Destacados Del 2009
Por Mikel M. Sanz, publicado el 16.12.2009
Como suele ser habitual por aquí, ordenamos los discos que más nos han gustado del presente año. Veinte discos en total, en esta ocasión a razón de quince trabajos internacionales y cinco nacionales. Seguro que nos hemos dejado más de uno. Vuestras sugerencias, vía comentarios, son siempre bien recibidas.
20
Shackleton
Three Eps
Perlon, 2009
19
Japandroids
Post-nothing
Unfamiliar, 2009
Buen disco de debut el de Color Cassette. Formados por el americano Jason Corder (responsable de música y letras) a principios de década, el proyecto en solitario se hizo dúo tras el ingreso de Matt Yarington y suele pasar a ser multitud cuando se trata de entrar en el estudio. Esto no impide que su música siga sonando intimista y cercana, ejecutada de compositor a oyente, sin intermediarios. Como un susurro en tu oído.
Con el escaso background de un tema en un recopilatorio del sello Abandon Building y un ep para Mobeer el pasado 2008, este primer paso, trabajado pero con el toque ‘despreocupado’ de la obra de The Microphones, encaja folk, pop, ambient, electrónica y rock experimental en piezas que son pura fantasía. El álbum, conceptual (compacto suena, eso sí), relata las vivencias de un niño que se pierde en un bosque mágico y tras convertirse en un gorrión, decide quedarse allí. Ese mundo bucólico y pastoral está plasmado con fidelidad porque así es su música, orgánica y acústica. Vamos, que estaba claro que no iban a montarse una historia urbana entre gigantes de hormigón y cristal. Eso no les va.
Más allá del poso conceptual, con la narración de las aventuras y desventuras de nuestro joven, el impacto está asegurado gracias a una acertada visión del folk digital que, cimentado sobre las guitarras, va del pop con mayúsculas de Efterklang (‘Once Upon A Timid Willow’, ‘Ballad For A Yeller Bastard Bird’) a un ambient nebuloso y lleno de misterio (‘Black Nest Waters’, ‘Fabel Cinder’, ‘Angels In Ashes’) pasando por el caramelo melódico de Tunng (‘Lost At Least At Last’, ‘Little Yellow Light’, ‘Glass Ghosts’), el post-rock glitcheado de Hood (la titular ‘Forever Sparrow’) e intachables muestras de una música tan sencilla como emotiva (‘Small Town Smoker’). Lo que no ha logrado alcanzar el francés Melodium en sus dos últimos cd’s para Autres Directions In Music lo consigue nuestra pareja a las primeras de cambio. Así da gusto empezar el año.
Con el escaso background de un tema en un recopilatorio del sello Abandon Building y un ep para Mobeer el pasado 2008, este primer paso, trabajado pero con el toque ‘despreocupado’ de la obra de The Microphones, encaja folk, pop, ambient, electrónica y rock experimental en piezas que son pura fantasía. El álbum, conceptual (compacto suena, eso sí), relata las vivencias de un niño que se pierde en un bosque mágico y tras convertirse en un gorrión, decide quedarse allí. Ese mundo bucólico y pastoral está plasmado con fidelidad porque así es su música, orgánica y acústica. Vamos, que estaba claro que no iban a montarse una historia urbana entre gigantes de hormigón y cristal. Eso no les va.
Más allá del poso conceptual, con la narración de las aventuras y desventuras de nuestro joven, el impacto está asegurado gracias a una acertada visión del folk digital que, cimentado sobre las guitarras, va del pop con mayúsculas de Efterklang (‘Once Upon A Timid Willow’, ‘Ballad For A Yeller Bastard Bird’) a un ambient nebuloso y lleno de misterio (‘Black Nest Waters’, ‘Fabel Cinder’, ‘Angels In Ashes’) pasando por el caramelo melódico de Tunng (‘Lost At Least At Last’, ‘Little Yellow Light’, ‘Glass Ghosts’), el post-rock glitcheado de Hood (la titular ‘Forever Sparrow’) e intachables muestras de una música tan sencilla como emotiva (‘Small Town Smoker’). Lo que no ha logrado alcanzar el francés Melodium en sus dos últimos cd’s para Autres Directions In Music lo consigue nuestra pareja a las primeras de cambio. Así da gusto empezar el año.
17
The Xx
The Xx
Young Turks, 2009
Si a nuestro admirado Bradford Cox le hubiese dado por quitar el poco acertado ‘Weird Era Cont’ de su doble disco del pasado 2008 y meter como segundo volumen este ‘The Floodlight Collective’, debut del guitarrista de la banda madre, otro gallo nos hubiese cantado. Porque la puesta de largo de Lockett Pundt, quien ya nos había dejado varias pistas en su blog, representa a la perfección la cara más exploratoria y lo-fi del combo de Atlanta, y eso se suponía que quería reflejar ‘Weird Era Cont’, ¿no?
Así las cosas, además de la fotografía exacta de lo que serían Deerhunter si se ajustasen al formato de grabación casera, este trabajo es una magnífica colección de canciones. Donde Atlas Sound (el otro proyecto paralelo que completa el universo Deerhunter) tira por el camino del post-pop y cierta electrónica de dormitorio, Lotus Plaza le pega al noise-pop, al shoegaze (en el año del revival, sí) y al ambient-drone que da gusto.
Dejando a un lado las conexiones obvias y entrando en materia, ‘The Floodlight Collective’ es uno de esos álbumes que multiplican su valía con la acumulación de escuchas. En sus cuarenta y cinco minutos de duración podrás sentirte a salvo envuelto en burbujas de pop onírico y ensoñador (esos diamantes sin pulir de feedback sedoso que son ‘Red Oak Way’, ‘A Threaded Needle’ y las muy My Bloody Valentine ‘Different Mirrors’ y ‘What Frows?’), reavivar la llama del rock’n’roll en nebulosas de ruido blanco (‘Quicksand’, The Jesus & Mary Chain haciendo dream-pop) o encontrar el aislante ideal al que volver noche tras noche en busca de refugio y calma (hermosas ‘These Years’ y ‘White Out’). Como el chico apunta alto, hacia el final lleva a su terreno el legado de Disco Inferno (no va a ser casualidad que en casi todos los discazos de pop experimental de los últimos años salga su nombre) con ‘Sunday Night’ y ‘Antoine’, es decir, capas y capas de texturas de guitarras reverberadas cruzadas con post-pop del bueno. Lo dicho, una auténtica preciosidad de disco.
Así las cosas, además de la fotografía exacta de lo que serían Deerhunter si se ajustasen al formato de grabación casera, este trabajo es una magnífica colección de canciones. Donde Atlas Sound (el otro proyecto paralelo que completa el universo Deerhunter) tira por el camino del post-pop y cierta electrónica de dormitorio, Lotus Plaza le pega al noise-pop, al shoegaze (en el año del revival, sí) y al ambient-drone que da gusto.
Dejando a un lado las conexiones obvias y entrando en materia, ‘The Floodlight Collective’ es uno de esos álbumes que multiplican su valía con la acumulación de escuchas. En sus cuarenta y cinco minutos de duración podrás sentirte a salvo envuelto en burbujas de pop onírico y ensoñador (esos diamantes sin pulir de feedback sedoso que son ‘Red Oak Way’, ‘A Threaded Needle’ y las muy My Bloody Valentine ‘Different Mirrors’ y ‘What Frows?’), reavivar la llama del rock’n’roll en nebulosas de ruido blanco (‘Quicksand’, The Jesus & Mary Chain haciendo dream-pop) o encontrar el aislante ideal al que volver noche tras noche en busca de refugio y calma (hermosas ‘These Years’ y ‘White Out’). Como el chico apunta alto, hacia el final lleva a su terreno el legado de Disco Inferno (no va a ser casualidad que en casi todos los discazos de pop experimental de los últimos años salga su nombre) con ‘Sunday Night’ y ‘Antoine’, es decir, capas y capas de texturas de guitarras reverberadas cruzadas con post-pop del bueno. Lo dicho, una auténtica preciosidad de disco.
