Destacados Del 2010
Por Mikel M. Sanz, publicado el 11.12.2010
El tiempo es poco, y por ello, suele ser norma de la casa hablar únicamente de los discos que más nos gustan. Así que, además de resultar de lo más sensato, estas listas son sólo una criba sobre los treinta o cuarenta trabajos que comentamos cada doce meses. Ahora, eso sí, puestos en orden.
Con 'Hasta Que La Soledad Nos Separe' Úrsula completan su transfusión al ambient de corte neoclásico. Lo hacen omitiendo el ritmo y la palabra, todavía presentes en 'Mejor Seguir Al Silencio' (Foehn, 2009), y dándoles la bienvenida al violín y al piano como nuevos elementos expresivos.
Bajo un fondo de drones de guitarra y texturas dilatadas hacia el infinito, el vaivén orgánico sigue plasmando un mar en calma que parece que no cambia pero no deja de cambiar, excepción hecha del crescendo eléctrico de 'Humildad Y Paciencia'. Los litúrgicos y ceremoniales fraseos de violín (es aquí donde entra en juego el minimalismo místico de Arvo Pärt, Henryk Górecki y John Tavener) a veces se integran ('Capítulo Siete') y otras protagonizan ('Teoría Del Sufrimiento') una postura estética ya tomada en su obra anterior y que ahora es llevada hasta las últimas consecuencias. Pero es la interacción de este cuerpo sonoro con sencillos y emotivos dibujos de piano, cruzando Steve Reich y Erik Satie, minimalismo circular y proto ambient a flor de piel ('Insomnio De Verano') o la conjunción con el maestro Eno ('Reflexiones Permanentes') la que acaba dando los mejores resultados. La pieza que pone el cierre ('Un Final Decepcionante': que no se pierda el sentido del humor) es en ese orden de cosas puro ‘Ambient 4: On Land' (EG, 1982) o ‘Apollo: Atmospheres and Soundtracks' (EG, 1983).
Dejadas atrás las posibles medias tintas de su estreno en Foehn, 'Hasta Que La Soledad Nos Separe' navega ya en el mismo barco solitario en el que lo vienen haciendo desde hace unos años Leyland Kirby, Goldmund, Hildur Gudnadóttir, Jóhann Jóhannsson o Eluvium. Encontrar un rumbo propio debe ser su próximo objetivo.
Bajo un fondo de drones de guitarra y texturas dilatadas hacia el infinito, el vaivén orgánico sigue plasmando un mar en calma que parece que no cambia pero no deja de cambiar, excepción hecha del crescendo eléctrico de 'Humildad Y Paciencia'. Los litúrgicos y ceremoniales fraseos de violín (es aquí donde entra en juego el minimalismo místico de Arvo Pärt, Henryk Górecki y John Tavener) a veces se integran ('Capítulo Siete') y otras protagonizan ('Teoría Del Sufrimiento') una postura estética ya tomada en su obra anterior y que ahora es llevada hasta las últimas consecuencias. Pero es la interacción de este cuerpo sonoro con sencillos y emotivos dibujos de piano, cruzando Steve Reich y Erik Satie, minimalismo circular y proto ambient a flor de piel ('Insomnio De Verano') o la conjunción con el maestro Eno ('Reflexiones Permanentes') la que acaba dando los mejores resultados. La pieza que pone el cierre ('Un Final Decepcionante': que no se pierda el sentido del humor) es en ese orden de cosas puro ‘Ambient 4: On Land' (EG, 1982) o ‘Apollo: Atmospheres and Soundtracks' (EG, 1983).
Dejadas atrás las posibles medias tintas de su estreno en Foehn, 'Hasta Que La Soledad Nos Separe' navega ya en el mismo barco solitario en el que lo vienen haciendo desde hace unos años Leyland Kirby, Goldmund, Hildur Gudnadóttir, Jóhann Jóhannsson o Eluvium. Encontrar un rumbo propio debe ser su próximo objetivo.
Aunque poquito a poco, Anticon va aumentando y renovando su fondo de armario más allá de los ya clásicos proyectos post cLOUDDEAD (Why?, Odd Nosdam, Deep Puddle Dynamics, 13 & God) y demás compañeros de correrías (Sole, Themselves, Alias, Dosh). Artistas que dieron forma a principios de la década pasada a una nueva manera de hacer hip-hop y que vienen monopolizando el catálogo de la hormiga desde entonces. Así han ido llegando, como hemos dicho a cuentagotas, el Hood Chris Adams con Bracken, Tobacco y este año Baths.
Baths es el alias en solitario del joven músico angelino (21 primaveras) Will Wiesenfeld. ‘Ceruelan’ es su disco de debut, pero Will ya lleva tiempo dándole al pop electrónico tras la senda de The Postal Service, Her Space Holiday o Dntel en [Post-foetus], con el que recientemente ha editado el largo ‘The Fabric’ en el sello Mü-nest. Y esto importa. Importa porque esas querencias melódicas impregnan su perspectiva del hip-hop, dando lugar a un híbrido más que interesante: el lado pop del indie-hop.
Si en los temas instrumentales sigue la estela impuesta por cLOUDDEAD (bueno, ‘Indoorsy’ también es puro cLOUDDEAD) al cruzar breaks, idm y psicodelia, en su caso muy próxima a The Beach Boys (‘Apologetic Shoulder Blades’) o a un Prefuse 73 rebajado de glitches (‘Maximalist’, ‘Aminals’), es en los cortes vocales (mis favoritos y más alejados del estándar) cuando por momentos roza (‘Lovely Blood Flow’, ‘You're My Excuse To Travel’) o alcanza al Why? de ‘Alopecia’ haciendo indietronica. Es decir, la gloria en el precioso trío compuesto por ‘♥’, ’Hall’ y la tremendamente adictiva ‘Plea’.
Baths es el alias en solitario del joven músico angelino (21 primaveras) Will Wiesenfeld. ‘Ceruelan’ es su disco de debut, pero Will ya lleva tiempo dándole al pop electrónico tras la senda de The Postal Service, Her Space Holiday o Dntel en [Post-foetus], con el que recientemente ha editado el largo ‘The Fabric’ en el sello Mü-nest. Y esto importa. Importa porque esas querencias melódicas impregnan su perspectiva del hip-hop, dando lugar a un híbrido más que interesante: el lado pop del indie-hop.
Si en los temas instrumentales sigue la estela impuesta por cLOUDDEAD (bueno, ‘Indoorsy’ también es puro cLOUDDEAD) al cruzar breaks, idm y psicodelia, en su caso muy próxima a The Beach Boys (‘Apologetic Shoulder Blades’) o a un Prefuse 73 rebajado de glitches (‘Maximalist’, ‘Aminals’), es en los cortes vocales (mis favoritos y más alejados del estándar) cuando por momentos roza (‘Lovely Blood Flow’, ‘You're My Excuse To Travel’) o alcanza al Why? de ‘Alopecia’ haciendo indietronica. Es decir, la gloria en el precioso trío compuesto por ‘♥’, ’Hall’ y la tremendamente adictiva ‘Plea’.
Desde que entrara en contacto con el sello islandés Bedroom Community y todo lo que le rodea, la música de Sam Amidon dio un giro más que evidente. Esto sucedió con su segundo larga duración, el sobresaliente ‘All Is Well’ (2008, Bedroom Community). Allí la recuperación del cancionero folk tradicional que el de Vermont ya llevaba a cabo desde hace unos años se veía reforzada por unos arreglos marca de la casa. Suntuosos sin caer en lo grandilocuente, barrocos que no pesados.
Como decíamos, para su tercer trabajo, si no tenemos en cuenta la fase de calentamiento con ediciones limitadas de folk en estado puro, Sam Amidon ha confiado a ciegas en la magia de los Greenhouse Studios, entregando una colección de canciones menos oscuras, más dinámicas, concisas y elaboradas en la producción que las de su predecesor. En la construcción de este rico mosaico ha vuelto a contar con las sabias manos tras la mesa de mezclas de Valgeir Sigurðsson y las colaboraciones de Nico Muhly (secciones de viento y cuerda), Shahzad Ismaily, Ben Frost y la voz invitada de Beth Orton.
