeses múm vienen tropezando desde el magistral ‘Yesterday Was Dramatic, Today Is OK’ (Thule, 2000). Eso que llamamos madurez bien entendida (escuchen ‘Frida Found a Friend’ o ‘Blowing Lungs Like Bubbles’).
Todo esto y mucho más dan de sí los cincuenta minutos de ‘Parades’, un álbum que alcanza su máxima expresión como obra total. Pese a una ligera sensación de agotamiento final, remontada sin problemas por la segunda parte de la eufórica ‘Cutting Ice to Snow’ (a algo parecido a esto debe sonar la felicidad), los movimientos sísmicos de ‘Polygyne’ y ‘Maison de Réflexion‘ (el ‘Homogenic’ de Björk cruzado con GY!BE), la ejemplar síntesis de ‘Mirador’ y ‘Caravan’ (libertad absoluta en el diálogo entre las secciones de cuerda, viento y coros), esa melancólica canción de taberna que es ‘Him Poe Poe’ (Matt Elliott al aparato) o la heroica marcha militar de ‘Horseback Tenors’ completan un trabajo personal que no conoce de géneros y etiquetas, aunque hace uso de muchas de ellas.
Efterklang han optado por una grandilocuencia sonora que, lejos de resultar ornamental o caprichosa (la pompa hueca de ciertas ediciones del sello Noble, por ejemplo), da cuerpo y empaque a un post-rock tirando a lo épico (sí, Godspeed You! Black Emperor, Sigur Rós o Mogwai sin guitarras) pero nada gratuito. Y es que, tomando la morfología de canción emotiva alejada del canon establecido (el post-rock que antes citábamos), unido a los acertadísimos arreglos de las secciones de cuerda y viento que protagonizan todo el disco, unos coros enormes (entre Matt Elliott y, en primer plano, el ‘Illinoise’ de Sufjan Stevens) y un evidente rastro folkie digital, ésta podría parecer a priori una obra pedante y presuntuosa. Nada más lejos de la realidad: humana, cálida y muy dinámica, la música de los daneses salta la piedra con la que los islandeses múm vienen tropezando desde el magistral ‘Yesterday Was Dramatic, Today Is OK’ (Thule, 2000). Eso que llamamos madurez bien entendida (escuchen ‘Frida Found a Friend’ o ‘Blowing Lungs Like Bubbles’).
Todo esto y mucho más dan de sí los cincuenta minutos de ‘Parades’, un álbum que alcanza su máxima expresión como obra total. Pese a una ligera sensación de agotamiento final, remontada sin problemas por la segunda parte de la eufórica ‘Cutting Ice to Snow’ (a algo parecido a esto debe sonar la felicidad), los movimientos sísmicos de ‘Polygyne’ y ‘Maison de Réflexion‘ (el ‘Homogenic’ de Björk cruzado con GY!BE), la ejemplar síntesis de ‘Mirador’ y ‘Caravan’ (libertad absoluta en el diálogo entre las secciones de cuerda, viento y coros), esa melancólica canción de taberna que es ‘Him Poe Poe’ (Matt Elliott al aparato) o la heroica marcha militar de ‘Horseback Tenors’ completan un trabajo personal que no conoce de géneros y etiquetas, aunque hace uso de muchas de ellas.
Hace dos años, a propósito del excelente debut de The Dust Dive (‘Asleep Or Awake Walk’, Own), apuntábamos el toque Sebadoh que se dejaba ver en su lo-fi rock de dormitorio. Cosas de la vida, para este segundo álbum han contado con la presencia de Jason Loewenstein (bajista de los autores del esencial ‘Bakesale’) como productor, mezclador y batería puntual en tres temas.
En lo musical nada ha cambiado. Grabado por deseo expreso del grupo en su apartamento en Flatbush Avenue (Brooklyn), ‘Claws of Light’ conserva el acabado casero y acogedor de su música, y además, la consolida en su personalidad inimitable, esta vez con una producción más brillante y nítida (excepción hecha del último tramo).