Del increíble fondo de catálogo acumulado por el sello del Woods Jeremy Earl en el presente año traemos lo que parece ser será el cierre de temporada, el primer álbum de Real Estate. Momento cumbre a añadir al ‘Songs Of Shame’ de los de Brooklyn y los debuts en formato largo de The Mayfair Set y The Ganglians.
El cuarteto de New Jersey mantiene la tónica general de la casa y de su sello hermano Captured Tracks (para más detalles revisen el line-up del festival que se marcaron en Nueva York este verano) al acudir a la conocida mezcla de pysch-folk, lo-fi pop, garaje y surf-rock que caracteriza a esta hornada de bandas, en esta ocasión, en su vertiente menos gamberra y festiva (o punk, vamos). Y es que su música puede encajar tanto en las típicas postales de euforia playera como en los paisajes de amanecer resacoso frente al mar. Muestra de la dualidad son los dos instrumentales ‘Atlantic City’ y ‘Let’s Rock The Beach’, esta última rematada por los aires nostálgicos de la preciosa ‘Snow Days’, mi favorita del lote.
Pivotando alrededor de los juegos de guitarras como eje central y unas voces entre narcóticas y acarameladas, se manejan con soltura en los medios tiempos (el trío ‘Beach Comber’, ‘Fake Blues’, ‘Green River’), sin hacerle ascos a los desarrollos pausados y meditados (‘Suburban Dogs’) y a la pureza de un sonido que alcanza su máxima expresión en ‘Black Lake’ (Bedhead) y el marchamo velvetiano de la extensa ‘Suburban Beverage’.
El cuarteto de New Jersey mantiene la tónica general de la casa y de su sello hermano Captured Tracks (para más detalles revisen el line-up del festival que se marcaron en Nueva York este verano) al acudir a la conocida mezcla de pysch-folk, lo-fi pop, garaje y surf-rock que caracteriza a esta hornada de bandas, en esta ocasión, en su vertiente menos gamberra y festiva (o punk, vamos). Y es que su música puede encajar tanto en las típicas postales de euforia playera como en los paisajes de amanecer resacoso frente al mar. Muestra de la dualidad son los dos instrumentales ‘Atlantic City’ y ‘Let’s Rock The Beach’, esta última rematada por los aires nostálgicos de la preciosa ‘Snow Days’, mi favorita del lote.
Pivotando alrededor de los juegos de guitarras como eje central y unas voces entre narcóticas y acarameladas, se manejan con soltura en los medios tiempos (el trío ‘Beach Comber’, ‘Fake Blues’, ‘Green River’), sin hacerle ascos a los desarrollos pausados y meditados (‘Suburban Dogs’) y a la pureza de un sonido que alcanza su máxima expresión en ‘Black Lake’ (Bedhead) y el marchamo velvetiano de la extensa ‘Suburban Beverage’.
En un mundo perfecto, el disco de Wild Honey sería número uno en las listas de ventas. Su música acude a la década dorada del pop para entregarnos doce pequeñas cápsulas de melodías gloriosas, letras sencillas y directas (que no livianas) y pegada instantánea, aunque eso sí, y como todo buen pop que se precie, de largo recorrido.
Bajista del combo Mittens, Guillermo Farré se dio a conocer el pasado año con un ep de cinco temas más Elliot Smith (o The Beatles, vaya) que los que conforman este auto editado debut en formato álbum. Ahora apunta mucho más alto –sí, en la lucha entre los fab four y The Rolling Stones, yo me quedo con The Beach Boys- y construye su personal ‘Pet Sounds’ (1966, Capitol) de dormitorio. Siguiendo los dictados del maestro Brian Wilson, Guillermo colma sus composiciones de arreglos e instrumentos, pero lejos de apabullar al oyente con un muro de sonido barroco a la usanza de su también querido Phil Spector (la coda en crescendo de ‘One Word Prayer’ es la excepción), los distribuye y dosifica inteligentemente en una efectiva panorámica de espacios abiertos. Véanse los ejemplos de ‘Whistling Rivalry’ e ‘Isabella’.
‘Epic Handshakes And A Bear Hug’ hace de las canciones su gran baza, dejando ya de antemano la batalla ganada ante los que las tilden de revivalistas o nostálgicas. Entre el tropicalismo de ‘Gold Leaf’, el beat a lo The Zombies de ‘To Steal A Piece Of Art’ y ‘Hal Blaine’s Beat’ y la magia destartalada de Joe Meek en ‘The Big Parade’ y ‘Brand New Hairdo’, se levantan dos gemas de folk-pop melancólico como ‘1918-1920’ y ‘My Bride In Black Globes’, mis dos cortes (y letras) favoritos de un disco sin desperdicio.
Bajista del combo Mittens, Guillermo Farré se dio a conocer el pasado año con un ep de cinco temas más Elliot Smith (o The Beatles, vaya) que los que conforman este auto editado debut en formato álbum. Ahora apunta mucho más alto –sí, en la lucha entre los fab four y The Rolling Stones, yo me quedo con The Beach Boys- y construye su personal ‘Pet Sounds’ (1966, Capitol) de dormitorio. Siguiendo los dictados del maestro Brian Wilson, Guillermo colma sus composiciones de arreglos e instrumentos, pero lejos de apabullar al oyente con un muro de sonido barroco a la usanza de su también querido Phil Spector (la coda en crescendo de ‘One Word Prayer’ es la excepción), los distribuye y dosifica inteligentemente en una efectiva panorámica de espacios abiertos. Véanse los ejemplos de ‘Whistling Rivalry’ e ‘Isabella’.
‘Epic Handshakes And A Bear Hug’ hace de las canciones su gran baza, dejando ya de antemano la batalla ganada ante los que las tilden de revivalistas o nostálgicas. Entre el tropicalismo de ‘Gold Leaf’, el beat a lo The Zombies de ‘To Steal A Piece Of Art’ y ‘Hal Blaine’s Beat’ y la magia destartalada de Joe Meek en ‘The Big Parade’ y ‘Brand New Hairdo’, se levantan dos gemas de folk-pop melancólico como ‘1918-1920’ y ‘My Bride In Black Globes’, mis dos cortes (y letras) favoritos de un disco sin desperdicio.
Mike Findlay parece querer quemar etapas rápido. Si su debut homónimo (austero y crudo) y ‘My Life in Rooms’ (Monotreme, 2006) rebosaban de momentos notables, entendiendo el álbum como colección de canciones, en el segundo caso mejor arregladas y rozando el pop, este ‘Notes For An Absent Lover’ desprende el aroma de la obra total, brillante y madura.
A un acabado homogéneo, que deja atrás el toque exploratorio y de baja fidelidad de sus trabajos precedentes, se une una lírica sencilla pero que llega directa al corazón, centrada en el abandono y los amargos recuerdos de éste. Grabado con Don Kerr (Ron Sexsmith) y Jeremy Darby (Lou Reed), Barzin no pierde su esencia, la de una música triste, melancólica y apesadumbrada, eso sí, sonando glorioso.