A pesar de ser un álbum más pop, ‘I See The Sign’ no contiene ningún tema de la pegada instantánea de ‘Saro’ y, por otra parte, tampoco supera el lado depresivo de cortes como ‘All Is Well’, ‘O Death’ o ‘Sugar Baby’, todos incluidos en ‘All Is Well’. Lo que hace de ‘I See The Sign’ uno de los discos del año en curso es su equilibrio y coherencia. El placer de disfrutar de cuarenta minutos de una música melancólica pero con un acabado brillante que antes sólo se mostraba en momentos puntuales (la citada ‘Saro’). No hay altibajos, la digestión resulta más fácil y la continuidad está asegurada, excepción hecha de la circularidad free folk-jazz de la titular, como el Van Morrison de 'Astral Weeks' sin su prodigiosa voz.
Ahí está el traqueteo de la inicial ‘How Come That Blood’ y la majestuosidad de los vaivenes de sus arreglos, la desesperación a dúo con Berth Orton en ‘Way Go Lily’ y ‘Johanna The Row-di’, las tristes historias de separación y amor incondicional en la distancia que copan el disco (cima en ‘Pretty Fair Damsel’ y ‘Climbing High Mountains’), la huella de Sufjan Stevens en el pop orquestado post-‘Illinois’ (‘You Better Mind’ y ‘Relief’) o del gigantesco ‘By The Throat’ (2009, Bedroom Community) de Ben Frost en el tema que hace las veces de cierre (‘Red’, la única original del lote). Con este segundo 'must' Sam Amidon certifica su maestría a la hora de reinterpretar canciones ajenas, cercana ya a la de Johnny Cash y su saga American Recordings.
Como decíamos, para su tercer trabajo, si no tenemos en cuenta la fase de calentamiento con ediciones limitadas de folk en estado puro, Sam Amidon ha confiado a ciegas en la magia de los Greenhouse Studios, entregando una colección de canciones menos oscuras, más dinámicas, concisas y elaboradas en la producción que las de su predecesor. En la construcción de este rico mosaico ha vuelto a contar con las sabias manos tras la mesa de mezclas de Valgeir Sigurðsson y las colaboraciones de Nico Muhly (secciones de viento y cuerda), Shahzad Ismaily, Ben Frost y la voz invitada de Beth Orton.
A pesar de ser un álbum más pop, ‘I See The Sign’ no contiene ningún tema de la pegada instantánea de ‘Saro’ y, por otra parte, tampoco supera el lado depresivo de cortes como ‘All Is Well’, ‘O Death’ o ‘Sugar Baby’, todos incluidos en ‘All Is Well’. Lo que hace de ‘I See The Sign’ uno de los discos del año en curso es su equilibrio y coherencia. El placer de disfrutar de cuarenta minutos de una música melancólica pero con un acabado brillante que antes sólo se mostraba en momentos puntuales (la citada ‘Saro’). No hay altibajos, la digestión resulta más fácil y la continuidad está asegurada, excepción hecha de la circularidad free folk-jazz de la titular, como el Van Morrison de 'Astral Weeks' sin su prodigiosa voz.
Ahí está el traqueteo de la inicial ‘How Come That Blood’ y la majestuosidad de los vaivenes de sus arreglos, la desesperación a dúo con Berth Orton en ‘Way Go Lily’ y ‘Johanna The Row-di’, las tristes historias de separación y amor incondicional en la distancia que copan el disco (cima en ‘Pretty Fair Damsel’ y ‘Climbing High Mountains’), la huella de Sufjan Stevens en el pop orquestado post-‘Illinois’ (‘You Better Mind’ y ‘Relief’) o del gigantesco ‘By The Throat’ (2009, Bedroom Community) de Ben Frost en el tema que hace las veces de cierre (‘Red’, la única original del lote). Con este segundo 'must' Sam Amidon certifica su maestría a la hora de reinterpretar canciones ajenas, cercana ya a la de Johnny Cash y su saga American Recordings.
Antes de empezar a escuchar el último trabajo de Xiu Xiu pululaban por mi cabeza una serie de prejuicios, admito que sin ningún tipo de fundamento, que han dificultado engancharme a él. El pasado 2009 su compañera de correrías a la par que prima Caralee McElroy anunciaba que dejaba el grupo para irse a Cold Cave. Adiós a la sensación que desde 2004 teníamos del proyecto como un dúo estable. Después está la portada. Esa foto en primer plano de Jamie Stewart parecía decir: sí, aquí pone Xiu Xiu pero bien podría tratarse de mi debut en solitario. Y aunque algo de eso subyace en este ‘Dear God, I Hate Myself’ (un título muy egocéntrico, vaya), nada más lejos de la realidad. Docena larga de escuchas mediante, su séptimo álbum tiene ya un lugar en mi pódium particular, tras ‘Fabulous Muscles’ (2004, 5 Rue Christine) y ‘The Air Force’ (2006, 5 Rue Christine).
Porque desde que comenzaron su periplo una década atrás y tras varias e inestables formaciones, si algo ha quedado claro es que Xiu Xiu siempre ha sido el reflejo de una sola persona. Ahora le acompaña Angela Seo al piano, sintetizadores y bases programadas y el Deerhoof Greg Saunier a la producción, pero en el fondo poco o nada ha cambiado. Desde la temática de las letras hasta la sonoridad, pasando por las influencias. Acaso un mayor uso de teclados y un sonido computerizado (por momentos 100% video juego en ‘Apple For A Brain’) que ocupa el lugar que habían tomado las guitarras.
‘Dear God, I Hate Myself’ es un memorable disco pop. Las letras son incluso más certeras, crudas y directas que habitualmente, los temas rondan los tres minutos y la secuenciación de canciones pegadizas y bizarras (cuando se pone industrial en ‘Falkland Rd’ e ‘Impossible Feeling’ o te suelta una balada oxidada en ‘Hyunhye's Theme’) es ejemplar: la cantidad de los segundos está contenida como pocas veces y la de los primeros roza la de los dos discos apuntados en el párrafo inicial. Del primer saco relucen como el mejor homenaje posible a Joy Division, The Smiths y Disco Inferno el quinteto ‘Gray Death’, ‘House Sparrow’ (su ‘John Wayne Gacy, Jr’ personal), la titular ‘Dear God, I Hate Myself’, ‘Secret Motel’ y ‘This Too Shall Pass Away (For Freddy)’. Diez años de carrera y en plena forma.
Porque desde que comenzaron su periplo una década atrás y tras varias e inestables formaciones, si algo ha quedado claro es que Xiu Xiu siempre ha sido el reflejo de una sola persona. Ahora le acompaña Angela Seo al piano, sintetizadores y bases programadas y el Deerhoof Greg Saunier a la producción, pero en el fondo poco o nada ha cambiado. Desde la temática de las letras hasta la sonoridad, pasando por las influencias. Acaso un mayor uso de teclados y un sonido computerizado (por momentos 100% video juego en ‘Apple For A Brain’) que ocupa el lugar que habían tomado las guitarras.
‘Dear God, I Hate Myself’ es un memorable disco pop. Las letras son incluso más certeras, crudas y directas que habitualmente, los temas rondan los tres minutos y la secuenciación de canciones pegadizas y bizarras (cuando se pone industrial en ‘Falkland Rd’ e ‘Impossible Feeling’ o te suelta una balada oxidada en ‘Hyunhye's Theme’) es ejemplar: la cantidad de los segundos está contenida como pocas veces y la de los primeros roza la de los dos discos apuntados en el párrafo inicial. Del primer saco relucen como el mejor homenaje posible a Joy Division, The Smiths y Disco Inferno el quinteto ‘Gray Death’, ‘House Sparrow’ (su ‘John Wayne Gacy, Jr’ personal), la titular ‘Dear God, I Hate Myself’, ‘Secret Motel’ y ‘This Too Shall Pass Away (For Freddy)’. Diez años de carrera y en plena forma.
Cuando aún formaba parte de uno de los tres mejores combos de la segunda generación post-rock, los nunca bien ponderados Fridge (por si a alguien le interesa, cierro el trío con Mogwai y GYBE!), Kieran Hebden ya había publicado su debut en solitario, el indeciso ‘Dialogue’ (1999, Output). Su segundo largo, el más que notable ‘Pause’ (2001, Domino) coincidió con el que hasta el flojito ‘The Sun’ (2007, Domino) creímos era el final de la historia del trío que completan Adem Ilhan y Sam Jeffers. El gran salto, sin embargo, lo dio dos años después con lo que sigue siendo su obra maestra, ‘Rounds’ (2003, Domino), disco que elevaba a cotas de belleza insospechadas todo lo apuntado en sus trabajos previos.
