red house painters

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La adolescencia de Mark Kozelek (líder, compositor, guitarra y voz de la historia que nos ocupa) parece, por tópica, de ésas escritas por un guionista mediocre de Hollywood. Nacido en Massillon (Ohio) en 1967, su temprana relación con las drogas, la bebida y la delincuencia le llevan irremediablemente a Alcohólicos Anónimos a eso de los once años. Una vez consigue borrar ese pasado reciente, monta su primera banda, God Forbid (nombre de la editorial con la que publica su material) y se va a buscar fortuna en Atlanta. Allí se da de bruces con un futuro poco o nada prometedor en el mundo de la música y un continuo discurrir por diversos puestos de trabajo (almacenes, hoteles, tiendas de instrumentos o directamente nada que hacer), así que, junto al batería Anthony Koutsos, decide dejar atrás la capital del estado de Georgia. En San Francisco encontrará por fin lo que andaba buscando.

Después de completar la formación definitiva de cuarteto con el guitarrista Gorden Mack y el bajista Jerry Vessel, viran su sonido casi hardcore hacia un rock pausado, lento y acústico. Tras más de un año de conciertos intentando darse a conocer, será la casualidad la que les sirva en bandeja de plata una oportunidad. En uno de esos conciertos, el guitarrista de sus admirados American Music Club (Vudi), se ve gratamente sorprendido por lo escuchado y la noche siguiente aparece por allí el 'jefe' del combo de Bay Area (Mark Eitzel), que queda enamorado de su música. En una de sus visitas a Inglaterra, Eitzel entrega una maqueta del grupo a Ivo Watts-Russell. Éste no duda en editarla, tal cual, en su sello 4AD, convirtiéndose en el debut de Red House Painters. 'Down Colofur Hill' (1992) contiene seis cortes de pop austero y dilatado, grabados entre 1989 y 1990, y con las letras más sinceras y personales de Mark. El peculiar artwork (muy 4AD, por cierto) también será una constante en los seis trabajos de estudio del grupo. Portadas capturando instantáneas de soledad, sencillas y sin artificios. Siempre en tonos sepia o blanco y negro y a lo Joy Division: sin crédito alguno (únicamente los títulos).

Más o menos coincidiendo con la edición de su debut graban las canciones (ya compuestas años atrás) de los que serán sus dos siguientes lp's, publicados en 1993 y ambos homónimos. El primero (conocido por los fans como el disco de la montaña rusa) es su 'Berlin' particular, una obra gigantesca (en todos los sentidos) obligatoria en cualquier top sensato con lo mejor de la década pasada. Meses después llegan los restos del naufragio (el disco del puente), una colección de buenas canciones, pero sin la complejidad y el mood irrepetible del anterior.

Establecido ya como un tótem del rock alternativo (y espejo de multitud de bandas de alt-folk, slowcore, emopop y demás ramificaciones), el cuarteto prepara los temas para su nuevo trabajo, 'Ocean Beach' (1995), brillante y luminoso regalo, con unas canciones de estructura bien definida, alejadas de los crescendos tenebrosos de su trilogía inicial. La rotura final con una etapa se produce, sin embargo, con su próximo cd. Abandonan 4AD (Ivo se involucraba tanto en lo artístico que su negativa a la inclusión de un solo de guitarra excesivo fue la gota que colmó el baso) y los discos de Red House Painters pasan a ser de Mark Kozelek más invitados / colaboradores. Con este formato se edita en 1996 y en Supreme (subsello de Island) 'Songs for a blue guitar', clásico y variado, del folk acústico confesional y solitario a la electricidad emocional propia del canadiense Neil Young ('Zuma' en la retina). Así queda reflejado en sus composiciones, pero sobre todo en las tres ejemplarizantes versiones de The Cars, Paul McCartney y Yes. Un año después debió haber aparecido su continuación natural ('Old Ramon'), pero otra vez problemas con los sellos lo dejaron aparcado hasta que Sub Pop le diera salida en 2001. El sexto y último lamento (hasta la fecha) de los Painters sigue la estela de su predecesor, con un acabado homogéneo y unas canciones largas, eléctricas, lentas y embriagadoras. Un ambiente, un estado de ánimo, del que es imposible despegarse.