Situado en un lugar indeterminado en el estándar de música de raíz americana contemporánea impuesto por Will Oldham a la altura de ‘I See a Darkness’ y los Lambchop de ‘How I Quit Smoking’, ‘Notes For An Absent Lover’ atrapa a las primeras de cambio con su caramelo pop (inolvidables ‘Nobody Told Me’ y ‘Look What Love Has Turned Us Into’) y permanece en nuestra memoria, creciendo escucha tras escucha. Lo hace con medios tiempos tan solemnes como emotivos, con esos arreglos de cuerda presentes pero no protagonistas, entre la elegancia profunda y llena de soul de The Blue Nile (‘Stayed Too Long In This Place’) y el nuevo country de Kurt Wagner (‘When It Falls Apart’). Ayuda a dar esa sensación de cercanía una voz limpia y clara, en primer plano, alejada ya de ecos y reverberaciones. Aunque cortes tan etéreos y ensoñadores como ’Soft Summer Girls’ y ‘Lost’ bien podrían formar parte del pasado, éste es un valiente paso adelante. Y a mejor.
A un acabado homogéneo, que deja atrás el toque exploratorio y de baja fidelidad de sus trabajos precedentes, se une una lírica sencilla pero que llega directa al corazón, centrada en el abandono y los amargos recuerdos de éste. Grabado con Don Kerr (Ron Sexsmith) y Jeremy Darby (Lou Reed), Barzin no pierde su esencia, la de una música triste, melancólica y apesadumbrada, eso sí, sonando glorioso.
Situado en un lugar indeterminado en el estándar de música de raíz americana contemporánea impuesto por Will Oldham a la altura de ‘I See a Darkness’ y los Lambchop de ‘How I Quit Smoking’, ‘Notes For An Absent Lover’ atrapa a las primeras de cambio con su caramelo pop (inolvidables ‘Nobody Told Me’ y ‘Look What Love Has Turned Us Into’) y permanece en nuestra memoria, creciendo escucha tras escucha. Lo hace con medios tiempos tan solemnes como emotivos, con esos arreglos de cuerda presentes pero no protagonistas, entre la elegancia profunda y llena de soul de The Blue Nile (‘Stayed Too Long In This Place’) y el nuevo country de Kurt Wagner (‘When It Falls Apart’). Ayuda a dar esa sensación de cercanía una voz limpia y clara, en primer plano, alejada ya de ecos y reverberaciones. Aunque cortes tan etéreos y ensoñadores como ’Soft Summer Girls’ y ‘Lost’ bien podrían formar parte del pasado, éste es un valiente paso adelante. Y a mejor.
Corría el año 1994 cuando el sello Virgin editaba en su serie de música ambiental el cuarto y último volumen, bajo la enigmática etiqueta de ‘Ambient 4: Isolationism’. En sus capítulos anteriores, algunos de los clásicos de la música para aeropuertos, básicamente los artistas en nómina del label inglés, habían moldeado unos discos bastante obvios pero con piezas ineludibles: desde diversas apariciones del mismo Brian Eno y amigos, pasando por planeadores de la talla de Tangerine Dream, Hawkwind o Gong. Con esta última recopilación, se daba a conocer el lado más duro del género, distanciándose así del estándar contemporáneo impuesto por proyectos como The Orb, The KLF o The Future Sound of London y dando el testigo a grupos experimentales, post-rock mayoritariamente, poco dados a las concesiones.
‘Mejor Seguir Al Silencio’, cuarto salto al vacío (el más temerario hasta la fecha) de David Cordero, parece seguir, ya desde la portada, esa máxima de introspección, de entornos lunares, desérticos y solitarios que guio las carreras de Main, Labradford o Scorn y algunos momentos puntuales de las de Disco Inferno o Seefeel, todos integrantes del doble disco que, por significativo de un modo de hacer (prefiero de largo sus álbumes) nos ha servido de introducción. Sí, no sólo de Stars Of The Lid vive el drone ambient… y tampoco Úrsula, definitivamente con tilde.
Entrando en materia, la vuelta del ahora dúo al sello que editó sus dos primeros trabajos viene precedida por alguna que otra pista del camino que iban a tomar. Ciertos temas de su cd ‘Autoayuda Emocional’ (2005, Lejos Discos) y sobre todo el ep para Moonpalace del año pasado, ‘Cuando No Hay Nada Que Decir’, ya miraban a una música pausada y descriptiva, volcada en la composición de paisajes más que de canciones. Con un artwork de Monika Herodotou, primo hermano (ya no sólo en diseño, también en contenido) del que la jefa de Lampse hizo para el ‘Le Fumeur De Ciel’ de Julien Neto, el nuevo largo de Úrsula se abre con ‘Puedo Y No Quiero’ (verán que en cuestión de títulos nada ha cambiado). Tras arrancar con un motivo melódico a lo Boards Of Canada y una tímida rítmica a base de micro-sonidos, el corte se ve envuelto en un oleaje de capas de guitarras y notas de piano. La voz, en esta ocasión casi testimonial -sólo tres cortes- acude a la conocida temática derrotista (corta venas para los más sensacionalistas) del andaluz. Eso sí, cuando lo hace, no se va por las ramas: tremenda ‘Fuerza Mayor’, la más pop del lote. Pop con todas las comillas que se les ocurran, claro. El delay infinito a las seis cuerdas y el imprescindible trabajo de bajura que recorre el disco (ritmos en segundo plano y unos bajos que son casi media composición) convierten a ‘Detalles Sin Importancia’ y ‘De Perdidos Al Río’ en pequeñas sinfonías para un mañana mejor. Tres cuartos de lo mismo en el neoclasicismo (Arvo Pärt) de las muy Stars Of The Lid ‘Maravilloso Miedo’ y ‘Desviaciones Morales’. La coda rugosa que la cierra marca la diferencia en ‘La Minoría Silenciosa’: su acabado ruidista, menos pulido, apunta al modus operandi del ambient post de los noventa. ‘A La Mañana Siguiente’, apenas adornado, hace las veces de adiós con su vaivén sonoro. En esencia, no anda demasiado alejado del Brian Eno de los primeros ochenta.
‘Mejor seguir al silencio’ es una obra cómplice de conclusiones precipitadas y erróneas. Es en su profundidad (recomendable volumen alto) y hermetismo donde se halla la clave para romper esa barrera inicial, predisposición lo llaman, y disfrutar de lo que podríamos bautizar como paisajismo emocional.
‘Mejor Seguir Al Silencio’, cuarto salto al vacío (el más temerario hasta la fecha) de David Cordero, parece seguir, ya desde la portada, esa máxima de introspección, de entornos lunares, desérticos y solitarios que guio las carreras de Main, Labradford o Scorn y algunos momentos puntuales de las de Disco Inferno o Seefeel, todos integrantes del doble disco que, por significativo de un modo de hacer (prefiero de largo sus álbumes) nos ha servido de introducción. Sí, no sólo de Stars Of The Lid vive el drone ambient… y tampoco Úrsula, definitivamente con tilde.