A pesar de tener poco que ver con la rama encabezada por Greg Davis, seguidora de la estela marcada por el maestro John Fahey y menos todavía con la abstracción pastoral de sellos como 12k o Plop, a Four Tet le colocaron la etiqueta folktronica encima, suponemos que por el uso y sampleado de guitarras acústicas, vibráfonos, mandolinas e instrumental exótico vario, pero lo del londinense se asemejaba a una revisión orgánica con toques jazzies de las entregas noventeras de la escudería Mo’ Wax y de DJ Shadow para ser exactos. Con ‘Everything Ecstatic’ (2005, Domino) Kieran parecía querer huir de todo eso, y como huida, su cuarto álbum supuso un buen trabajo que abría diversas vías hacia la idm, el minimalismo clásico y momentos de ruidismo (¿verdad, Fuck Buttons?).
Cinco años después y decenas de colaboraciones mediante (sobre todo con el músico de jazz Steve Reid) llega a nuestras manos un ‘There Is Love In You’ en el que lo que en realidad se deja notar es su residencia en el club Plastic People, por su manera de encarar los nuevos (o no tanto) géneros que miran a la pista de baile con un ojo puesto en la escucha horizontal, aplicándoles en la medida de lo posible su sello distintivo. Así sucede en ‘Angel Echoes’ y ‘Sing’ (puro microhouse), ‘Love Cry’ (dubstep, ya colaboró con Burial hace un par de años) o en las menos degustables muestras de ciberdelia de ‘This Unfolds’ y ‘Plastic People’. Si se va más allá en el tiempo, también sabe sacarle provecho al viaje, cruzando a Brian Eno y Boards Of Canada (la miniatura ‘Reversing’), los ciclos de Steve Reich y la cold wave post Tangerine Dream (‘Circling’) o directamente, el tótem minimalista a secas: ‘Our Bells’ podría titularse ‘Bells Phase’. En su terreno, y aunque tire de fondo de armario con cierto tufo a naftalina, no hay quien le gane (la única huella de su antaño predominante melancolía es la estimable ‘She Just Likes To Fight’).
A pesar de tener poco que ver con la rama encabezada por Greg Davis, seguidora de la estela marcada por el maestro John Fahey y menos todavía con la abstracción pastoral de sellos como 12k o Plop, a Four Tet le colocaron la etiqueta folktronica encima, suponemos que por el uso y sampleado de guitarras acústicas, vibráfonos, mandolinas e instrumental exótico vario, pero lo del londinense se asemejaba a una revisión orgánica con toques jazzies de las entregas noventeras de la escudería Mo’ Wax y de DJ Shadow para ser exactos. Con ‘Everything Ecstatic’ (2005, Domino) Kieran parecía querer huir de todo eso, y como huida, su cuarto álbum supuso un buen trabajo que abría diversas vías hacia la idm, el minimalismo clásico y momentos de ruidismo (¿verdad, Fuck Buttons?).
Cinco años después y decenas de colaboraciones mediante (sobre todo con el músico de jazz Steve Reid) llega a nuestras manos un ‘There Is Love In You’ en el que lo que en realidad se deja notar es su residencia en el club Plastic People, por su manera de encarar los nuevos (o no tanto) géneros que miran a la pista de baile con un ojo puesto en la escucha horizontal, aplicándoles en la medida de lo posible su sello distintivo. Así sucede en ‘Angel Echoes’ y ‘Sing’ (puro microhouse), ‘Love Cry’ (dubstep, ya colaboró con Burial hace un par de años) o en las menos degustables muestras de ciberdelia de ‘This Unfolds’ y ‘Plastic People’. Si se va más allá en el tiempo, también sabe sacarle provecho al viaje, cruzando a Brian Eno y Boards Of Canada (la miniatura ‘Reversing’), los ciclos de Steve Reich y la cold wave post Tangerine Dream (‘Circling’) o directamente, el tótem minimalista a secas: ‘Our Bells’ podría titularse ‘Bells Phase’. En su terreno, y aunque tire de fondo de armario con cierto tufo a naftalina, no hay quien le gane (la única huella de su antaño predominante melancolía es la estimable ‘She Just Likes To Fight’).
Cuando por estas mismas fechas del pasado 2009 descubríamos a Woods y por ende al sello y a las bandas que auspicia bajo buen cobijo su líder Jeremy Earl, lo hacíamos con un largo (‘Songs Of Shame’) al que sólo le podíamos poner una pega: el tema ‘September With Pete’, diez minutos de jam psicodélica sin ton ni son que te cortaban el rollo justo en medio de una colección de canciones por momentos sobresaliente. Parece que el combo neoyorquino ha tomado buena nota y en su quinto álbum ha ido directamente al grano.
‘At Echo Lake’ recoge lo mejor de su salto al estrellato independiente americano (esto es, las canciones), les da una producción robusta y firme y deja a un lado unas idas de olla más propias de su etapa pre ‘Songs Of Shame’.
Así las cosas, su última entrega se revela como la más sólida hasta la fecha, ideal para entrar en contacto con el universo Woods. Un universo de baja fidelidad, indie-rock 100% americano (‘Death Rattles’) y pysch-folk rock sesentero costa oeste (la suciedad garajera de ‘I Was Gone’ y ‘Get Back’) para alinear junto a compañeros de andanzas como Ganglians, Real Estate y, ojito al tremendo disco de debut en Captured Tracks del que hablaremos en breve, Beach Fossils.
En resumidas cuentas, treinta minutos escasos que sintetizan la quintaesencia de su sonido, que abarca desde certeras dianas de indie-pop efusivo (‘Suffering Season’) a puntuales experimentos de psicodelia incidental (‘From The Horn’ empieza casi exactamente igual que ‘Eight Miles High’). Entre progresiones muy The Byrds con descargas de electricidad a lo J Mascis (‘Blood Dries Darker’) o el Neil Young campestre haciendo migas con el lo-fi cacofónico de The Microphones (‘Pick Up’, ‘Time Fading Lines’, ‘Till The Sun Rips’), Woods afianzan un factor diferencial ganado a pulso.
‘At Echo Lake’ recoge lo mejor de su salto al estrellato independiente americano (esto es, las canciones), les da una producción robusta y firme y deja a un lado unas idas de olla más propias de su etapa pre ‘Songs Of Shame’.
Así las cosas, su última entrega se revela como la más sólida hasta la fecha, ideal para entrar en contacto con el universo Woods. Un universo de baja fidelidad, indie-rock 100% americano (‘Death Rattles’) y pysch-folk rock sesentero costa oeste (la suciedad garajera de ‘I Was Gone’ y ‘Get Back’) para alinear junto a compañeros de andanzas como Ganglians, Real Estate y, ojito al tremendo disco de debut en Captured Tracks del que hablaremos en breve, Beach Fossils.
En resumidas cuentas, treinta minutos escasos que sintetizan la quintaesencia de su sonido, que abarca desde certeras dianas de indie-pop efusivo (‘Suffering Season’) a puntuales experimentos de psicodelia incidental (‘From The Horn’ empieza casi exactamente igual que ‘Eight Miles High’). Entre progresiones muy The Byrds con descargas de electricidad a lo J Mascis (‘Blood Dries Darker’) o el Neil Young campestre haciendo migas con el lo-fi cacofónico de The Microphones (‘Pick Up’, ‘Time Fading Lines’, ‘Till The Sun Rips’), Woods afianzan un factor diferencial ganado a pulso.
Como el otro gran exponente en el arte de trazar cautivadoras líneas que unen lo digital con lo analógico en el mundo del ambient menos acomodado, hablamos claro está del austriaco Christian Fennesz, el capo del sello 12k piensa a conciencia cada paso que da. Bien es cierto que por el camino va dejando, y esto también le acerca al autor de ‘Endless Summer’ (2001, Mego), pistas a modo de colaboraciones (Kenneth Kirschner o Stephan Mathieu), trabajos en directo o en formato reducido. Pero cuando hay que ponderar el estado de las cosas nada mejor que acudir a sus discos “oficiales”. Si en el lejano ‘Northern’ (2006, 12k) el neoyorkino superaba todas las expectativas, y ya que nos ponemos, su obra maestra hasta la fecha ‘Stil.’ (2002, 12k), alejándose de la frialdad para integrarla en la calidez de unos hermosos paisajes otoñales, ahora Deupree ha optado por el continuismo. Eso sí, con algunos matices.
