PASCAL COMELADE
Ragazzin' The Blues
Por Mikel M. Sanz, publicado el 19.09.2010
Hasta la edición de ‘El Primitivismo’ (1987, Les Disques Du Soleil Et De L'acier), el legado de Pascal Comelade era un confuso y por momentos inspirado cruce de electrónica, minimalismo, toy-sounds y out-rock. Su bautismo discográfico junto al maestro francés del avantgarde Richard Pinhas bajo el nombre de Fluence (un mini-lp de tres temas publicado en 1975) marcó los siguientes movimientos del músico de Montpellier, aunque poco a poco éste fue matizando su discurso. Así, la huella del por aquel entonces Heldon, entre los ambientes ariscos de Cluster, la circularidad de Terry Riley y los trabajos mano a mano de Brian Eno y Robert Fripp, dio paso a una música más calmada y meditativa, pequeñas piezas de dos o tres minutos de duración que acudían tanto a la emotividad pianística de Erik Satie como a las primeras referencias del sello Obscure, especialmente el debut de la Penguin Café Orchestra y los discos de Gavin Bryars. Si ‘Paralelo’ (1980, Parasite), con su estética industrial, parecía la continuación del ‘The Dignity Of Labour’ de The Human League, en ‘Détail Monochrome’ (1984, dsa), un ‘Music For Films’ naíf con instrumentos de juguete, ya se dejaban ver muestras de una personalidad singular a punto de estallar.
‘Ragazzin’ The Blues’ (1991, dsa) es la culminación de esa nueva sensibilidad iniciada con el citado ‘El Primitivismo’ y mejorada magistralmente en ‘Cent Regards’ (1990, dsa). Y aunque en cierto modo se aleje de la combinación de música de vanguardia y popular que el fundador de la Bel Canto Orchestra tuvo a bien en llamar primitivismo, es su obra más sólida y personal hasta entonces. Si los dos primeros álbumes de esta etapa eran exquisitos como conjunto de canciones, acercándose al tango, el bolero, la sardana, el rock’n’roll de los ’50 y un evidente aire entre mediterráneo y de orquesta de pueblo, ‘Ragazzin’ The Blues’ se olvida de las versiones (todo un clásico en el repertorio de Comelade), reduce el minutaje y el número de canciones y se centra en ofrecer un trabajo compacto y sin fisuras, con el piano de actor principal.
Sin embargo, y como no se trataba de hacer borrón y cuenta nueva, aún quedan restos de los Balcanes (Goran Bregovic) en la pareja de apertura y cierre ‘Patafisiskal Polska’ / ‘Patafisiskal Re-Polska’, de tango en ‘Return Of Johnny Guitar’, reggae de juguete en ‘4 rroses Per Marie’ o rock’n’roll en ‘Waiting For Mister Motch On Beyrouth 66’. Pero lo que se impone es una melancolía impresionista que calienta motores en el lento discurrir de ‘Midnight to Six Hands’ o en la miniatura ‘Valse De L'aiguille Creuse’ y despega en dos joyas a mayor gloria de Debussy y sobre todo Satie: ‘A Glass Of Gaz’ y ‘La Plaza d'Orient As Locus Solus’son el patrón para sus futuras incursiones (y las de otros alumnos) en lo más hondo del corazón.
Lejos de significar su cénit, Pascal abriría más el abanico en ‘Traffic D’abstraction’ (1993, dsa) y alcanzaría su techo creativo en los sobresalientes ‘El Cabaret Galàctic’ (1995, dsa) y ‘Psicòtic Music' Hall’ (2002, Delabel).