Entrando en materia, la vuelta del ahora dúo al sello que editó sus dos primeros trabajos viene precedida por alguna que otra pista del camino que iban a tomar. Ciertos temas de su cd ‘Autoayuda Emocional’ (2005, Lejos Discos) y sobre todo el ep para Moonpalace del año pasado, ‘Cuando No Hay Nada Que Decir’, ya miraban a una música pausada y descriptiva, volcada en la composición de paisajes más que de canciones. Con un artwork de Monika Herodotou, primo hermano (ya no sólo en diseño, también en contenido) del que la jefa de Lampse hizo para el ‘Le Fumeur De Ciel’ de Julien Neto, el nuevo largo de Úrsula se abre con ‘Puedo Y No Quiero’ (verán que en cuestión de títulos nada ha cambiado). Tras arrancar con un motivo melódico a lo Boards Of Canada y una tímida rítmica a base de micro-sonidos, el corte se ve envuelto en un oleaje de capas de guitarras y notas de piano. La voz, en esta ocasión casi testimonial -sólo tres cortes- acude a la conocida temática derrotista (corta venas para los más sensacionalistas) del andaluz. Eso sí, cuando lo hace, no se va por las ramas: tremenda ‘Fuerza Mayor’, la más pop del lote. Pop con todas las comillas que se les ocurran, claro. El delay infinito a las seis cuerdas y el imprescindible trabajo de bajura que recorre el disco (ritmos en segundo plano y unos bajos que son casi media composición) convierten a ‘Detalles Sin Importancia’ y ‘De Perdidos Al Río’ en pequeñas sinfonías para un mañana mejor. Tres cuartos de lo mismo en el neoclasicismo (Arvo Pärt) de las muy Stars Of The Lid ‘Maravilloso Miedo’ y ‘Desviaciones Morales’. La coda rugosa que la cierra marca la diferencia en ‘La Minoría Silenciosa’: su acabado ruidista, menos pulido, apunta al modus operandi del ambient post de los noventa. ‘A La Mañana Siguiente’, apenas adornado, hace las veces de adiós con su vaivén sonoro. En esencia, no anda demasiado alejado del Brian Eno de los primeros ochenta.
‘Mejor seguir al silencio’ es una obra cómplice de conclusiones precipitadas y erróneas. Es en su profundidad (recomendable volumen alto) y hermetismo donde se halla la clave para romper esa barrera inicial, predisposición lo llaman, y disfrutar de lo que podríamos bautizar como paisajismo emocional.
Tres años después de un álbum de debut (‘Lulo’, Eglantine) en el que Bacanal Intruder ampliaba su campo de batalla con nuevos registros sonoros, el asturiano regresa por sus fueros, los de sus primeros (y numerosos) eps. Aquellos en los que las bases juguetonas, crujientes y acuosas (pura textura rítmica) y la instrumentación orgánica (guitarras, contrabajo, melódica y vibráfono, básicamente) encontraban la medida perfecta entre pop de dormitorio y folk otoñal.
Así pues, podemos ver este segundo trabajo de Luis Solís como una versión mejorada de sus inicios, con el añadido de unas voces, a veces puntuales otras protagonistas (sí, ‘Cantariolas’), que acaban marcando un disco decididamente pop.
Del lado vocal, una canción brilla por encima del resto. La titular ‘Cantariola’ y sus dos minutos escasos, resume todo lo apuntando en el párrafo anterior gracias a un efecto tan instantáneo como inolvidable. No andan muy lejos ‘After All’ (delicado folk-pop a la brasileña) y ‘Long Day’ (fina indietrónica con la voz femenina invitada de Distant Rainbow). La toytrónica tiene también su parcela, tanto en su faceta intimista y paisajista (‘A Flower In His Bonnet, A Mirror In His Hand’) como en la festiva, con la primera parte de ‘Post-illas’ (antes de que se torne en un reflejo de los desarrollos progresivos de sus conciertos) y el tremendo patchwork post-pop de ‘Plumazul’. Completan la panorámica ‘Hemos Fracasado’, precioso tema con fase pianística a lo Pascal Comelade y ‘Adioses’, llevada por la superposición de guitarras acústicas y eléctricas y, cosas de las despedidas, una irrefrenable sensación de melancolía prematura.
Así pues, podemos ver este segundo trabajo de Luis Solís como una versión mejorada de sus inicios, con el añadido de unas voces, a veces puntuales otras protagonistas (sí, ‘Cantariolas’), que acaban marcando un disco decididamente pop.
Del lado vocal, una canción brilla por encima del resto. La titular ‘Cantariola’ y sus dos minutos escasos, resume todo lo apuntando en el párrafo anterior gracias a un efecto tan instantáneo como inolvidable. No andan muy lejos ‘After All’ (delicado folk-pop a la brasileña) y ‘Long Day’ (fina indietrónica con la voz femenina invitada de Distant Rainbow). La toytrónica tiene también su parcela, tanto en su faceta intimista y paisajista (‘A Flower In His Bonnet, A Mirror In His Hand’) como en la festiva, con la primera parte de ‘Post-illas’ (antes de que se torne en un reflejo de los desarrollos progresivos de sus conciertos) y el tremendo patchwork post-pop de ‘Plumazul’. Completan la panorámica ‘Hemos Fracasado’, precioso tema con fase pianística a lo Pascal Comelade y ‘Adioses’, llevada por la superposición de guitarras acústicas y eléctricas y, cosas de las despedidas, una irrefrenable sensación de melancolía prematura.
10
Ganglians
Monster Head Room
Woodsist, 2009
Gracias al debut de Ana Fernández-Villaverde, servidor ya se puede considerar un integrante más de esa masa que aclama incondicionalmente el nuevo pop patrio. Es decir, la generación MySpace. Y es que he encontrado un motivo, mi motivo, para el fanatismo.
Llevaba más de un año con la mosca detrás de la oreja, escuchando y re escuchando discos, con el estigma de bicho raro, de haberme quedado sordo o, directamente, de ser tonto del culo. Incapaz de conectar en ese grado de euforia mostrado por la gran mayoría con el punto ingenioso de las letras de Joe Crepúsculo (del sustento sonoro casposo ni hablamos), extenuado y empachado tras media docena de sus cortes tan 'lo peor' de la movida madrileña... Algo similar era lo de Espanto y su 'Ísimos': aunque mucho más a gusto con su propuesta (de Vainica Doble a Le Mans), su narrativa costumbrista y tanta supuesta genialidad por minuto cuadrado (de la inaguantable 'La Cotilla' se pasaba a la adictiva y muy bien trenzada 'El Último Día De Las Vacaciones') me tiraban para atrás. Así, según avanzaba el año y afortunadamente de menos a más, Los Punsetes me recordaban a L-Kan haciendo noise-pop, Russian Red Aroah tras una sobredosis de vocerío a lo Joanna Newsom, Cuchillo (buen trabajo) nuestros The Dodos particulares y con Margarita (¿alguien recuerda a Pretty Fuck Luck?) casi vi la luz. Pero lo importante es que, de la mano de David Beef, me he convertido.
Empezaremos precisamente por la producción del ex Telefilme. Creo que las canciones que ha recuperado de la maqueta (siete) han ganado en profundidad y matices con el nuevo acabado. Aunque el conjunto resulta poco homogéneo en cuanto a géneros (indie-pop, noise-pop, tecno-pop… bueno, la palabra pop sale siempre), cada tema por separado tiene un decorado que multiplica su valor respecto a la demo. Aun así, soy humano y entiendo que los que se enamoraron de La Bien Querida con la lejana maqueta de 2007, sientan un especial cariño por esas guitarras eléctricas tan marcadas y las bases electrónicas metidas con calzador, pero, vamos a ser serios, descubiertos en sentido inverso, primero el disco y luego la maqueta, no hay color.
Son tres de esos cortes (‘Ya No’, ‘Corpus Christi’ y ‘De Momento Abril’) y dos de los nuevos (‘A.D.N.’ y ‘Siete Medidas De Seguridad’) los que me tienen enganchado a día de hoy. El hechizo está en la belleza de sus melodías, la voz clara y natural de Ana, la amplia gama de instrumentos que se alternan dentro de un mismo tema, su distribución y la manera en que van dibujando trazos y unas letras sobre las cosas del querer que alcanzan su cima en la sencillez de ‘Siete Medidas De Seguridad’. Con estos mimbres, el primer nombre que se te viene a la cabeza es el de otras chicas de la casa, Nosoträsh y su ‘Popemas’ (Elefant, 2002). ‘Romancero’ es también consecuencia del entorno que ha moldeado e influenciado el sonido de La Bien Querida. Si en las canciones de su demo parecía que las guitarras estuviesen en manos de Floren, aquí la huella de Los Planetas es evidente en ‘El Zoo Absoluto’. A ‘Corpus Christi’ (ésta desde el título) y ‘De Momento Abril’ les pones la voz de Antonio Luque y pasan el corte de los gloriosos temas pop de ‘El Fuego Amigo’, el segundo hasta con el aire flamenco. Añadan a todo esto la coda de ‘Santa Fe’, los vaivenes de acordeón en ‘Bendita’ y un tono medio notable y ya tienen uno de los discos (por ahora mi disco) nacionales del año.