‘Shoals’ aúna el carácter repetitivo y minimalista de sus obras primerizas con las texturas de naturaleza orgánica y viva de las últimas. Un sonido circular y dilatado, menos estructurado, de más difícil digestión que ‘Northern’. Del cruce de aleatoriedad y talento innato, de largas sesiones de grabación editadas, entre bucles infinitos, deconstrucciones de música gamelán, chasquidos puntuales y ruidos incidentales, surge un mantra hipnótico y bello, cuatro piezas de unos doce minutos de duración media donde se impone el silencio y la calma y de entre las que destacamos el lento discurrir acuoso de ‘A Fading Found‘. Siendo éste un terreno especialmente dado a la caradura y la desfachatez con ínfulas de filosofía barata, resulta en ocasiones complicado saber separar el grano de la paja. En ‘Shoals’ hay mucho de lo primero.
‘Shoals’ aúna el carácter repetitivo y minimalista de sus obras primerizas con las texturas de naturaleza orgánica y viva de las últimas. Un sonido circular y dilatado, menos estructurado, de más difícil digestión que ‘Northern’. Del cruce de aleatoriedad y talento innato, de largas sesiones de grabación editadas, entre bucles infinitos, deconstrucciones de música gamelán, chasquidos puntuales y ruidos incidentales, surge un mantra hipnótico y bello, cuatro piezas de unos doce minutos de duración media donde se impone el silencio y la calma y de entre las que destacamos el lento discurrir acuoso de ‘A Fading Found‘. Siendo éste un terreno especialmente dado a la caradura y la desfachatez con ínfulas de filosofía barata, resulta en ocasiones complicado saber separar el grano de la paja. En ‘Shoals’ hay mucho de lo primero.
Responsable de una inabarcable discografía que roza ya los treinta discos oficiales, el arte de The Fall resulta de los más difíciles de ponderar. Con una excitante fase de formación que arranca en el mismo nacimiento del post-punk y alcanza su cima en el dúo que conforman ‘The Wonderful and Frightening World of The Fall’ (1984, Beggars Banquet) y ‘This Nation's Saving Grace’ (1985, Beggars Banquet), con Mark E. Smith, el mayor o menor afecto por su edición de turno responde más a una cuestión de ‘mood’, de ‘feeling’, que al análisis pormenorizado de sus composiciones, la banda que le acompaña en ese momento (aunque parezca increíble, idéntico line-up que en su anterior trabajo de 2008 ‘Imperial Wax Solvent’) o las leves modificaciones que injerta en su música. Porque The Fall son un estilo. Un estilo reciclado, remodelado y matizado por el paso de los años, pero reiterativo por definición. Al igual que con sus adorados Can (recuerden, ‘I am Damo Suzuki’), su arrebatadora masa sonora te atrapa o no, no existe el término medio. En esta ocasión lo hace... y como no lo hacía desde bastante tiempo.
‘Your Future Our Clutter’ (2010, Domino) y su horrible portada son 50 minutos para volver a reírse, siempre desde el cariño, claro está, de la endiosada carrera de los neoyorquinos Sonic Youth, con los que mantienen más de una conexión (Manchester es la brújula en este caso). Su avant-rock no necesita de coartadas intelectuales y manierismos. Le sobra con la mala leche, el porte socarrón y cascarrabias de su líder Mark E. Smith. Y mucho talento. La inaugural ‘O.F.Y.C. Showcase’ (‘A showcase of proud talent’ grita Mark) dibuja la línea a seguir. Una contundente y metronómica base rítmica sobre la que reptan y se entrelazan furiosos intercambios de guitarra y teclado. Pura tensión en crescendo. En ‘Bury Pts. 1 + 3’ van quitando capas de baja fidelidad hasta que la canción despega definitivamente en el minuto tres, dilatando el trance rítmico bajo un sencillo motivo de teclado que se va repitiendo insistentemente entre descargas de electricidad. ‘Mexico Wax Solvent’ tiene un acabado más juguetón, gracias al marcado bajo gomoso y los sintes espaciales de la señora Smith hacia el final. La desconcertante ’Cowboy George’ (especie de western-noise fronterizo desquiciante, samplers de Daft Punk incluidos) da paso a la incidental ‘Hot Cake’, prima hermana del posterior cover del ‘Funnel Of Love’ que popularizara Wanda Jackson en 1961. Algo así como si Mark se uniera por unos instantes a The Cramps, marcándose un par de temas de psychobilly. ‘Y.F.O.C / Slippy Floor’ vuelve a recuperar el tono inicial para tocar el cielo en ‘Chino’ y ‘Weather Report 2’. La primera es un tremendo cruce de post-punk arrastrado y electrónica industrial de fondo, con nuevas referencias a sus problemas de salud (‘When do I quit this hospital’, ‘When do I quit? When do I quit?’). La segunda comienza con un precioso riff de guitarra y una letra entre sarcástica y resignada (‘You gave me the best years of my life’, ‘Nobody has ever called me sir in my entire life’) antes de que las sacudidas de ruidismo primitivo que en los primeros instantes ocupaban un segundo plano (Throbbing Gristtle, Cabaret Voltaire) tomen el protagonismo. Ya en total silencio, Mark susurra: ‘Never mind Jackson / What about Saxons / Recording of lost London / You don't deserve rock 'n' roll’. Tienes razón. Al menos nunca merecimos a The Fall.
‘Your Future Our Clutter’ (2010, Domino) y su horrible portada son 50 minutos para volver a reírse, siempre desde el cariño, claro está, de la endiosada carrera de los neoyorquinos Sonic Youth, con los que mantienen más de una conexión (Manchester es la brújula en este caso). Su avant-rock no necesita de coartadas intelectuales y manierismos. Le sobra con la mala leche, el porte socarrón y cascarrabias de su líder Mark E. Smith. Y mucho talento. La inaugural ‘O.F.Y.C. Showcase’ (‘A showcase of proud talent’ grita Mark) dibuja la línea a seguir. Una contundente y metronómica base rítmica sobre la que reptan y se entrelazan furiosos intercambios de guitarra y teclado. Pura tensión en crescendo. En ‘Bury Pts. 1 + 3’ van quitando capas de baja fidelidad hasta que la canción despega definitivamente en el minuto tres, dilatando el trance rítmico bajo un sencillo motivo de teclado que se va repitiendo insistentemente entre descargas de electricidad. ‘Mexico Wax Solvent’ tiene un acabado más juguetón, gracias al marcado bajo gomoso y los sintes espaciales de la señora Smith hacia el final. La desconcertante ’Cowboy George’ (especie de western-noise fronterizo desquiciante, samplers de Daft Punk incluidos) da paso a la incidental ‘Hot Cake’, prima hermana del posterior cover del ‘Funnel Of Love’ que popularizara Wanda Jackson en 1961. Algo así como si Mark se uniera por unos instantes a The Cramps, marcándose un par de temas de psychobilly. ‘Y.F.O.C / Slippy Floor’ vuelve a recuperar el tono inicial para tocar el cielo en ‘Chino’ y ‘Weather Report 2’. La primera es un tremendo cruce de post-punk arrastrado y electrónica industrial de fondo, con nuevas referencias a sus problemas de salud (‘When do I quit this hospital’, ‘When do I quit? When do I quit?’). La segunda comienza con un precioso riff de guitarra y una letra entre sarcástica y resignada (‘You gave me the best years of my life’, ‘Nobody has ever called me sir in my entire life’) antes de que las sacudidas de ruidismo primitivo que en los primeros instantes ocupaban un segundo plano (Throbbing Gristtle, Cabaret Voltaire) tomen el protagonismo. Ya en total silencio, Mark susurra: ‘Never mind Jackson / What about Saxons / Recording of lost London / You don't deserve rock 'n' roll’. Tienes razón. Al menos nunca merecimos a The Fall.
Miembro fundador de Tarentel y del sello Root Strata, donde además de discos de todos sus proyectos se han publicado trabajos de Keith Fullerton Whitman o Grouper, el californiano Jefre Cantu-Ledesma viene editando material en compañía (The Alps, The Holy See) o en solitario (Colophon) desde principios de siglo. A su nombre también lo ha hecho, pero ha sido en tiradas limitadas a 100 o 200 copias y en formato cd-r o casete.
Así que, aunque no lo sea, éste puede ser considerado su álbum de debut y presentación oficial en sociedad. Y puede serlo no sólo porque lo edite un sello como Type. Jefre plasma aquí una versión más inteligible de ese magma sonoro que practica en sus diferentes encarnaciones y en el que confluyen post-rock, ambient-drone, psicodelia y folk cacofónico. Esa sensación de querer agradar al oyente llega de la mano de la emoción, de cambiar cerebro por corazón. Un regreso a la esencia conceptual del dream-pop bajo una estética ruidista heredada del shoegaze menos acomodado.