El disco empieza bien alto con ‘Babyface in a Pickup Truck’, auténtica píldora de indie-rock de efectos instantáneos. ‘Screen Light Flu’ confirma que sus señas de identidad se mantienen intactas: Laura Ortman (guitarra eléctrica y violines, entre otras cosas) y Ken Switzer (teclados) construyen un mantra sobre el que Bryan recita (insertando sus clásicos collages de grabaciones de campo y radio) su críptica poesía. La canción titular (hermana gemela de ‘Olathe North Parking Lot’, corte inicial de su debut, pero en versión bucólica), con su sencilla progresión de acordes con delay a la guitarra, sus bellos fraseos de violín y esos silbidos finales es, como indica Ken al hablar del sonido del trío, “experimental campfire music”. El slow-rock en la sombra de ‘Rope Swing 2000’ (The Velvet Underground), da paso a una colección de canciones que, acudiendo al procedimiento anteriormente citado, van de un vitalismo campestre (‘Cut the Day with a Steak Knife’, ‘Gowanus Meadowlarks’) a una melancolía arrastrada (‘Catfish from the Pharaohs’, la preciosa ‘Green River’), quedando ambas facetas perfectamente fundidas en ‘Starlet/Miss Brooklyn’ (Camper Van Beethoven poniendo banda sonora a una de David Lynch). Su cara más experimental y paisajista (la mortuoria balada ‘Postcards of Real Worlds’ y ese misterioso sueño evocador que es ‘East Fork Rainbow’, cantada por Laura) cierran un trabajo que los posiciona como un sólido pivote del rock americano más imaginativo.
En lo musical nada ha cambiado. Grabado por deseo expreso del grupo en su apartamento en Flatbush Avenue (Brooklyn), ‘Claws of Light’ conserva el acabado casero y acogedor de su música, y además, la consolida en su personalidad inimitable, esta vez con una producción más brillante y nítida (excepción hecha del último tramo).
El disco empieza bien alto con ‘Babyface in a Pickup Truck’, auténtica píldora de indie-rock de efectos instantáneos. ‘Screen Light Flu’ confirma que sus señas de identidad se mantienen intactas: Laura Ortman (guitarra eléctrica y violines, entre otras cosas) y Ken Switzer (teclados) construyen un mantra sobre el que Bryan recita (insertando sus clásicos collages de grabaciones de campo y radio) su críptica poesía. La canción titular (hermana gemela de ‘Olathe North Parking Lot’, corte inicial de su debut, pero en versión bucólica), con su sencilla progresión de acordes con delay a la guitarra, sus bellos fraseos de violín y esos silbidos finales es, como indica Ken al hablar del sonido del trío, “experimental campfire music”. El slow-rock en la sombra de ‘Rope Swing 2000’ (The Velvet Underground), da paso a una colección de canciones que, acudiendo al procedimiento anteriormente citado, van de un vitalismo campestre (‘Cut the Day with a Steak Knife’, ‘Gowanus Meadowlarks’) a una melancolía arrastrada (‘Catfish from the Pharaohs’, la preciosa ‘Green River’), quedando ambas facetas perfectamente fundidas en ‘Starlet/Miss Brooklyn’ (Camper Van Beethoven poniendo banda sonora a una de David Lynch). Su cara más experimental y paisajista (la mortuoria balada ‘Postcards of Real Worlds’ y ese misterioso sueño evocador que es ‘East Fork Rainbow’, cantada por Laura) cierran un trabajo que los posiciona como un sólido pivote del rock americano más imaginativo.
Tras debutar en 2005 con un disco que pasó prácticamente inadvertido (el atropellado, crudo y flojito 'Turn It Up Faggot', en el sello Stickfigure), este 2007 representa el año de la confirmación de Deerhunter como un grupo a tener en cuenta. El quinteto de Atlanta ha pulido su magma sónico y lo ha sabido enfocar tanto en una dirección más accesible y pop como en otra más ambiental y experimental.
Estas caras de la misma moneda, grabadas del tirón en dos sesiones separadas en el tiempo (aún así el trabajo mantiene el mood en sus cincuenta minutos de duración), dividen el álbum en dos bloques bien diferenciados, planteando una especie de binomio oscuridad/luz, caída/resurrección.