Llevaba más de un año con la mosca detrás de la oreja, escuchando y re escuchando discos, con el estigma de bicho raro, de haberme quedado sordo o, directamente, de ser tonto del culo. Incapaz de conectar en ese grado de euforia mostrado por la gran mayoría con el punto ingenioso de las letras de Joe Crepúsculo (del sustento sonoro casposo ni hablamos), extenuado y empachado tras media docena de sus cortes tan 'lo peor' de la movida madrileña... Algo similar era lo de Espanto y su 'Ísimos': aunque mucho más a gusto con su propuesta (de Vainica Doble a Le Mans), su narrativa costumbrista y tanta supuesta genialidad por minuto cuadrado (de la inaguantable 'La Cotilla' se pasaba a la adictiva y muy bien trenzada 'El Último Día De Las Vacaciones') me tiraban para atrás. Así, según avanzaba el año y afortunadamente de menos a más, Los Punsetes me recordaban a L-Kan haciendo noise-pop, Russian Red Aroah tras una sobredosis de vocerío a lo Joanna Newsom, Cuchillo (buen trabajo) nuestros The Dodos particulares y con Margarita (¿alguien recuerda a Pretty Fuck Luck?) casi vi la luz. Pero lo importante es que, de la mano de David Beef, me he convertido.
Empezaremos precisamente por la producción del ex Telefilme. Creo que las canciones que ha recuperado de la maqueta (siete) han ganado en profundidad y matices con el nuevo acabado. Aunque el conjunto resulta poco homogéneo en cuanto a géneros (indie-pop, noise-pop, tecno-pop… bueno, la palabra pop sale siempre), cada tema por separado tiene un decorado que multiplica su valor respecto a la demo. Aun así, soy humano y entiendo que los que se enamoraron de La Bien Querida con la lejana maqueta de 2007, sientan un especial cariño por esas guitarras eléctricas tan marcadas y las bases electrónicas metidas con calzador, pero, vamos a ser serios, descubiertos en sentido inverso, primero el disco y luego la maqueta, no hay color.
Son tres de esos cortes (‘Ya No’, ‘Corpus Christi’ y ‘De Momento Abril’) y dos de los nuevos (‘A.D.N.’ y ‘Siete Medidas De Seguridad’) los que me tienen enganchado a día de hoy. El hechizo está en la belleza de sus melodías, la voz clara y natural de Ana, la amplia gama de instrumentos que se alternan dentro de un mismo tema, su distribución y la manera en que van dibujando trazos y unas letras sobre las cosas del querer que alcanzan su cima en la sencillez de ‘Siete Medidas De Seguridad’. Con estos mimbres, el primer nombre que se te viene a la cabeza es el de otras chicas de la casa, Nosoträsh y su ‘Popemas’ (Elefant, 2002). ‘Romancero’ es también consecuencia del entorno que ha moldeado e influenciado el sonido de La Bien Querida. Si en las canciones de su demo parecía que las guitarras estuviesen en manos de Floren, aquí la huella de Los Planetas es evidente en ‘El Zoo Absoluto’. A ‘Corpus Christi’ (ésta desde el título) y ‘De Momento Abril’ les pones la voz de Antonio Luque y pasan el corte de los gloriosos temas pop de ‘El Fuego Amigo’, el segundo hasta con el aire flamenco. Añadan a todo esto la coda de ‘Santa Fe’, los vaivenes de acordeón en ‘Bendita’ y un tono medio notable y ya tienen uno de los discos (por ahora mi disco) nacionales del año.
Cuesta bastante pillarle el punto a ‘You Can Have What You Want’, eso sí, una vez que te tiene atrapado, y como decían en su anterior largo, ya no hay vuelta atrás. Y es que con ‘Can’t Go Back’ (2007, Gnomonsong), Papercuts presentaron una tremenda colección de canciones folk-pop, con un acabado cálido, orgánico y muy natural. La combinación resultaba perfecta además de muy adictiva. Cuando para este nuevo cd lo fácil hubiese sido despachar otro paquete de temas memorables (los que hay en éste su tercer álbum, sin ir más lejos), va Jason Quever y se la juega modificando su discurso hacia una masa de sonido envolvente y ensoñador, con toda una ofensiva de sintetizadores y teclados en primera línea de fuego. Ante semejante disyuntiva, la reacción instintiva es el rechazo. Un ‘pero qué coño es esto’ surgido desde lo más hondo del corazón. En realidad, sólo es cuestión de dejar reposar las canciones, acumular escuchas y ver como poco a poco, éstas te van ganando con su narcótico veneno.
El disco se abre con ‘Once We Walked In The Sunlight’ y hasta que la voz hace acto de presencia, cualquiera diría que se trata de un corte de Boards Of Canada. En el siguiente (‘A Dictator’s Lament’) es el retro-pop de Broadcast y Stereolab el que resuena. Sí, sé que estarán pensando que nos hemos vuelto locos, ¿Papercuts cocinando un cruce de post-pop e idm? En absoluto. Con el encomiable espíritu de los grupos citados por dar una versión diferente (que no siempre nueva) del pasado y su misma fijación por la música añeja (sesentas y primeros setenta, básicamente), el californiano cierra un trabajo que en esencia sigue siendo folk, pero que no quiere quedarse estancado en el formato. Así es como, dejando en segundo plano las guitarras, manteniendo la inconfundible voz y trayendo al frente unos bajos gomosos, una rítmica marcada, retardada y al ralentí y unos órganos con cierto toque orquestal, casi catedralicio en ‘The Void’, Quever alcanza idénticas cotas de belleza que con su predecesor. En esta ocasión, una belleza menos luminosa. Lo hace cruzando el mismo puente tendido años atrás por bandas como Soft Machine y Caravan, entre la psicodelia y el prog-rock (‘Once We Walked In The Sunlight’, ‘A Peculiar Hallelujah’ y ‘Dead Love’ emanan por igual gloria y desesperación), componiendo perlas de pop soleado escuela The Zombies (‘A Dictator’s Lament’) y trallazos de soul-pop a lo Phil Spector (‘Future Primitive’). En definitiva, Papercuts vuelve a entregar un disco que, pese a estar anclado en el tiempo, suena fresco, pletórico y lleno de talento.
