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Fennesz

Black Sea

Touch, 2008

Nota: 4.5/5 Disco Recomendado

En ocasiones, las cosas hechas con tiempo y tranquilidad son sinónimo de buenos resultados. Es el caso de Christian Fennesz. Sí, es cierto que el Austriaco las intercala con notables colaboraciones (Ryuichi Sakamoto, Keith Rowe, Jim O'Rourke), trabajos en directo y ediciones en formato reducido, pero cuando entrega su disco en solitario (solemne momento que vivimos no más de tres veces por década), nos quitamos el sombrero. Viene sucediendo así desde el lejano ‘Hotel Paral.lel’ (Mego, 1997) y, claro está, lo ha vuelto a hacer.

Los precedentes inmediatos no se lo ponían nada fácil; creo que poco queda por añadir acerca de su obra maestra ‘Endless Summer’ (Mego, 2001). ‘Venice’ (Touch, 2004) cubrió con creces la papeleta de dar continuidad a una de las cimas sonoras de principios de siglo y lo consiguió con una colección de paisajes más estructurados y de una belleza demoledora, combinando conceptos antagónicos: doce perlas orgánicas, cálidas y digitales. El lado más humano de la electrónica experimental.

`Black Sea’ llega cuatro años después y se coloca a la altura de ‘Venice’ porque, además de hipnotizarnos durante casi una hora, lo hace con incursiones puntuales que remodelan su magma sónico (superposiciones de guitarras tratadas digitalmente hasta dejarlas irreconocibles) y lo llevan por nuevos territorios. A pesar del inicio estridente y rugoso de la titular ‘Black Sea’, si algo caracteriza y matiza el discurso de este álbum respecto a los anteriores es su querencia por los espacios abiertos, los silencios y una emotividad rayando el aislacionismo. Ya en la portada de Jon Wozencroft se vislumbra esa soledad.

La extensa pieza inaugural que da nombre al cd sirve de perfecta presentación. Como hemos apuntado, comienza con sus inimitables texturas industriosas, pero a continuación deja paso a unos melancólicos rasgueos de guitarra, limpios como nunca, suspendidos en un vacío que poco a poco es ocupado por capas de ambient vaporoso. Hay más, mucho más: orquestaciones de ruido y óxido (‘The Colour of Three’, ‘Saffron Revolution’), folk crepuscular (‘Grey Scale’), crescendos infinitos (‘Glide’ o Brian Eno etapa ‘Apollo’ jugando con los pedales de Kevin Shields), la necesaria calma después de la tormenta (preciosa, ‘Vacuum’)... Sobresaliente, y van...

Mikel M. Sanz, 14.12.2008

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