La primera media hora (a excepción de la titular 'Cryptograms', metrónomo germano en contexto after-punk), transita parajes instrumentales desde el post-rock más críptico y paisajístico (de Flying Saucer Attack a Labradford) hasta la furia space-noise-rock ('Lake Somerset' y la extensa 'Octet' navegan entre The Fall, Sonic Youth, Spaceman3 y Loop).
Para el empujón final guardan cuatro perlas y un interludio incidental. Ahí está el crescendo infinito de 'Spring Hall Convert', el inapelable caudal melódico de 'Strange Lights' y 'Hazel St.' (una de las canciones del año, imposible quitártela de la cabeza) o los Can más radiables en el cierre 'Heatherwood' para poner la guinda.
Estas caras de la misma moneda, grabadas del tirón en dos sesiones separadas en el tiempo (aún así el trabajo mantiene el mood en sus cincuenta minutos de duración), dividen el álbum en dos bloques bien diferenciados, planteando una especie de binomio oscuridad/luz, caída/resurrección.
La primera media hora (a excepción de la titular 'Cryptograms', metrónomo germano en contexto after-punk), transita parajes instrumentales desde el post-rock más críptico y paisajístico (de Flying Saucer Attack a Labradford) hasta la furia space-noise-rock ('Lake Somerset' y la extensa 'Octet' navegan entre The Fall, Sonic Youth, Spaceman3 y Loop).
Para el empujón final guardan cuatro perlas y un interludio incidental. Ahí está el crescendo infinito de 'Spring Hall Convert', el inapelable caudal melódico de 'Strange Lights' y 'Hazel St.' (una de las canciones del año, imposible quitártela de la cabeza) o los Can más radiables en el cierre 'Heatherwood' para poner la guinda.
Infalible. Así es Shugo Tokumaru a día de hoy, un huracán de folk-pop nipón de efectos instantáneos. ‘Exit’, su tercer disco, sigue la línea de su anterior álbum (‘L.S.T’, publicado en Europa por Active Suspensión en 2006) y consolida su particular visión de la música popular.
Todavía más accesible y melódico que en sus dos trabajos precedentes, Shugo actualiza, tema tras tema, cierto pop psicodélico con deje folk de la década de los sesenta. Obras como el ‘Revolver’ de The Beatles, el ‘Oddesey and Oracle’ de The Zombies, y sobre todo el ‘Pet Sounds’ de The Beach Boys, sirven al de Tokio para, con un amplio y rico instrumental totalmente acústico, entregar un ristra de canciones memorables.
Sobrado tanto para abrir con un corte de indie-folk eufórico (‘Parachute’), como para poco después vomitar una especie de versión oriental desenchufada de Pussy Galore (‘D.P.O.’), una de country-folk de pradera para poner al lado de Vetiver o Papercuts (‘Sanganichi’) o dos bellos instrumentales entre el cada vez más recurrido Joe Meek (‘Future Umbrella’) y John Fahey (‘Wedding’), la especialidad de la casa sigue siendo la construcción de hermosas canciones de preciosos arreglos, tocadas con sabiduría desde la mesa de mezclas (ahí está el maestro Brian Wilson). ‘Green Rain’, ‘Clocca’, ‘Button’, ‘Hidamari’ y ‘La La Radio’ son irrefrenables carruseles de emociones comprimidos en una píldora pop.
Todavía más accesible y melódico que en sus dos trabajos precedentes, Shugo actualiza, tema tras tema, cierto pop psicodélico con deje folk de la década de los sesenta. Obras como el ‘Revolver’ de The Beatles, el ‘Oddesey and Oracle’ de The Zombies, y sobre todo el ‘Pet Sounds’ de The Beach Boys, sirven al de Tokio para, con un amplio y rico instrumental totalmente acústico, entregar un ristra de canciones memorables.
Sobrado tanto para abrir con un corte de indie-folk eufórico (‘Parachute’), como para poco después vomitar una especie de versión oriental desenchufada de Pussy Galore (‘D.P.O.’), una de country-folk de pradera para poner al lado de Vetiver o Papercuts (‘Sanganichi’) o dos bellos instrumentales entre el cada vez más recurrido Joe Meek (‘Future Umbrella’) y John Fahey (‘Wedding’), la especialidad de la casa sigue siendo la construcción de hermosas canciones de preciosos arreglos, tocadas con sabiduría desde la mesa de mezclas (ahí está el maestro Brian Wilson). ‘Green Rain’, ‘Clocca’, ‘Button’, ‘Hidamari’ y ‘La La Radio’ son irrefrenables carruseles de emociones comprimidos en una píldora pop.