El disco se abre con ‘Once We Walked In The Sunlight’ y hasta que la voz hace acto de presencia, cualquiera diría que se trata de un corte de Boards Of Canada. En el siguiente (‘A Dictator’s Lament’) es el retro-pop de Broadcast y Stereolab el que resuena. Sí, sé que estarán pensando que nos hemos vuelto locos, ¿Papercuts cocinando un cruce de post-pop e idm? En absoluto. Con el encomiable espíritu de los grupos citados por dar una versión diferente (que no siempre nueva) del pasado y su misma fijación por la música añeja (sesentas y primeros setenta, básicamente), el californiano cierra un trabajo que en esencia sigue siendo folk, pero que no quiere quedarse estancado en el formato. Así es como, dejando en segundo plano las guitarras, manteniendo la inconfundible voz y trayendo al frente unos bajos gomosos, una rítmica marcada, retardada y al ralentí y unos órganos con cierto toque orquestal, casi catedralicio en ‘The Void’, Quever alcanza idénticas cotas de belleza que con su predecesor. En esta ocasión, una belleza menos luminosa. Lo hace cruzando el mismo puente tendido años atrás por bandas como Soft Machine y Caravan, entre la psicodelia y el prog-rock (‘Once We Walked In The Sunlight’, ‘A Peculiar Hallelujah’ y ‘Dead Love’ emanan por igual gloria y desesperación), componiendo perlas de pop soleado escuela The Zombies (‘A Dictator’s Lament’) y trallazos de soul-pop a lo Phil Spector (‘Future Primitive’). En definitiva, Papercuts vuelve a entregar un disco que, pese a estar anclado en el tiempo, suena fresco, pletórico y lleno de talento.
Como casi todo en esta vida, el tercer álbum de Grizzly Bear tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Mientras en algunos momentos ‘Veckatimest’ alcanza el equilibrio perfecto en esa balanza en la que se enfrentan grandilocuencia y un folk-pop psicodélico lleno de matices y profundidad, en otros tantos el intento deviene fachada y barroquismo de postín. ‘All We Ask’, ‘Dory’ o ‘I Live With You’ parecen la muestra palpable de que el grupo liderado por Ed Droste acaba de entregar su ‘Deserted Songs’ o su ‘Yoshimi Battles the Pink Robots’ particular: los estertores de un proyecto a punto de quedarse sin nada que contar, maquillados con pompa, teatralidad y cierto clasicismo rancio. Porque, como el pasado nos ha demostrado, insertar secciones de cuerda (Nico Muhly al aparato), un coro o quinientos africanos tocando el tam-tam ya no sorprende a nadie y, evidentemente, tampoco asegura nada. Y si lo hace, es en la misma medida que grabar con una guitarra española en el cuarto de baño. Eso sí, cuando Grizzly Bear consigue dar con la mezcla exacta, el resultado es monumental. Son canciones como ‘Two Weeks’, ‘Ready, Able’ o ‘Fine For Now’ las que salvan la papeleta (y con nota), cruzando de manera magistral los mimbres de, por ejemplo, ‘Grace’ (Jeff Buckley), ‘Pet Sounds’ (The Beach Boys) o ‘Parades’ (Efterklang). Resumiendo, un viaje que, a pesar de los lastres apuntados, merece la pena tomar.
6
Girls
Album
True Panther, 2009
Con una imagen atractiva, un nombre inolvidable y, sobre todo, una colección imparable de hits, The Pains Of Being Pure At Heart se han convertido para algunos en el hype de la temporada y para otros en la salvación del indie-pop de raíz inglesa. Mucho más cercano a la segunda línea de opinión, creo que el debut del cuarteto neoyorquino (uno más) contiene no menos de cuatro canciones memorables (‘Come Saturday’, ‘Young Adult Friction’, ‘This Love Is Fucking Right’ y ‘Everything With You’) y un resto difícil de menospreciar (los medios tiempos ‘Contender’, ‘Stay Alive’ y ‘Gentle Sons’ a la cabeza). Y sí, está claro que esto es revival (como el 99% de la música creada a día de hoy, añado), no iguala en ningún momento a sus maestros (The Field Mice, Ride, The Jesus And Mary Chain, Another Sunny Day, My Bloody Valentine, The Smiths) y evidentemente, no va a enamorar a aquellos que no sienten simpatía por el sonido salido de Inglaterra en la segunda mitad de los ochenta, pero ése, es otro tema. Aunque es muy probable que TPOBPAH terminen como otra de esas bandas con un único gran disco (el primero) y un futuro incierto, negar el caudal de sensaciones que desprenden los escasos treinta y cinco minutos de este álbum es negar la esencia misma del pop.
Atardeceres anaranjados, felicidad contenida, melancolía infinita, ácido derramado sobre minúsculos interludios apenas intuidos (‘How To Seek Answers From Signals’, ‘As Something Reminds Of A Past Failure’). Un ritmo preciso, sencillo, un manto sintético entre lo naif y lo catedralicio y una melodía que dibuja espirales de recuerdos, que te deja tocado por días... semanas... ¿de por vida? (el tremendo quintento ‘Forgiveness’, ‘Crossed Messages’, ‘Lost And Found’, ‘Settle for Nothing Less’ y ‘Don't Give Up’). ‘Music Has The Right To Children’... ¡no!, toda la retahíla de cintas previas (‘Boc Maxima’, la serie ‘Old Tunes’) que los amantes del sonido orgánico, crepuscular y mágico del dúo escocés hemos ido recopilando con cariño y empeño completista. ‘And It Matters To Me To See You Smiling’, como decenas de discos surgidos en la estela de una obra condenada a perdurar como espejo, suena a Boards Of Canada por los cuatro costados pero, además de muchos matices y vías alternativas, posee un no sé qué, difícil de explicar con palabras, que lo separa del montón. Y es que el debut del catalán bRUNA tiene tanto de trabajo personal, ajeno al tiempo y a las influencias (sí, atemporal), que poco importa de dónde provengan sus querencias. Media hora escasa de un talento, se diría que innato, para cruzar idm y pop con dejes folkies y psicodélicos. Rendidos.
Aunque todavía es pronto y no nos vamos a precipitar, es muy probable que ‘Choral’ acabe siendo uno de los discos destacados del año en curso y posiblemente el mejor en su parcela. Y no nos vamos a precipitar porque eso mismo ha pasado con el trabajo de Animal Collective y, sólo un mes después, Mountains presentan una obra que, aquí ya entran los gustos de cada uno, roza y por momentos iguala el alcance de ‘Merriweather Post Pavillion’.
Los conocedores del sonido del dúo formado por Brendon Anderegg y Koen Holtkamp saben que su territorio está bien acotado y es el de un ambient ensoñador e idílico, orgánico y en un altísimo porcentaje de sus desarrollos, pleno de emoción.
Su segundo álbum ‘Sewn’ (Apestaartje, 2006) no hizo más que confirmar y superar las bonanzas de su debut del año anterior. Tras un trienio de proyectos paralelos, la edición limitada de un disco de outtakes en Catsup Plate (se reeditará este año para todos los mortales) y el transvase desde su plataforma editorial, a día de hoy en barbecho, al tótem del post-rock Thrill Jockey, llega lo que ha de ser un importante avance en la asimilación de su obra. Ayuda el hecho de salir a la calle de la mano de un sello “mediático” y sobre todo, que esto coincida con la entrega más equilibrada, accesible y compacta de su carrera.
‘Choral’ surge de un proceso de grabación totalmente distinto al de su predecesor. Alejados de la composición estructurada, los de Nueva York apuestan por repetidas ejecuciones en directo del mismo tema para la posterior elección de la mejor toma, a la que se pueden añadir nuevos detalles. Reflejo de ello es la media de duración de los seis cortes y el flujo natural que destila cada uno de ellos. Sí, tienen vida propia.
La extensa canción titular, con su hipnótico discurrir y la superposición de capas de teclados gaseosos y voces planeadoras, acude a Franco Battiato, siendo más exactos, a su álbum del ’75 ‘M.elle Le Gladiator’. Como es imposible hablar de música ambiental y no citar al maestro Eno, ‘Add Infinity’ tira de frippertronics y de drone situando la guitarra en primer plano. El resultado es el temas más frío del lote. Igualmente bello. También tiene algo del ex Roxy Music y los atardeceres infinitos de ’Apollo: Atmospheres and Soundtracks’ ‘Melodica’, mi canción favorita del disco. Tras una introducción de campanillas reverberadas, el dúo va añadiendo texturas y mantos de una sencillez y una armonía aplastantes. No contentos con reavivar la llama del pasado más lejano, toman a los nunca bien ponderados Gastr Del Sol para incrustarlos en un tema de laptop folk (‘Map Table’) y convierten un western contemporáneo en la más hermosa de las tormentas (‘Telescope’).