Desde entonces, Mark Kozelek ha hecho de todo un poco. Participar en alguna que otra película de su amigo James Cameron, editar un mini-lp con versiones de AC/DC y John Denver ('Rock 'n' roll singer', 2000) y un álbum completo con covers de los primeros ('What's next to the moon', 2001), un par de 'lives' en 2002 y el pasado 2006 y, gracias a Dios, resucitar en plena forma bajo el nombre de Sun Kil Moon (line-up de lujo con Geoff Stanfield de Black Lab, su inseparable Anthony Koutsos y Tim Mooney de American Music Club), con el que, además de un álbum con versiones (como veis, una de sus grandes pasiones) de Modest Mouse ('Tiny Cities' en 2005 para su sello Caldo Verde Records), entregó en 2003 su mejor obra en años ('Ghosts of the Great Highway').

Y es que, a estas alturas, nadie en su sano juicio le pediría a Mark que terminase el parque de atracciones melancólico, triste y repleto de recuerdos dolorosos que puso en pie en el '93. Tenemos más que suficiente con las dispersas muestras de talento que nos va dejando año tras año. Canción a canción.


discografía recomendada

red house painters :: down colorful hill

Red House Painters

Down Colorful Hill

4AD, 1992

Por lo visto, Kozelek se enganchó a The Smiths en su época en Atlanta. Y no hace falta que nos lo jure (ahí está 'Lord Kill the Pain'). 'Down Colorfur Hill' es como ver pasar el debut de los de Manchester a cámara lenta. Lo que pierde en pegada y melodiosidad lo compensa con intensidad y vello erizado. Con una música sencilla pero 100% efectiva, como queriendo mostrar sólo lo esencial, Mark desgrana todos sus miedos, dudas, decepciones y memorias. El goteo de los años escapándose de las manos ('24'), sus continuos ajustes de cuentas con el otro sexo ('Medicine Bottle'), amigos perdidos por el camino ('Michael') y problemas de comunicación ('Japanese to English'). Un manual de romanticismo con alguna pista sobre su futuro más inmediato (el folk aletargado de la titular). La huella del capo de 4AD en la mezcla final termina de darle ese toque etéreo y atmosférico, inconfundible en casi todas las ediciones del sello Inglés. Pop comatoso autobiográfico.

red house painters :: red house painters

Red House Painters

Red House Painters

4AD, 1993

Estoy convencido de que, al escuchar por primera vez este disco, muchos aficionados a la música sintieron un palpitar similar al que en su tiempo tuvieron otros con 'Five Leaves Left', 'Berlin' o 'Closer'. Porque obras como ésta son de las que se pegan a la piel, te atrapan y pasan a formar parte de ti para siempre. La hipnosis es instantánea ('Grace Cathedral Park', bucólica y desesperada mirada a una vida efímera multiplica por diez el impacto de '24') y se mantiene hasta la miniatura final 'Brown Eyes'. Entre medias, y con ese sonido acústico, cercano y humano que no volverían a conseguir, hemos vivido, casi como nuestras, historias de amores perdidos, tiempos pasados y tragos amargos (el estremecedor crescendo de 'Katy song', los arañazos eléctricos de 'Mistress' y 'Strawberry Hill', el gospel-folk de 'Take me out' y 'New Jersey', la melancólica perfección de 'Things mean a lot' y 'Rollercoaster', los extenuantes movimientos slowcore de 'Funhouse' y 'Mother'). Para la gran mayoría, éste es un trabajo sobresaliente, para unos pocos llega a resultar, en determinados momentos, un objeto de primera necesidad.

red house painters :: ocean beach

Red House Painters

Ocean Beach

4AD, 1995

Tras vaciar el baúl de los recuerdos (los temas de sus tres discos anteriores llevaban años hechos), Mark compone nueve cortes nuevos que, fíjate qué cosas, parecen tener en cuenta al oyente (¿es eso bueno?). Voz en primer plano, producción amable, algo más que los títulos de las canciones en los créditos y, a lo que vamos aquí, una terna de hermosas baladas de folk calmado (instrumental en 'Cabezón', memorable y pop en 'Summer Dress', solo y al piano en 'Shadows') combinadas con sus conocidos monumentos de rock, ahora eso sí, estructurados (eléctrico en 'San Geronimo', acústico en 'Over my Head'). Y aunque el retorcido y laberíntico 'Moments' podría estar sacado de sus trabajos pretéritos, es la melancólica 'Brockwell Park' (su belleza descriptiva te deja temblando) y el cierre 'Drops' (cumbre lírica particular alrededor del despecho) las que elevan este álbum por encima de la media.

Por Mikel M. Sanz, 01.06.2007

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