Tras dar la campanada el pasado 2006 con un disco de debut homónimo que puso en la órbita de ‘etiquetas más in del momento’ al dubstep (ya saben, esa mezcla de dub, uk garage, electrónica, dark-ambient y breaks encajada en la tan británica maraña de estilos que te lleva del drum’n’bass al speed garage vía house, de ahí al 2-step y unos meses más tarde al grime o su hermano gemelo instrumental, el dubstep… la cosita se las trae), Burial vuelve a las andadas con un segundo trabajo que (dentro de las claves estéticas del género: tenebroso y urbano) no le hace ascos al soul y a un leve matiz pop.
Editado de nuevo en el sello de Kode9 (Hyperdub, segunda referencia en formato largo), ‘Untrue’ mantiene el esqueleto minimalista y austero. En el fondo nada ha cambiado, pero a la superficie asoma un predominante uso de las voces y unos mantos de teclado que dinamizan el conjunto. Los ejemplos más claros llegan pronto gracias a un trío inicial memorable: ‘Archangel’ (clásico instantáneo y hit del álbum), ‘Near Dark’ (jungle dub cavernoso) y ‘Ghost Hardware’ (el sonido Metalheadz puesto al día) te dejan sin aliento. Luego se le da un descanso al ritmo (el bloque ‘Endorphin’ / ‘Etched Headplate’ / ‘In McDonalds’) para que las texturas y un ambient nocturno tomen la delantera (New urban dub a lo ~scape y el olvidado Illbient de Dj Spooky, ¿recuerdan?). La recta final retoma el paso poco a poco (los medios tiempos ‘Untrue’ y ‘Shell Of Light‘ hacen de puente) con otra ristra de breaks concisos (‘Homeless’) y la profundidad orgánica de la casa Basic Channel (‘Raver’). Queda, eso sí, la sensación de cierto agotamiento.
Pese a haber entregado dos trabajos realmente notables, era entonces y es ahora evidente que nuestro hombre sin cara está todavía lejos de alcanzar las cotas de belleza y posteridad de obras como ‘Maxinquaye’ (Tricky), ‘Timeless’ (Goldie), ‘Showcase’ (Rhythm & Sound w/ Tikiman) o ‘1’ (Pole). En mayor o menor medida, las luces que parecen guiarle en sus continuos viajes por el lado oscuro.
Editado de nuevo en el sello de Kode9 (Hyperdub, segunda referencia en formato largo), ‘Untrue’ mantiene el esqueleto minimalista y austero. En el fondo nada ha cambiado, pero a la superficie asoma un predominante uso de las voces y unos mantos de teclado que dinamizan el conjunto. Los ejemplos más claros llegan pronto gracias a un trío inicial memorable: ‘Archangel’ (clásico instantáneo y hit del álbum), ‘Near Dark’ (jungle dub cavernoso) y ‘Ghost Hardware’ (el sonido Metalheadz puesto al día) te dejan sin aliento. Luego se le da un descanso al ritmo (el bloque ‘Endorphin’ / ‘Etched Headplate’ / ‘In McDonalds’) para que las texturas y un ambient nocturno tomen la delantera (New urban dub a lo ~scape y el olvidado Illbient de Dj Spooky, ¿recuerdan?). La recta final retoma el paso poco a poco (los medios tiempos ‘Untrue’ y ‘Shell Of Light‘ hacen de puente) con otra ristra de breaks concisos (‘Homeless’) y la profundidad orgánica de la casa Basic Channel (‘Raver’). Queda, eso sí, la sensación de cierto agotamiento.
Pese a haber entregado dos trabajos realmente notables, era entonces y es ahora evidente que nuestro hombre sin cara está todavía lejos de alcanzar las cotas de belleza y posteridad de obras como ‘Maxinquaye’ (Tricky), ‘Timeless’ (Goldie), ‘Showcase’ (Rhythm & Sound w/ Tikiman) o ‘1’ (Pole). En mayor o menor medida, las luces que parecen guiarle en sus continuos viajes por el lado oscuro.