Los conocedores del sonido del dúo formado por Brendon Anderegg y Koen Holtkamp saben que su territorio está bien acotado y es el de un ambient ensoñador e idílico, orgánico y en un altísimo porcentaje de sus desarrollos, pleno de emoción.
Su segundo álbum ‘Sewn’ (Apestaartje, 2006) no hizo más que confirmar y superar las bonanzas de su debut del año anterior. Tras un trienio de proyectos paralelos, la edición limitada de un disco de outtakes en Catsup Plate (se reeditará este año para todos los mortales) y el transvase desde su plataforma editorial, a día de hoy en barbecho, al tótem del post-rock Thrill Jockey, llega lo que ha de ser un importante avance en la asimilación de su obra. Ayuda el hecho de salir a la calle de la mano de un sello “mediático” y sobre todo, que esto coincida con la entrega más equilibrada, accesible y compacta de su carrera.
‘Choral’ surge de un proceso de grabación totalmente distinto al de su predecesor. Alejados de la composición estructurada, los de Nueva York apuestan por repetidas ejecuciones en directo del mismo tema para la posterior elección de la mejor toma, a la que se pueden añadir nuevos detalles. Reflejo de ello es la media de duración de los seis cortes y el flujo natural que destila cada uno de ellos. Sí, tienen vida propia.
La extensa canción titular, con su hipnótico discurrir y la superposición de capas de teclados gaseosos y voces planeadoras, acude a Franco Battiato, siendo más exactos, a su álbum del ’75 ‘M.elle Le Gladiator’. Como es imposible hablar de música ambiental y no citar al maestro Eno, ‘Add Infinity’ tira de frippertronics y de drone situando la guitarra en primer plano. El resultado es el temas más frío del lote. Igualmente bello. También tiene algo del ex Roxy Music y los atardeceres infinitos de ’Apollo: Atmospheres and Soundtracks’ ‘Melodica’, mi canción favorita del disco. Tras una introducción de campanillas reverberadas, el dúo va añadiendo texturas y mantos de una sencillez y una armonía aplastantes. No contentos con reavivar la llama del pasado más lejano, toman a los nunca bien ponderados Gastr Del Sol para incrustarlos en un tema de laptop folk (‘Map Table’) y convierten un western contemporáneo en la más hermosa de las tormentas (‘Telescope’).
Parecía que se habían puesto de acuerdo para ir fallándonos uno detrás de otro: The Dodos, Why?, Kurt Vile… nuestros favoritos del pasado 2008, si no en horas bajas, no cubrían las expectativas. Pero no, ha llegado Bradford Cox con su proyecto en solitario para ser la bendita excepción que confirma la regla. Lo hace además enlazando cuatro trabajos realmente brillantes (‘Cryptograms’ y ‘Mircrocastle’ junto a Deerhunter y su debut como Atlas Sound completan la panorámica) y en puertas de lo que esperamos sea su consagración.
‘Logos’ viene marcado por un aperturismo evidente en forma y fondo. Si ‘Let The Blind Lead Those Who Can See But Cannot Feel’ (Kranky, 2008) era un trabajo de dormitorio, hermoso e íntimo pese a su frialdad estética (aquí continuada en ‘Kid Klimax’ y ‘Washington School’), este nuevo disco abre las ventanas, con un sonido fresco y vitalista, abrazando colaboraciones y géneros.
En este orden de cosas, tres canciones son reflejo fiel de las posibilidades de Atlas Sound en el futuro. En primer lugar está su mano a mano con Noah Lennox. ‘Walkabout’ es una memorable pieza de reciclaje a lo Panda Bear. Una miniatura de psicodelia-pop que, partiendo de un fragmento del ‘What Am I Going To Do’ de The Dovers (tema del combo de garage rock de mediados de los ‘60 incluido como extra en la reedición del seminal ‘Nuggets’) alcanza altura celestial (vía The Beach Boys, claro). ‘Sheila’ acude al efectivo cruce de indie-rock, shoegaze y rock’n’roll sesentero que tan bien se le da a la banda padre, con una letra tan sencilla e inocente como profunda. Cierra esta trilogía de la perfección la oda espacial in crescendo de ‘Quick Canal’, hecha a medida de la voz invitada de Laetitia Sadier, rítimica krautrocker a la Neu! mediante.
Si a todo esto le añadimos un tono general más que estimable (el ambient acuoso de ‘The Light That Failed’, la pegada de ‘Criminals’ y su amor por el Eno art-rock en la titular) y una lograda coherencia interna, a pesar de la diversificación estilística que aplica Bradford a cada tema, atisbamos, como decíamos antes, la obra definitiva del de Athens.
‘Logos’ viene marcado por un aperturismo evidente en forma y fondo. Si ‘Let The Blind Lead Those Who Can See But Cannot Feel’ (Kranky, 2008) era un trabajo de dormitorio, hermoso e íntimo pese a su frialdad estética (aquí continuada en ‘Kid Klimax’ y ‘Washington School’), este nuevo disco abre las ventanas, con un sonido fresco y vitalista, abrazando colaboraciones y géneros.
En este orden de cosas, tres canciones son reflejo fiel de las posibilidades de Atlas Sound en el futuro. En primer lugar está su mano a mano con Noah Lennox. ‘Walkabout’ es una memorable pieza de reciclaje a lo Panda Bear. Una miniatura de psicodelia-pop que, partiendo de un fragmento del ‘What Am I Going To Do’ de The Dovers (tema del combo de garage rock de mediados de los ‘60 incluido como extra en la reedición del seminal ‘Nuggets’) alcanza altura celestial (vía The Beach Boys, claro). ‘Sheila’ acude al efectivo cruce de indie-rock, shoegaze y rock’n’roll sesentero que tan bien se le da a la banda padre, con una letra tan sencilla e inocente como profunda. Cierra esta trilogía de la perfección la oda espacial in crescendo de ‘Quick Canal’, hecha a medida de la voz invitada de Laetitia Sadier, rítimica krautrocker a la Neu! mediante.
Si a todo esto le añadimos un tono general más que estimable (el ambient acuoso de ‘The Light That Failed’, la pegada de ‘Criminals’ y su amor por el Eno art-rock en la titular) y una lograda coherencia interna, a pesar de la diversificación estilística que aplica Bradford a cada tema, atisbamos, como decíamos antes, la obra definitiva del de Athens.
Como muchos, descubrí a Animal Collective en 2004 con ‘Sung Tongs’, el disco más accesible que habían entregado hasta ese momento. Bueno, en realidad su debut, editado a nombre de Avey Tare and Panda Bear, seguía siendo lo más pop de su repertorio hasta la llegada del presente cd, pero lo mantendremos como un oasis en su carrera. Una mirada conjunta a su pasado, ni más ni menos que cinco álbumes en cuatro años, confirmaba que con esa obra habían encontrado la clave para condensar su particular mundo de psicodelia, pop, ambient, folk, electrónica, avant-rock y ruidismo en canciones reconocibles y estructuradas. Desde entonces, cada trabajo ha sido un paso hacia la fórmula perfecta que aunara su lado salvaje e inconformista con una vocación pop. De este enfoque surgieron ‘Feels’ (Fat Cat, 2005), apostando de nuevo por el folk y ‘Strawberry Jam’ (Domino, 2007), tirando por el camino del avant-pop y el indie-rock. Y no nos podemos olvidar de esa obra maestra llamada ‘Person Pitch’ en la que tanto se mira este disco pero que ni de lejos logra superar. Dicho sea esto para aclarar que los de Baltimore no han dado un giro repentino hacia el pop, vamos, que se veía venir.
