BEACH HOUSE

Bloom

Por Mikel M. Sanz, publicado el 27.05.2012

Tras debutar en 2006 y rozar lo sobresaliente en su último trabajo para el sello que les dio a conocer, ‘Devotion’ (Carpark, 2008), Beach House subieron a primera división con la obra (maestra) que marcó aquel 2010. ‘Teen Dream’, y todo lo que vino después, los dejó situados en esa liga en la que juegan Animal Collective, Bon Iver o Grizzly Bear, por poner tres ejemplos del continente americano en similares coordenadas. Consecuencia directa: su siguiente álbum, éste que ahora traemos aquí, se había convertido en los minutos musicales más esperados (junto a lo próximo de Animal Collective) desde que el recuerdo de ‘Teen Dream’ empezó a ser un eco lejano.

Ajenos a este tipo de elucubraciones, el dúo de Baltimore ha acudido a la cita con la clásica regularidad de disco cada dos años, como si la cosa no fuera con ellos (en realidad no va). Lo ha hecho entregando un nuevo ramillete de diez temas que, opinión muy mía, se queda unas décimas por debajo de lo que en su día llamamos su cenit creativo.

Ninguna diferencia aparente existe entre ‘Teen Dream’ y ‘Bloom’, acaso pequeños detalles. El segundo funciona mejor como obra completa, el primero como colección de canciones, aunque es muy probable que sea precisamente la presencia de perlas en forma de canción, inolvidables ‘Walk In The Park’, ‘Norway’, ‘Zebra’ o ‘Take Care’, las que nos dejaran en su momento esa sensación de altibajos. Pero más allá de una producción de estética ochentera (la misma que resulta excesiva en ‘New Year’ le hace un favor al crescendo de ‘Wishes’) y la apreciación personal de que su cuarto trabajo baja el listón en el punto de las canciones como individualidades, los cromos son intercambiables: cualquier corte de ‘Bloom’ podría formar parte de ‘Teen Dream’ y viceversa. Nadie se daría cuenta.

Porque aquí se mantiene el ambiente vaporoso y ensoñador, los pespuntes psicodélicos en las guitarras en espiral de Alex Scally (tremendo cómo entra a la mitad de ‘Lazuli’ y le da un vuelco), la voz profunda, llena de matices (ahora dulce, ahora áspera) y los mantos de teclado de Victoria Legrand, la percusión sintética superpuesta con la batería real, las piezas perfectas como ‘Myth’, ‘Wild’ o las señaladas ‘Lazuli’ y ‘Wishes’. Sí, se repiten. Quizás de una manera no vista en una carrera en continuo ascenso. Pero es que Beach House es un estilo en sí mismo. Muchos cenizos estarán ya a la espera de su quinto paso... para tirarles los trastos a la cabeza. El resto disfruta de un disco redondo (otro) que es puro placer para los sentidos.

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