S.T., iniciales del músico sueco Stefan Ternemar, se presenta en sociedad con este lp de duración reducida (no llega a la media hora, ocho canciones) para el sello neoyorquino Music Related, tras haberse recorrido la escena net-label desde 2003 y tocar techo con un ep de tres canciones (recuperadas aquí) editado en 2005 por Monotonik.
El disco es sencillamente una maravillosa colección de perlas melódicas, transitando entre lo melancólico y lo triste. Esa 'corriente' de indie-pop electrónico que nos ha dado (y seguro nos dará) más de una grata sorpresa en los últimos años (de Text Adventure a Casiotone for the Painfully Alone, pasando por los grupos más orientados al formato canción de escuderías como Morr, Melodic o Static).
Y es que si de algo va sobrado 'People I Barely Know' es de enormes temas. Con la participación de varios vocalistas (algunos repiten, me quedo con la voz de Henrik José aka Bliss), Stefan construye un perfecto engranaje de melodías certeras donde vale el todo y además, sobresalen la individualidades (ni un solo corte para el olvido). Así sucede desde la inaugural ‘I’ll meet you there’ (el arrebatador lo-fi folk glitcheado de Khonnor en el horizonte), con un hit a lo New Order como ‘Make it to the end’ (esas guitarras), con los concentrados de un Styrofoam inspirado (el de ‘I'm What's There To Show That Something's Missing’, sin ir más lejos), el irresistible azúcar a lo The Postal Service (‘Debut’) o una poptrónica etérea no muy alejada de la propuesta en solitario del líder de Radiohead (‘Csanca’). Está claro que S.T. no ha inventado nada, pero madre mía, qué temazos.
El disco es sencillamente una maravillosa colección de perlas melódicas, transitando entre lo melancólico y lo triste. Esa 'corriente' de indie-pop electrónico que nos ha dado (y seguro nos dará) más de una grata sorpresa en los últimos años (de Text Adventure a Casiotone for the Painfully Alone, pasando por los grupos más orientados al formato canción de escuderías como Morr, Melodic o Static).
Y es que si de algo va sobrado 'People I Barely Know' es de enormes temas. Con la participación de varios vocalistas (algunos repiten, me quedo con la voz de Henrik José aka Bliss), Stefan construye un perfecto engranaje de melodías certeras donde vale el todo y además, sobresalen la individualidades (ni un solo corte para el olvido). Así sucede desde la inaugural ‘I’ll meet you there’ (el arrebatador lo-fi folk glitcheado de Khonnor en el horizonte), con un hit a lo New Order como ‘Make it to the end’ (esas guitarras), con los concentrados de un Styrofoam inspirado (el de ‘I'm What's There To Show That Something's Missing’, sin ir más lejos), el irresistible azúcar a lo The Postal Service (‘Debut’) o una poptrónica etérea no muy alejada de la propuesta en solitario del líder de Radiohead (‘Csanca’). Está claro que S.T. no ha inventado nada, pero madre mía, qué temazos.
Aaron Gerber se presenta en sociedad con su primer cd en solitario, una traslación dilatada y experimental de lo que viene haciendo en su grupo A Weather (indie-pop acústico y delicado). El de Portland, con la única ayuda de Liz Igenberg y Zoë Wright a las voces, consigue una más que interesante obra de ambient contemporáneo, de ése que sabe bascular entre lo folkie y lo digital.
Poniendo su mirada en un sonido cálido, melancólico y otoñal, Six Twilights toma guitarras acústicas, pianos y voces (enorme el tratamiento que hace de ellas), y las convierte en largas secuencias de gran belleza descriptiva. Para que no quede duda de la ductilidad de la materia con la que trabaja, además de entregar un tema de folk 'clásico' ('I Can't Even Begin To Tell You'), abre y cierra el álbum con la misma canción ('Still Talk'): en la primera versión mezcla el glitch que nos trajo Oval hace más de una década y de la mano de Greg Davis (esas guitarras) sigue una vía menos acomodada (ni mejor ni peor) que la que usan Colleen (bueno, antes de joderla con su último trabajo) o RF. La segunda, igualmente bella, resulta quizás menos intensa (eso ya depende de los gustos de cada uno, claro).