Partiendo de la vertiente más rockista y ruidosa de Fennesz, ésa que ha desarrollado gente como Belong o The North Sea (de hecho colaboró con el dúo Sea Zombies compuesto por Brad Rose y el capo de Type John 'Xela' Twells), ‘Love Is A Stream’ se acerca al pop ajustando la duración de sus doce temas y dando pinceladas de accesibilidad a su discurso. Así debemos entender esas voces en segundo plano tan Slowdive, la evocación y la ensoñación propia de unos Cocteau Twins y la búsqueda constante de la melodía tras capas y capas de noise-pop a lo My Bloody Valentine etapa ‘Loveless’. Cuarenta y cinco minutos de magnetismo.
Así que, aunque no lo sea, éste puede ser considerado su álbum de debut y presentación oficial en sociedad. Y puede serlo no sólo porque lo edite un sello como Type. Jefre plasma aquí una versión más inteligible de ese magma sonoro que practica en sus diferentes encarnaciones y en el que confluyen post-rock, ambient-drone, psicodelia y folk cacofónico. Esa sensación de querer agradar al oyente llega de la mano de la emoción, de cambiar cerebro por corazón. Un regreso a la esencia conceptual del dream-pop bajo una estética ruidista heredada del shoegaze menos acomodado.
Partiendo de la vertiente más rockista y ruidosa de Fennesz, ésa que ha desarrollado gente como Belong o The North Sea (de hecho colaboró con el dúo Sea Zombies compuesto por Brad Rose y el capo de Type John 'Xela' Twells), ‘Love Is A Stream’ se acerca al pop ajustando la duración de sus doce temas y dando pinceladas de accesibilidad a su discurso. Así debemos entender esas voces en segundo plano tan Slowdive, la evocación y la ensoñación propia de unos Cocteau Twins y la búsqueda constante de la melodía tras capas y capas de noise-pop a lo My Bloody Valentine etapa ‘Loveless’. Cuarenta y cinco minutos de magnetismo.
A servidor, que el debut del señor Dan Snaith cuando el líder de los Dictators le dejaba llamarse Manitoba le parece un pedazo de disco aún no superado (hablamos de ‘Start Breaking My Heart’, mágico oasis de idm orgánica e hipnótica editado en 2001), este quinto largo, con el que recupera bastantes señas de identidad del pasado, le resulta un acierto y le deja dudas sobre tan tajante afirmación. Y es que, desde ‘Up In Flames’ (2003, Leaf), todavía con cierto deje electrónico (como los primeros Mercury Rev en un entorno ácido a la inglesa) y sobre todo el dueto compuesto por ‘The Milk Of Human Kindness’ (2005, Leaf) y ‘Andorra’ (2007, Merge), nuestro hombre se había lanzado de cabeza a una disfrutable revisión de la psicodelia-pop, la proto electrónica y el prog-rock de finales de los ’60, primeros ’70: The Beach Boys, Silver Apples, Neu!, Can, Soft Machine, The United States Of America, The Zombies… Visto así, se acerca a un listado de mis grupos favoritos de la época, pero siendo justos, había y hay gente que se lo monta mejor con estos elementos de partida. Vamos, que a mí Caribou me pone más cuando cruza todo esto con la electrónica y sus consecuencias. Y eso es a grandes rasgos ‘Swim’: la convergencia de sus tres facetas, la electrónica, la retro y la psicodélica.
Como el último de su sosias Four Tet, al que le unen muchos puntos en común, o el también notable ‘Black Noise’ de Pantha Du Prince (éste no tan pop), ‘Swim’ apuesta por una electrónica analógica y profunda, tan válida para la pista de baile como para la escucha horizontal. En el caso que nos ocupa, Dan comenta que para conseguir ese efecto naturalista en su música ha querido inspirarse en las sonoridades de procedencia acuática. Sin llegar a la perfección cíclica del ‘Biokinetics’ (1996, Chain Reaction) de Porter Ricks o a la orgía de melodías y avant-pop juguetón del ‘Autoditacker’ (1997, Too Pure) de Mouse On Mars, obras referente en lo que a sonido líquido se refiere (palabras mayores en ambos casos), Caribou conjuga los dos mundos, con altas dosis de psicodelia (‘Lalibela’), dub (‘Jamelia’), filtered house a la francesa (‘Sun’) o house puro y duro escuela Chicago (los pianos de ‘Bowls’ y el acid de ‘Hannibal’ son de libro) y tres dianas de caramelo selvático y multicolor (‘Odessa’, ‘Kaili’ y ‘Leave House’) que elevan, y mucho, la categoría de mi disco favorito del canadiense (recuerdan: ‘Dundas, Ontario’, hitazo) desde 2001.
Como el último de su sosias Four Tet, al que le unen muchos puntos en común, o el también notable ‘Black Noise’ de Pantha Du Prince (éste no tan pop), ‘Swim’ apuesta por una electrónica analógica y profunda, tan válida para la pista de baile como para la escucha horizontal. En el caso que nos ocupa, Dan comenta que para conseguir ese efecto naturalista en su música ha querido inspirarse en las sonoridades de procedencia acuática. Sin llegar a la perfección cíclica del ‘Biokinetics’ (1996, Chain Reaction) de Porter Ricks o a la orgía de melodías y avant-pop juguetón del ‘Autoditacker’ (1997, Too Pure) de Mouse On Mars, obras referente en lo que a sonido líquido se refiere (palabras mayores en ambos casos), Caribou conjuga los dos mundos, con altas dosis de psicodelia (‘Lalibela’), dub (‘Jamelia’), filtered house a la francesa (‘Sun’) o house puro y duro escuela Chicago (los pianos de ‘Bowls’ y el acid de ‘Hannibal’ son de libro) y tres dianas de caramelo selvático y multicolor (‘Odessa’, ‘Kaili’ y ‘Leave House’) que elevan, y mucho, la categoría de mi disco favorito del canadiense (recuerdan: ‘Dundas, Ontario’, hitazo) desde 2001.
Aquello que en unas primeras escuchas nos pareció una versión amigable, instantánea y pop del estreno homónimo de Real Estate (Woodsist, 2009), ha acabado convirtiéndose en uno de nuestros discos de cabecera de 2010, y si el trabajo de The Drums no lo evita, el mejor debut en el amplio radio de acción del indie-pop del presente año, tomando el testigo a The Pains Of Being Pure At Heart o The XX, esto ya según lo gustos de cada uno.
Beach Fossils, ése es el nombre que le dio al invento Dustin Payseur cuando era algo totalmente personal y casero, debutó el pasado año con un single de dos temas (la cara a ‘Daydream’ se incluye aquí) en Captured Tracks. Para este largo, también en el sello hermano de Woodsist, se le han unido John Pena y Sennott Burke, sin perder por ello el aroma a proyecto ‘do it yourself’ de baja fidelidad. Antes de entrar en materia, un dato más que posiblemente ustedes ya han imaginado: estos chicos vienen de Brooklyn.
Aunque en ‘Beach Fossils’ (el álbum, claro) algunas canciones sobresalen por encima de la media, destaca el conjunto, el ‘mood’ creado. Tras cada escucha queda incrustado en la memoria un caudal de sensaciones de largo recorrido, como una nebulosa de recuerdos vividos en un sueño de guitarras magistralmente trenzadas, sencillez rítmica (para muchos una pega, yo creo que encaja a la perfección dentro del contexto), voces dobladas, toneladas de reverb y un poder narcótico fuera de cualquier duda.
¿Pueden hacer los Television de ‘Marque Moon’ jangle-pop? Por supuesto. ¿Y encuadrarlo en una estética lo-fi, dejar rastros de surf rock por aquí y por allá, recordar por igual a unos The Feelies yendo al grano, a los hermanos Reid sin distorsión ni ropajes negros y en los momentos más pausados a unos Galaxie 500 sin productor? También. Todo esto está muy bien, pero ¿son Beach Fossils una panda de copiones con una gran colección de cd's y poco talento? Sí, seguro que adoran el minimalismo socarrón de Beat Happening, a los Primal Scream de los ’80 y el sonido añejo de las guitarras de The Byrds y las voces de The Beach Boys, pero ni de coña. Entre la euforia contenida por lo que ha de llegar y la melancolía del verano ya pasado, treinta y cinco minutos de sinceridad hechos con lo que se tiene a mano.