Entrando en valoraciones y de paso refrescando la memoria, coloco el noveno largo del colectivo animal a la altura de ‘Feels’ y ‘Strawberry Jam’ (dependiendo del día me resulta indistintamente algo mejor o algo peor) y unas décimas por debajo de ‘Sung Tongs’, por esas cosas del factor sorpresa y la novedad y porque, dándole un par de re escuchas para escribir estas líneas, me sigue pareciendo su obra más solida y compacta. De la irregular etapa ‘pre Sung Tongs’ sólo ‘Spirit They're Gone, Spirit They've Vanished’ (Animal, 2000), psicodelia-pop en estado puro, de Syd Barrett a The Flaming Lips y ‘Here Comes The Indian’ (Paw Tracks, 2003) podrían llegar a hacerle sombra, entre bacanales de ácido, rock experimental y dispersión, propias de inalcanzables del rock germano como Faust, Amon Düül II y Can.
‘Merriweather Post Pavilion’, homenaje a la avenida de Columbia a la que solían acudir los miembros del grupo para ver conciertos, es un disco de ingredientes bizarros pero muy bien resuelto (tanto a nivel de composición como de posterior ejecución y producción), y ahí reside su encanto y valía. Desechadas las guitarras (eléctricas o acústicas), algo que ya se apuntaba en su estreno en Domino, el peso de los temas recae sobre la cacharrería electrónica. Aunque la materia prima y los resultados difieran, la similitud ética y estética con Disco Inferno es evidente. Tras preparar las muestras, éstas son tratadas, transformadas, montadas y desmontadas hasta conseguir el objetivo deseado. ‘In The Flowers’ y ‘Summertime Clothes’ son dos sobresalientes ejemplos de esta metodología. Mientras en lo vocal la cosa está más que clara, con las polifonías celestiales de The Zombies, The Hollies y sobre todo The Beach Boys (la producción panorámica también es muy Brian Wilson), en lo musical, tan pronto te sueltan un bucle obsesivo a lo Aphex Twin (‘Lion In A Coma’ es ‘Diregidoo’ parte dos) como te mecen en un nana a lo Plone (‘No More Runnin’). Osea, post-pop e IDM de los primeros ’90. Siendo éste un disco de mantras progresivos, de psicodelia y espirales, en el otro lado de la balanza dejan caer la proto electrónica de Silver Apples (esos motivos sencillos y repetitivos que dan cuerpo a las canciones), el carnaval multicolor de Pink Floyd (los del primer álbum, no se me asusten) y, avanzando unos años en el calendario, la obra de Sonic Boom tras disolver Spaceman 3. Queda por añadir a la mezcla injertos de house ácido (‘My Girls’ y ‘Brother Sport’) y r&b futurista (la robótica de ‘Daily Routine’ y ‘Taste’ y los bajos guarros que copan casi todo el minutaje). Como comprenderán, triturar tal variedad de referencias (algunas ciertamente antagónicas) y entregar algo mínimamente coherente no es moco de pavo. Escuchen goa trance y sabrán de qué les hablo. Animal Collective consiguen tanto rozar la perfección (tremenda ‘My Girls’) como el ridículo (‘Bluish’), aunque el tono general, gracias a los cinco primeros cortes y el cierre, dejan un muy buen sabor de boca.
Porque, más allá del revuelo mediático, para mí lo verdaderamente importante es que David Portner, Noah Lennox, Brian Weitz y Josh Dibb (en esta ocasión ausente) llevan cuatro trabajos seguidos realmente imponentes, modificando el envoltorio pero conservando una identidad única. Ante semejante currículo, discutir si éste es el mejor de ellos, parece lo de menos. Por si les interesa mi opinión, creo que no lo es.
Entrando en valoraciones y de paso refrescando la memoria, coloco el noveno largo del colectivo animal a la altura de ‘Feels’ y ‘Strawberry Jam’ (dependiendo del día me resulta indistintamente algo mejor o algo peor) y unas décimas por debajo de ‘Sung Tongs’, por esas cosas del factor sorpresa y la novedad y porque, dándole un par de re escuchas para escribir estas líneas, me sigue pareciendo su obra más solida y compacta. De la irregular etapa ‘pre Sung Tongs’ sólo ‘Spirit They're Gone, Spirit They've Vanished’ (Animal, 2000), psicodelia-pop en estado puro, de Syd Barrett a The Flaming Lips y ‘Here Comes The Indian’ (Paw Tracks, 2003) podrían llegar a hacerle sombra, entre bacanales de ácido, rock experimental y dispersión, propias de inalcanzables del rock germano como Faust, Amon Düül II y Can.
‘Merriweather Post Pavilion’, homenaje a la avenida de Columbia a la que solían acudir los miembros del grupo para ver conciertos, es un disco de ingredientes bizarros pero muy bien resuelto (tanto a nivel de composición como de posterior ejecución y producción), y ahí reside su encanto y valía. Desechadas las guitarras (eléctricas o acústicas), algo que ya se apuntaba en su estreno en Domino, el peso de los temas recae sobre la cacharrería electrónica. Aunque la materia prima y los resultados difieran, la similitud ética y estética con Disco Inferno es evidente. Tras preparar las muestras, éstas son tratadas, transformadas, montadas y desmontadas hasta conseguir el objetivo deseado. ‘In The Flowers’ y ‘Summertime Clothes’ son dos sobresalientes ejemplos de esta metodología. Mientras en lo vocal la cosa está más que clara, con las polifonías celestiales de The Zombies, The Hollies y sobre todo The Beach Boys (la producción panorámica también es muy Brian Wilson), en lo musical, tan pronto te sueltan un bucle obsesivo a lo Aphex Twin (‘Lion In A Coma’ es ‘Diregidoo’ parte dos) como te mecen en un nana a lo Plone (‘No More Runnin’). Osea, post-pop e IDM de los primeros ’90. Siendo éste un disco de mantras progresivos, de psicodelia y espirales, en el otro lado de la balanza dejan caer la proto electrónica de Silver Apples (esos motivos sencillos y repetitivos que dan cuerpo a las canciones), el carnaval multicolor de Pink Floyd (los del primer álbum, no se me asusten) y, avanzando unos años en el calendario, la obra de Sonic Boom tras disolver Spaceman 3. Queda por añadir a la mezcla injertos de house ácido (‘My Girls’ y ‘Brother Sport’) y r&b futurista (la robótica de ‘Daily Routine’ y ‘Taste’ y los bajos guarros que copan casi todo el minutaje). Como comprenderán, triturar tal variedad de referencias (algunas ciertamente antagónicas) y entregar algo mínimamente coherente no es moco de pavo. Escuchen goa trance y sabrán de qué les hablo. Animal Collective consiguen tanto rozar la perfección (tremenda ‘My Girls’) como el ridículo (‘Bluish’), aunque el tono general, gracias a los cinco primeros cortes y el cierre, dejan un muy buen sabor de boca.
Porque, más allá del revuelo mediático, para mí lo verdaderamente importante es que David Portner, Noah Lennox, Brian Weitz y Josh Dibb (en esta ocasión ausente) llevan cuatro trabajos seguidos realmente imponentes, modificando el envoltorio pero conservando una identidad única. Ante semejante currículo, discutir si éste es el mejor de ellos, parece lo de menos. Por si les interesa mi opinión, creo que no lo es.