Asombrando con el (repetimos) magnífico uso de las voces, el disco avanza, cocido a fuego lento, entre minúsculas gemas de folk pop (el crescendo vocal de 'Tonight I'm Letting You Drive') y vastas superficies repletas de oleajes de drones, bajos aletargados y profundos, mantras de acordeón ('Full With Snow'), pianos procesados ('How You Get To See The Light Move All Day') y homenajes al padre de todo esto (Brian Eno en la extensa 'Scarf, Bed'). Un retoño perfecto para el sello 12k y, qué cosas, el hermano ideal del 'Northern' (2006) del capo Taylor Deupree (hasta la portada se parece).
Pensando en los más perezosos, Aaron ha preparado un dvd adicional con los mismos sonidos usados en el formato audio, en diferente orden, con el añadido de nuevos detalles musicales, mensajes telefónicos, conversaciones, spoken word e imágenes a cámara (muy) lenta. Servidor prefiere tumbarse en la cama e inventar su propia película.
Poniendo su mirada en un sonido cálido, melancólico y otoñal, Six Twilights toma guitarras acústicas, pianos y voces (enorme el tratamiento que hace de ellas), y las convierte en largas secuencias de gran belleza descriptiva. Para que no quede duda de la ductilidad de la materia con la que trabaja, además de entregar un tema de folk 'clásico' ('I Can't Even Begin To Tell You'), abre y cierra el álbum con la misma canción ('Still Talk'): en la primera versión mezcla el glitch que nos trajo Oval hace más de una década y de la mano de Greg Davis (esas guitarras) sigue una vía menos acomodada (ni mejor ni peor) que la que usan Colleen (bueno, antes de joderla con su último trabajo) o RF. La segunda, igualmente bella, resulta quizás menos intensa (eso ya depende de los gustos de cada uno, claro).
Asombrando con el (repetimos) magnífico uso de las voces, el disco avanza, cocido a fuego lento, entre minúsculas gemas de folk pop (el crescendo vocal de 'Tonight I'm Letting You Drive') y vastas superficies repletas de oleajes de drones, bajos aletargados y profundos, mantras de acordeón ('Full With Snow'), pianos procesados ('How You Get To See The Light Move All Day') y homenajes al padre de todo esto (Brian Eno en la extensa 'Scarf, Bed'). Un retoño perfecto para el sello 12k y, qué cosas, el hermano ideal del 'Northern' (2006) del capo Taylor Deupree (hasta la portada se parece).
Pensando en los más perezosos, Aaron ha preparado un dvd adicional con los mismos sonidos usados en el formato audio, en diferente orden, con el añadido de nuevos detalles musicales, mensajes telefónicos, conversaciones, spoken word e imágenes a cámara (muy) lenta. Servidor prefiere tumbarse en la cama e inventar su propia película.
Aunque el gran salto cualitativo ya se dio entre el inicial ‘Landscopes’ (Quatermass, 2000) y el excelente ‘Lent’ (spa.RK, 2003), este ‘Liants’ (¿el título del próximo disco empezará por ‘Lo’?) no hace más que confirmar el carácter personal de la música de Fibla. El de unas canciones trabajadas a conciencia, donde ritmos y texturas tienen su porcentaje de importancia, pero en las que las melodías (muy presentes en éste su tercer larga duración) toman en muchas ocasiones la delantera.
Acudiendo a la mezcla de elementos digitales y analógicos, sintéticos y acústicos (líneas de bajo gruesas, rítmica crujiente, sintes planeadores y notas que caen a cámara lenta), Vicent Fibla teje un delicado entramado sonoro de ambient-pop idóneo para la escucha horizontal que suena, eso sí, más oscuro y nocturno que soleado y mediterráneo. Al grano (ocho temas, cuarenta minutos escasos) y con la exactitud que viene gastándose desde su segundo trabajo, ‘Liants’ sigue mirando de reojo la infinita melancolía de los Orbital de ‘In sides’ (‘Next Step’), cruza a Isan con E*vax (‘International Wffort’, la preciosa ‘Merendero Alfacs, 1978’) o avanza desde el Detroit onírico (‘Montsianell’) al urbano (‘Delphy, Reel 3’) para poco después llegar a la madre del cordero (Kraftwerk en ‘Like a Pad, a Lost Pad’).