Beach Fossils, ése es el nombre que le dio al invento Dustin Payseur cuando era algo totalmente personal y casero, debutó el pasado año con un single de dos temas (la cara a ‘Daydream’ se incluye aquí) en Captured Tracks. Para este largo, también en el sello hermano de Woodsist, se le han unido John Pena y Sennott Burke, sin perder por ello el aroma a proyecto ‘do it yourself’ de baja fidelidad. Antes de entrar en materia, un dato más que posiblemente ustedes ya han imaginado: estos chicos vienen de Brooklyn.
Aunque en ‘Beach Fossils’ (el álbum, claro) algunas canciones sobresalen por encima de la media, destaca el conjunto, el ‘mood’ creado. Tras cada escucha queda incrustado en la memoria un caudal de sensaciones de largo recorrido, como una nebulosa de recuerdos vividos en un sueño de guitarras magistralmente trenzadas, sencillez rítmica (para muchos una pega, yo creo que encaja a la perfección dentro del contexto), voces dobladas, toneladas de reverb y un poder narcótico fuera de cualquier duda.
¿Pueden hacer los Television de ‘Marque Moon’ jangle-pop? Por supuesto. ¿Y encuadrarlo en una estética lo-fi, dejar rastros de surf rock por aquí y por allá, recordar por igual a unos The Feelies yendo al grano, a los hermanos Reid sin distorsión ni ropajes negros y en los momentos más pausados a unos Galaxie 500 sin productor? También. Todo esto está muy bien, pero ¿son Beach Fossils una panda de copiones con una gran colección de cd's y poco talento? Sí, seguro que adoran el minimalismo socarrón de Beat Happening, a los Primal Scream de los ’80 y el sonido añejo de las guitarras de The Byrds y las voces de The Beach Boys, pero ni de coña. Entre la euforia contenida por lo que ha de llegar y la melancolía del verano ya pasado, treinta y cinco minutos de sinceridad hechos con lo que se tiene a mano.
Cuando el atropellado, crudo y desquiciante ‘Parque Mágico’ (2008, BCore) vio la luz hace dos años, por nuestros oídos resonaron en apenas veinte minutos y once canciones (saquen la media) los ecos de la no-wave, el blues en descomposición de Pussy Galore, el post-core de Fugazi y un espíritu punk (llámenlo ‘do it yourself’ o de baja fidelidad) que justificaban todos los parabiénes recibidos. Sin embargo, en aquella ocasión, y quizás por cercanía geográfica, servidor sólo pudo pensar en los tres 7” que el trío de Villaviciosa de Odón Pretty Fuck Luck (el grupo paralelo de Murky Patrullero Mancuso) publicó a mediados de la década de los ’90.
Ahora que ‘Explota El Cuerpo’ llega para multiplicar por dos su cotización en bolsa, la tónica general apunta, y con razón, hacia Abe Vigoda (lo digo ya, ‘Skeleton’ es el patrón, pero Margarita lo superan), Animal Collective (evidente en los coros, gritos y onomatopeyas varias y el toque asilvestrado a lo ‘Feels’) y hasta Vampire Weekend (‘Pokes’, ‘Arde La Gente’ y ‘Aquí No Cabe El Sol’ bien podrían pasar por Vampire Weekend haciendo math-rock), pero a los recuerdos del que esto escribe acuden de manera instintiva los trabajos de Patrullero Mancuso y en especial su obra maestra ‘Fantasía’ (1993, Munster), reseñada aquí recientemente.
Pajas mentales, exaltaciones de lo nuestro e innecesarios cruces de influencias aparte, ‘Explota El Cuerpo’ arrasa por sí solo, abre las ventanas, canaliza el caos y abraza al castellano (se agradece y además deja espacio para la mejoría), estableciendo un vínculo afectivo con el oyente casi imposible de rechazar. Si las primeras escuchas resultan adictivas por novedosas, tras la décima, los detalles, cambios y matices del segundo largo del cuarteto madrileño certifican que nos encontramos ante uno de los discos del año. Construido sobre una rítmica tan efectiva como precisa (¿tropicalismo?... bueno, tanto puede remitir a Caetano Veloso, Gilberto Gil y compañía o a los ritmos del Calipso versión acelerada como al lado más funk de la no-wave) y unas guitarras entre las aristas del post-punk, los trucos del surf-rock instrumental y la reverberación del psychobilly escuela The Cramps, dianas como ‘Crudo Y Crema’, ‘Luces De Colores Potentes’, ‘Pieza’ (¿El Niño Gusano?), ‘Fuego, Camina’ y ‘Ojos De Fuerza’ llevan la bandera de un trabajo sin desperdicio.
Ahora que ‘Explota El Cuerpo’ llega para multiplicar por dos su cotización en bolsa, la tónica general apunta, y con razón, hacia Abe Vigoda (lo digo ya, ‘Skeleton’ es el patrón, pero Margarita lo superan), Animal Collective (evidente en los coros, gritos y onomatopeyas varias y el toque asilvestrado a lo ‘Feels’) y hasta Vampire Weekend (‘Pokes’, ‘Arde La Gente’ y ‘Aquí No Cabe El Sol’ bien podrían pasar por Vampire Weekend haciendo math-rock), pero a los recuerdos del que esto escribe acuden de manera instintiva los trabajos de Patrullero Mancuso y en especial su obra maestra ‘Fantasía’ (1993, Munster), reseñada aquí recientemente.
Pajas mentales, exaltaciones de lo nuestro e innecesarios cruces de influencias aparte, ‘Explota El Cuerpo’ arrasa por sí solo, abre las ventanas, canaliza el caos y abraza al castellano (se agradece y además deja espacio para la mejoría), estableciendo un vínculo afectivo con el oyente casi imposible de rechazar. Si las primeras escuchas resultan adictivas por novedosas, tras la décima, los detalles, cambios y matices del segundo largo del cuarteto madrileño certifican que nos encontramos ante uno de los discos del año. Construido sobre una rítmica tan efectiva como precisa (¿tropicalismo?... bueno, tanto puede remitir a Caetano Veloso, Gilberto Gil y compañía o a los ritmos del Calipso versión acelerada como al lado más funk de la no-wave) y unas guitarras entre las aristas del post-punk, los trucos del surf-rock instrumental y la reverberación del psychobilly escuela The Cramps, dianas como ‘Crudo Y Crema’, ‘Luces De Colores Potentes’, ‘Pieza’ (¿El Niño Gusano?), ‘Fuego, Camina’ y ‘Ojos De Fuerza’ llevan la bandera de un trabajo sin desperdicio.
Precedido por una retahíla de hits incontestables, iniciada en Septiembre del pasado año cuando se editara su siete pulgadas ‘Let’s Go Surfing’ (2009, Moshi Moshi), el debut de The Drums no ha de tomarse como una revelación, sino como una confirmación en toda regla. La consagración de bastantes años de trabajo.
Tras conocerse a una temprana edad, Jonathan Pierce (carismático líder del cuarteto) y Jacob Graham (también capo del sello Holiday Records) deciden dar sus primeros pasos en el proyecto de electro-pop (algo) petardo Goat Explosion. En 2003, Jonathan cambia de aires, que no de tercio, y remodela con pinceladas de post-punk su anterior propuesta, ahora bajo el nombre de Elkland y junto al que a la postre será tercer miembro del combo neoyorquino, el guitarrista Adam Kessler. En paralelo, Jacob monta Horse Shoes y demuestra su amor por todo lo que toca Robert Wratten, llegando a publicar un ep en el muy indie Shelflife Records. Cosas del destino, a finales de 2008, habiendo dado carpetazo al pasado, Jonathan y Jacob se reunen en Florida para dar forma al embrión de The Drums. Ya en Nueva York y a principios de 2009 se les une, lo adivinaron, Adam. Sólo les falta, ironías de la vida, un batería. Connor Hanwick es el elegido para, con un único tema (el citado ‘Let’s Go Surfing’), multiplicar por cien el impacto y la calidad de todo lo que habían hecho en sus aventuras previas.
Al silbido más tarareado del indie-pop reciente desde el ‘Young Folks’ de Peter, Bjorn & John, le siguieron el ep ‘Summertime!’ (Moshi Moshi, 2009), tres nuevos singles (‘I Felt Stupid’ y en este 2010 ‘Best Friend’ y ‘Forever And Ever Amen’), algunas ediciones en formato digital y la filtración vía internet de varias canciones inéditas. Resumiendo: los seguidores del grupo más británico de los Estados Unidos tras sus colegas de The Pains Of Being Pure At Heart conocíamos siete de los doce cortes que incluye ‘The Drums’ (2010, Moshi Moshi). ¿Es esto bueno o malo a la hora de valorar su disco? Es indiferente: The Drums apuntan muy alto. No temen al éxito y van a por él a cuerpo descubierto, tienen un frontman que parece haber nacido para serlo (un cruce imposible de Morrisey e Ian Curtis), en realidad no son tan cerrados estilísticamente (los Pains son muy ingleses, pero es que encima lo son con un periodo de media década) y su trabajo suena al clásico debut al que vuelves una y otra vez cuando van pasando los años.
Con una cara a (qué antiguos somos) que tira para atrás, diana tras diana, las comparaciones con The Smiths se entienden a las primeras de cambio en ‘Best Friend’ y su poética del ‘angst’ juvenil (‘You're my best friend/But then you died/When I was 23 and you were 25’ recuerda mucho al ‘There’s A Light That Nerver Goes Out’ de los de Manchester). Pero aunque en lo lírico y estético el símil esté más que justificado, en lo estrictamente musical lo está aún más con el lado pop de Joy Division o el menos electrónico de New Order. Los riffs circulares, los teclados que hielan la sangre, la concreción rítmica y el regusto melódico de ‘It Will All End In Tears’, ‘We Tried’ y ‘I Need Fun In My Life’ no dejan lugar a las dudas. Como hemos dicho antes, The Drums no caen en el cliché de grupo que adora exclusivamente el catálogo de Factory, Sarah o Rough Trade, y van más allá vertiendo buenas dosis de pop playero, ya sea a modo de píldora instantánea en ‘Let’s Go Surfing’ o con unas guitarras y unas voces que miran directamente al surf-rock instrumental de los 60 y a la celestiales armonías de The Beach Boys. Si a esto le sumamos unas gotitas de soul-pop (la balada ‘Down By The Water’) y otra gran canción a añadir a sus clásicos (el memorable estribillo de ‘Book Of Stories’, 100% The Field Mice), pues qué quieren que les diga… tocados y hundidos.
Tras conocerse a una temprana edad, Jonathan Pierce (carismático líder del cuarteto) y Jacob Graham (también capo del sello Holiday Records) deciden dar sus primeros pasos en el proyecto de electro-pop (algo) petardo Goat Explosion. En 2003, Jonathan cambia de aires, que no de tercio, y remodela con pinceladas de post-punk su anterior propuesta, ahora bajo el nombre de Elkland y junto al que a la postre será tercer miembro del combo neoyorquino, el guitarrista Adam Kessler. En paralelo, Jacob monta Horse Shoes y demuestra su amor por todo lo que toca Robert Wratten, llegando a publicar un ep en el muy indie Shelflife Records. Cosas del destino, a finales de 2008, habiendo dado carpetazo al pasado, Jonathan y Jacob se reunen en Florida para dar forma al embrión de The Drums. Ya en Nueva York y a principios de 2009 se les une, lo adivinaron, Adam. Sólo les falta, ironías de la vida, un batería. Connor Hanwick es el elegido para, con un único tema (el citado ‘Let’s Go Surfing’), multiplicar por cien el impacto y la calidad de todo lo que habían hecho en sus aventuras previas.
Al silbido más tarareado del indie-pop reciente desde el ‘Young Folks’ de Peter, Bjorn & John, le siguieron el ep ‘Summertime!’ (Moshi Moshi, 2009), tres nuevos singles (‘I Felt Stupid’ y en este 2010 ‘Best Friend’ y ‘Forever And Ever Amen’), algunas ediciones en formato digital y la filtración vía internet de varias canciones inéditas. Resumiendo: los seguidores del grupo más británico de los Estados Unidos tras sus colegas de The Pains Of Being Pure At Heart conocíamos siete de los doce cortes que incluye ‘The Drums’ (2010, Moshi Moshi). ¿Es esto bueno o malo a la hora de valorar su disco? Es indiferente: The Drums apuntan muy alto. No temen al éxito y van a por él a cuerpo descubierto, tienen un frontman que parece haber nacido para serlo (un cruce imposible de Morrisey e Ian Curtis), en realidad no son tan cerrados estilísticamente (los Pains son muy ingleses, pero es que encima lo son con un periodo de media década) y su trabajo suena al clásico debut al que vuelves una y otra vez cuando van pasando los años.
Con una cara a (qué antiguos somos) que tira para atrás, diana tras diana, las comparaciones con The Smiths se entienden a las primeras de cambio en ‘Best Friend’ y su poética del ‘angst’ juvenil (‘You're my best friend/But then you died/When I was 23 and you were 25’ recuerda mucho al ‘There’s A Light That Nerver Goes Out’ de los de Manchester). Pero aunque en lo lírico y estético el símil esté más que justificado, en lo estrictamente musical lo está aún más con el lado pop de Joy Division o el menos electrónico de New Order. Los riffs circulares, los teclados que hielan la sangre, la concreción rítmica y el regusto melódico de ‘It Will All End In Tears’, ‘We Tried’ y ‘I Need Fun In My Life’ no dejan lugar a las dudas. Como hemos dicho antes, The Drums no caen en el cliché de grupo que adora exclusivamente el catálogo de Factory, Sarah o Rough Trade, y van más allá vertiendo buenas dosis de pop playero, ya sea a modo de píldora instantánea en ‘Let’s Go Surfing’ o con unas guitarras y unas voces que miran directamente al surf-rock instrumental de los 60 y a la celestiales armonías de The Beach Boys. Si a esto le sumamos unas gotitas de soul-pop (la balada ‘Down By The Water’) y otra gran canción a añadir a sus clásicos (el memorable estribillo de ‘Book Of Stories’, 100% The Field Mice), pues qué quieren que les diga… tocados y hundidos.
Prácticamente todo lo dicho el pasado año al referirnos al segundo disco en solitario de Bradford Cox sirve para este ‘Halcyon Digest’. Esto es así porque, a cada nuevo paso que da Atlas Sound o Deerhunter, se hace patente esa sensación que tenemos desde ‘Microcastle / Weird Era Cont.’ (2008, Kranky) de que ambos proyectos son la misma cosa. Y la línea que los separa se va estrechando.
Siendo algo cortos de miras, pero sin por ello faltar a la verdad, podemos reducir el campo de acción de los once cortes del cuarto álbum de la banda de Atlanta a tres grupos temáticos. Uno que revisita desde una óptica indie-rock el formato más o menos clásico de canción (ése que rara vez supera los tres minutos de duración), otro compuesto por dilatadas baladas (fluctuando entre lo brillante y lo anodino) y el más importante de ellos, el de las canciones memorables que pasarán holgadas el visto bueno para su futuro 'Quarantine The Past' (Pavement), junto a glorias pasadas como 'Hazel St.', ‘Agoraphobia’ o ‘Walkabout’. En este saco, desgraciadamente, sólo incluimos la tremenda 'Helicopter'.
Flanqueado por los extensos mantras ambientales de la inicial ‘Earthquake’ (shoegaze onírico) y el cierre ‘He Would Have Laughed’ (emocionante, fragmentado y logradísimo homenaje al recientemente fallecido Jay Reatard), el disco se despereza con dos correctos temas de indie-rock como ‘Don't Cry’ y el single de adelanto ‘Revival’. Si no estás atento, ni te das cuenta de que son dos canciones diferentes. Tras la prescindible ‘Sailing’, el corazón empieza a palpitar con la muy Byrds (o los R.E.M. de primeros ‘80) ‘Memory Boy’. Enormes guitarras. Las de ‘Desire Lines’ también lo son, pero apuntan a las islas británicas (Echo And The Bunnymen) y está rematada con una intensa coda final de tres minutos. Ésta y la posterior aparición de Lockett Pundt en la composición y la voz principal (‘Fountain Stairs’, otro temazo de rock’n’roll a lo The Jesus And Mary Chain) nos recuerdan que no estamos ante un disco de Bradford Cox y compañía. Sin embargo, el hit indiscutible es la citada ‘Helicopter’, construida a la usanza de la colaboración de Bradford junto a Noah Lennox en ‘Walkabout’. Aparentemente trivial en su suma de sencillas capas, es de una precisión difícil de borrar de la memoria: puro caramelo melódico. Si en algún momento se nota la mano en la pecera de Ben Allen, productor de ‘Merriweather Post Pavilion’, es aquí.