Nombres y referencias alrededor de un álbum coherente y homogéneo que, en realidad, ya no necesita de más etiquetas que la del autor que lo bautiza.
Acudiendo a la mezcla de elementos digitales y analógicos, sintéticos y acústicos (líneas de bajo gruesas, rítmica crujiente, sintes planeadores y notas que caen a cámara lenta), Vicent Fibla teje un delicado entramado sonoro de ambient-pop idóneo para la escucha horizontal que suena, eso sí, más oscuro y nocturno que soleado y mediterráneo. Al grano (ocho temas, cuarenta minutos escasos) y con la exactitud que viene gastándose desde su segundo trabajo, ‘Liants’ sigue mirando de reojo la infinita melancolía de los Orbital de ‘In sides’ (‘Next Step’), cruza a Isan con E*vax (‘International Wffort’, la preciosa ‘Merendero Alfacs, 1978’) o avanza desde el Detroit onírico (‘Montsianell’) al urbano (‘Delphy, Reel 3’) para poco después llegar a la madre del cordero (Kraftwerk en ‘Like a Pad, a Lost Pad’).
Nombres y referencias alrededor de un álbum coherente y homogéneo que, en realidad, ya no necesita de más etiquetas que la del autor que lo bautiza.
En su sexto trabajo de estudio (no contamos el álbum de colaboraciones que editó en 2000 y el live 'All Roads Lead To Salzburg' dos años después), Adam Pierce ha dado en el clavo con su versión polirrítmica, orgánica y adictiva del pop, enfoque al que viene acercándose desde el acertado 'Obrigado Saudade' (2004, Fat Cat) y el más flojito 'Bem-Vinda Vontade' (2005, Fat Cat).
Porque puestos a hacer música popular de hoy (melódica pero ligeramente enrevesada, instantánea pero de múltiples escuchas), Adam se ha dejado de medias tintas y ha tirado directamente por el camino de las buenas canciones. Con el poso de su primera fase creativa (esos tres discos iniciales que bebían del post-rock de Chicago vía Tortoise y, para ser más exactos, de 'TNT'), la mitad de The Dylan Group aplaca lo prog-rock que aún subyacía en sus dos obras precedentes y se arrima al pop. Con estos mimbres, claro está, la lógica nos lleva a The Sea and Cake.
Además de una evidente mejora en la producción, 'Mice Parade' concreta en nueve cortes lo que a 'Obrigado Saudade' y sobre todo a 'Bem-Vinda Vontade' se les escapaba de las manos, quizás por cierta indecisión entre el pasado y el futuro. Concentra indie-folk ('The Last Ten Homes'), post-rock ('Circle None') y descargas de electricidad ('Snow') por separado o en una sola canción (imparable en 'Sneaky Red', hipnótico en 'Stachelaise' y eufórico en 'The Nights After Fiction'), se marca un temazo ('Tales Of Las Negras') de break irresistible a dúo con Laetitia Sadier (Stereolab, otro de sus referentes) o vuelve a llamar a la ex-múm Kristin Anna Valtýsdóttir para construir una delicada balada de ambient folk cristalino ('Double Dolphins On The Nickel').
No es 'The Fawn' (1997, Thrill Jockey), pero visto lo último de The Sea and Cake, si un digno sucesor y su mejor disco hasta la fecha.
Porque puestos a hacer música popular de hoy (melódica pero ligeramente enrevesada, instantánea pero de múltiples escuchas), Adam se ha dejado de medias tintas y ha tirado directamente por el camino de las buenas canciones. Con el poso de su primera fase creativa (esos tres discos iniciales que bebían del post-rock de Chicago vía Tortoise y, para ser más exactos, de 'TNT'), la mitad de The Dylan Group aplaca lo prog-rock que aún subyacía en sus dos obras precedentes y se arrima al pop. Con estos mimbres, claro está, la lógica nos lleva a The Sea and Cake.