Pese al innegable avance en la parte literaria y la activa participación de Lockett, ‘Halcyon Digest’ está lejos de ser una obra maestra o sobresaliente (a fecha de hoy, sólo el ‘Teen Dream’ de Beach House merece ese apelativo en 2010), pero mantiene un nivel envidiable al alcance de muy pocos. Porque, si dejamos a un lado el mediocre ‘Turn It Up Faggot’ (2005, Stickfigure) con el que debutaron, nuestros chicos (Deerhunter, Atlas Sound y Lotus Plaza) llevan seis trabajos en cuatro años que los dejan cada vez más cerca de alinearse con los primeras espadas del rock alternativo de las tres últimas décadas. No obstante, seguimos a la espera de su 'Psychocandy', 'Loveless' o 'This Nation's Saving Grace' particular. Eso sí, vendita espera mientras sea con entregas como ésta.
Siendo algo cortos de miras, pero sin por ello faltar a la verdad, podemos reducir el campo de acción de los once cortes del cuarto álbum de la banda de Atlanta a tres grupos temáticos. Uno que revisita desde una óptica indie-rock el formato más o menos clásico de canción (ése que rara vez supera los tres minutos de duración), otro compuesto por dilatadas baladas (fluctuando entre lo brillante y lo anodino) y el más importante de ellos, el de las canciones memorables que pasarán holgadas el visto bueno para su futuro 'Quarantine The Past' (Pavement), junto a glorias pasadas como 'Hazel St.', ‘Agoraphobia’ o ‘Walkabout’. En este saco, desgraciadamente, sólo incluimos la tremenda 'Helicopter'.
Flanqueado por los extensos mantras ambientales de la inicial ‘Earthquake’ (shoegaze onírico) y el cierre ‘He Would Have Laughed’ (emocionante, fragmentado y logradísimo homenaje al recientemente fallecido Jay Reatard), el disco se despereza con dos correctos temas de indie-rock como ‘Don't Cry’ y el single de adelanto ‘Revival’. Si no estás atento, ni te das cuenta de que son dos canciones diferentes. Tras la prescindible ‘Sailing’, el corazón empieza a palpitar con la muy Byrds (o los R.E.M. de primeros ‘80) ‘Memory Boy’. Enormes guitarras. Las de ‘Desire Lines’ también lo son, pero apuntan a las islas británicas (Echo And The Bunnymen) y está rematada con una intensa coda final de tres minutos. Ésta y la posterior aparición de Lockett Pundt en la composición y la voz principal (‘Fountain Stairs’, otro temazo de rock’n’roll a lo The Jesus And Mary Chain) nos recuerdan que no estamos ante un disco de Bradford Cox y compañía. Sin embargo, el hit indiscutible es la citada ‘Helicopter’, construida a la usanza de la colaboración de Bradford junto a Noah Lennox en ‘Walkabout’. Aparentemente trivial en su suma de sencillas capas, es de una precisión difícil de borrar de la memoria: puro caramelo melódico. Si en algún momento se nota la mano en la pecera de Ben Allen, productor de ‘Merriweather Post Pavilion’, es aquí.
Pese al innegable avance en la parte literaria y la activa participación de Lockett, ‘Halcyon Digest’ está lejos de ser una obra maestra o sobresaliente (a fecha de hoy, sólo el ‘Teen Dream’ de Beach House merece ese apelativo en 2010), pero mantiene un nivel envidiable al alcance de muy pocos. Porque, si dejamos a un lado el mediocre ‘Turn It Up Faggot’ (2005, Stickfigure) con el que debutaron, nuestros chicos (Deerhunter, Atlas Sound y Lotus Plaza) llevan seis trabajos en cuatro años que los dejan cada vez más cerca de alinearse con los primeras espadas del rock alternativo de las tres últimas décadas. No obstante, seguimos a la espera de su 'Psychocandy', 'Loveless' o 'This Nation's Saving Grace' particular. Eso sí, vendita espera mientras sea con entregas como ésta.
¿De verdad hacía falta otra crítica resaltando las bondades del tercer disco del dúo formado por Victoria Legrand y Alex Scally?, se preguntarán ustedes. Sí, rotundamente. Tras un suma y sigue que comenzó en ese caza talentos incansable llamado Carpark Records y que fue desde un esperanzador debut homónimo en 2006 hasta la consumación de la fórmula en ‘Devotion’ (Carpark, 2008), su nuevo disco rebasa cualquier tipo de etiqueta y únicamente puede ser entendido como la bendita consecuencia de la conjunción de una identidad forjada durante años de trabajo, una colección de canciones que rozan la perfección y unas sesiones de grabación con la pareja en estado de gracia.
Beach House ya no necesitan de citas a Slowdive, Mazzy Star o Galaxie 500, porque, y nunca mejor dicho, viajan en una galaxia paralela donde la razón se diluye y sólo queda lugar para las emociones. Con este bagaje de base, hacen suyos los nuevos tótems establecidos por parte de la mejor música popular del presente: si en el último cuarto de la década pasada esta parcela estuvo casi relegada a The Velvet Underground y derivados (facción electrónica pasen a la ventanilla Kraftwerk), ahora se amplía la horquilla con la psicodelia-pop de toques folk y especial cariño por los arreglos. Los Beach Boys post '65, los Zombies de ‘Odessey And Oracle’ o las producciones de Phil Spector (pandereta y cascabeles al poder) parecen estar, de alguna u otra manera, en los cimientos de la obra de Grizzly Bear, Fleet Foxes, Real Estate, Panda Bear o Papercuts. Todo esto, claro está, con los matices y excepciones evidentes.
Guiadas por una voz para dar de comer aparte (arenosa, arrastrada, blues blanco y reverso femenino de Greg Dulli) y asentadas sobre un engranaje rítmico tan sencillo como efectivo (caja de ritmos y las superposiciones de la batería de Daniel J Franz), las diez canciones de ‘Teen Dream’ apabullan de entrada con un trío de belleza insultante (‘Zebra’, ‘Silver Soul’ y esa jodida slide guitar dislocada de ‘Norway’), rememoran la colaboración de Victoria con sus amigos Grizzly Bear en ‘Two Weeks’ (‘Walk In The Park’) y consiguen, en resumidas cuentas, envolverlo todo en una cadencia ralentizada, entre la pureza de Low, el trabajo con las texturas de My Bloody Valentine y la narcótica austeridad de Nico (ejemplares ’10 Miles Stereo’ y ‘Take Care’).
Beach House ya no necesitan de citas a Slowdive, Mazzy Star o Galaxie 500, porque, y nunca mejor dicho, viajan en una galaxia paralela donde la razón se diluye y sólo queda lugar para las emociones. Con este bagaje de base, hacen suyos los nuevos tótems establecidos por parte de la mejor música popular del presente: si en el último cuarto de la década pasada esta parcela estuvo casi relegada a The Velvet Underground y derivados (facción electrónica pasen a la ventanilla Kraftwerk), ahora se amplía la horquilla con la psicodelia-pop de toques folk y especial cariño por los arreglos. Los Beach Boys post '65, los Zombies de ‘Odessey And Oracle’ o las producciones de Phil Spector (pandereta y cascabeles al poder) parecen estar, de alguna u otra manera, en los cimientos de la obra de Grizzly Bear, Fleet Foxes, Real Estate, Panda Bear o Papercuts. Todo esto, claro está, con los matices y excepciones evidentes.
Guiadas por una voz para dar de comer aparte (arenosa, arrastrada, blues blanco y reverso femenino de Greg Dulli) y asentadas sobre un engranaje rítmico tan sencillo como efectivo (caja de ritmos y las superposiciones de la batería de Daniel J Franz), las diez canciones de ‘Teen Dream’ apabullan de entrada con un trío de belleza insultante (‘Zebra’, ‘Silver Soul’ y esa jodida slide guitar dislocada de ‘Norway’), rememoran la colaboración de Victoria con sus amigos Grizzly Bear en ‘Two Weeks’ (‘Walk In The Park’) y consiguen, en resumidas cuentas, envolverlo todo en una cadencia ralentizada, entre la pureza de Low, el trabajo con las texturas de My Bloody Valentine y la narcótica austeridad de Nico (ejemplares ’10 Miles Stereo’ y ‘Take Care’).