Además de una evidente mejora en la producción, 'Mice Parade' concreta en nueve cortes lo que a 'Obrigado Saudade' y sobre todo a 'Bem-Vinda Vontade' se les escapaba de las manos, quizás por cierta indecisión entre el pasado y el futuro. Concentra indie-folk ('The Last Ten Homes'), post-rock ('Circle None') y descargas de electricidad ('Snow') por separado o en una sola canción (imparable en 'Sneaky Red', hipnótico en 'Stachelaise' y eufórico en 'The Nights After Fiction'), se marca un temazo ('Tales Of Las Negras') de break irresistible a dúo con Laetitia Sadier (Stereolab, otro de sus referentes) o vuelve a llamar a la ex-múm Kristin Anna Valtýsdóttir para construir una delicada balada de ambient folk cristalino ('Double Dolphins On The Nickel').
No es 'The Fawn' (1997, Thrill Jockey), pero visto lo último de The Sea and Cake, si un digno sucesor y su mejor disco hasta la fecha.
Crescent no son, ni mucho menos, unos recién llegados. Con calma pero sin pausa, el cuarteto de Bristol viene editando desde mediados de la década pasada una serie de trabajos entre el post-rock, el folk de dormitorio y el rock de baja fidelidad. Y aunque son lejanos aquellos días en que la facción más noise-folk y espacial del post-rock británico tenía residencia fija en la ciudad portuaria (Flying Saucer Attack, The Third Eye Foundation, Amp o sus compañeros Movietone, con los que comparten miembros), el grupo de Matt Jones ha sabido evolucionar y encontrar su sitio a lo largo de estos catorce años (debutaron en el 93, con un 7” para el legendario sello Planet Records).
‘Little waves’ es su quinto disco, y supone una continuación, algo más amable, de su predecesor ‘By The Roads and Fields’ (Fat Cat, 2003). De sonido casero y cercano, atrás quedan los ruidosos inicios de ‘Now’ (Planet Records, 1995) y el art-rock cubista del sobresaliente ‘Collected Songs’ (Swarffinger Records, 1999), busca en los silencios, las distancias cortas y el susurro unos minutos de intimidad con el oyente.
Así es desde la titular ‘Little Waves’, desnudando de feedback el bucolismo folk de los geniales Flying Saucer Attack. Cuando se acercan al rock lo hacen acudiendo al poder narcótico de unos Velvet Underground de alcoba (gran tema ‘Cup’). Conscientes de la dificultad que entraña su propuesta, saben bañar su folk comatoso con bellos arreglos (‘Nearly Ready’, ‘Hey, Spetember’, ‘Our River’), alternarlo con experimentos alejados del formato canción (‘Come Into the Shade’, ‘Birds Came Out Of The Trumpet’), intercalar crecidas de intensidad y tensión rítmica (‘Drift’) o conjugar todo lo apuntado en la perla del álbum (‘Before’).
‘Little waves’ es su quinto disco, y supone una continuación, algo más amable, de su predecesor ‘By The Roads and Fields’ (Fat Cat, 2003). De sonido casero y cercano, atrás quedan los ruidosos inicios de ‘Now’ (Planet Records, 1995) y el art-rock cubista del sobresaliente ‘Collected Songs’ (Swarffinger Records, 1999), busca en los silencios, las distancias cortas y el susurro unos minutos de intimidad con el oyente.
Así es desde la titular ‘Little Waves’, desnudando de feedback el bucolismo folk de los geniales Flying Saucer Attack. Cuando se acercan al rock lo hacen acudiendo al poder narcótico de unos Velvet Underground de alcoba (gran tema ‘Cup’). Conscientes de la dificultad que entraña su propuesta, saben bañar su folk comatoso con bellos arreglos (‘Nearly Ready’, ‘Hey, Spetember’, ‘Our River’), alternarlo con experimentos alejados del formato canción (‘Come Into the Shade’, ‘Birds Came Out Of The Trumpet’), intercalar crecidas de intensidad y tensión rítmica (‘Drift’) o conjugar todo lo apuntado en la perla del álbum (‘Before’).
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